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Dime de qué hablas y te diré de qué careces

La palabra que mejor define a la felicidad, según la autora, es la plenitud, aquella que una persona siente cuando puede alcanzar su máximo potencial. Propone dejar de hablar de ella para sentirla parte de nosotros mismos.

El lunes pasado se celebró el día internacional de la Felicidad. Desde el 2013, el 20 de marzo es el día que las Naciones Unidas dedican a concientizar para que se reconozca la importancia que tiene la felicidad en la vida de las personas de todo el mundo.

Esta tendencia a valorar la felicidad y someterla a estudio se percibe hace varios años. Muchas empresas también han optado por medir los niveles de felicidad de sus empleados y diferentes corrientes apoyan esta iniciativa, aludiendo a que un empleado feliz es más rentable y productivo. Dentro de muchos organigramas ya se encuentran las gerencias de Felicidad que ven al recurso humano como el recurso más variable e incluyen pogramas de gestión de emociones, liderazgo y motivación. Diferentes alicientes para estimular la eficiencia con el mínimo desgaste psicoemocional.

Siendo tan subjetivo el tema, es complicado y poco confiable su medición. No es tan fácil definirla; mucho menos medirla.

Me recuerda a una frase de la película El Ciudadano Ilustre, en la que Oscar Martínez dice que hay una tribu en África en cuyo lenguaje no existe la palabra libertad. ¿La razón? Eran libres. Es que no hay que defender lo que se tiene. ¿Qué nos pasa entonces que tenemos que definir, medir y fomentar la felicidad? En primer lugar, nos indica su falta. Pero, ¿falta de qué? Saber qué falta es lo que nos indica el Norte hacia dónde nos dirigimos.

Los resultados de las encuestas pueden confundirnos porque siempre se leen según el sesgo o las necesidades de quienes las difunden. ¿Encabezan la lista los países más ricos y desarrollados y por el final están los más pobres? Eso surgió de la última encuesta de la ONU, encabezada por Noruega, y que termina, en el puesto 155, con la República Centroafricana. Claro, quien no tiene las necesidades básicas cubiertas, no puede ni siquiera levantar la vista para sentir y pensar cómo se encuentran en relación a la sociedad, el Gobierno y a su vida misma. No caigamos en que lo material hace a la felicidad, como escuché los últimos días en varios medios que leyeron muy "a vuelo de pájaro" los resultados. O las empresas que basan sus políticas en que siendo "más feliz eres más rentable". Por supuesto que se necesita cierto nivel que cubra las necesidades de alimentación, educación, cultura y salud para poder sentir bienestar.

Hace años el reino de Bután creó el concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB), una nueva manera de mirar a las sociedades. A diferencia de los modelos convencionales que observaban el crecimiento económico como logro principal de la sociedad, el FNB integra el desarrollo psicoespiritual que complementa el desarrollo de la sociedad humana.

La palabra que más define la felicidad, según mi punto de vista, es la plenitud. Una persona se siente plena cuando puede alcanzar su máximo potencial, cuando es capaz de apreciar lo que la vida y su comunidad le ofrece y eso hace que quiera devolver algo de lo tanto que recibe. Se siente en equilibrio entre lo que la vida le da y lo que le da a la vida (o lo que la sociedad le da y lo que da a la sociedad). Lo que se denomina bienestar eudaimónico: donde lo más relevante es el desarrollo armónico del potencial humano que tiene cada persona.

Esta felicidad puede encontrarse mirando una puesta de sol, leyendo un buen libro, compartiendo un momento amoroso, pero también en el esfuerzo al trabajar o en el dolor de ayudar. En la otra cara de la escala, el bienestar hedónico es obtenido por la acumulación de momentos agradables y la satisfacción de los deseos puede conducirnos al placer pero raramente a la felicidad. Es el bienestar puramente asociado al placer, el que se compra con dinero y que, sin estar acompañado por un desarrollo psicoespiritual, conducen al vacío.

Hagamos culto y trabajemos juntos para ser personas más felices. Definiendo la felicidad como eso que nos hace mejores personas, más plenas y concientes y nos prepara para vivir en una mejor sociedad y en un mundo más armónico. Emprendamos el camino para dejar de hablar de la felicidad, porque la sintamos parte.