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Demócratas vs. Republicanos: Cómo vota EE.UU. para presidente

El cruce del voto presidencial discrimininado de 2008 y 2012 permite reconstruir una radiografía de la voluntad popular en ese país, que el martes próximo elegirá nuevo presidente.

Demócratas vs. Republicanos: Cómo vota EE.UU. para presidente

Cómo votó Estados Unidos durante la última década y cómo afirma que lo hará ahora? El cruce del voto presidencial discriminado de 2008 y 2012 junto con diversos sondeos realizados por Pew Research Center, antes y después de los comicios, permite reconstruir una radiografía de la voluntad de la sociedad del Norte, según las preferencias de los diversos grupos sociales que la componen. ¿Qué es ser hoy republicano o demócrata? ¿Son ellos, los simpatizantes tradicionales, los que votarán a Donald Trump y Hillary Clinton el próximo martes, o asoma una elección que refleja los cambios profundos que atraviesan los EE.UU. en la evolución demográfica de las últimas décadas?

A lo largo de los últimos ocho años, el Partido Republicano se consolidó como la fuerza de los hombres blancos, de más de 50 años y casados, mayormente. Esto no significa que no haya jóvenes en el Grand Old Party (GOP), solo que cada vez ocupan un espacio menor. La tendencia forma parte de un envejecimiento general de la población de los EE.UU. pero, entre los republicanos, se evidencia a un ritmo más vertiginoso, al menos desde un cuarto de siglo para acá. Y esto está alterando no solo la composición de quienes se reconocen seguidores del partido de Ronald Reagan sino en cómo emiten su voto.

Tampoco el Partido Demócrata escapa a las consecuencias de esta nueva morfología. En su caso, ha evolucionado hacia una identidad que refleja mejor el crisol que caracteriza hoy al país, cada vez menos blanco, con una cuota mayor de minorías -hispanos, asiáticos y negros-, a la vez que se apuntala como el representante de las mujeres y los hombres solteros, por el elevado porcentaje de jóvenes entre sus simpatizantes. Del mismo modo, los demócratas han concentrado el apoyo de las familias de ingresos bajos -menos de u$s 30.000 anuales-, en gran medida, porque las mencionadas minorías suelen quedar rezagadas a este escalón inferior al ocupar los puestos laborales más precarios.

Tales son los votantes medios que se han decantado por demócratas y republicanos a lo largo de las últimas presidenciales. Y la tendencia se mantiene al cruzar aquellos resultados con las preferencias manifestadas en los últimos meses de cara al 8 de noviembre. Como todo promedio, abundan las excepciones: hispanos y negros que votarán a Trump y hombres blancos que prefieren a los demócratas. Pero también estarán aquellos que, dentro del perfil promedio, no se decidan a hacerlo porque el candidato no es de su agrado. Vox lo llamó el Trump Tax, el Impuesto Trump. Pero aún los demócratas podrían sufrir el mismo costo con una candidata orgánica como Clinton que no simpatiza con las bases jóvenes, muchos de ellos parte del movimiento #FeelTheBern, y que quizá opten por no sufragar en un sistema electoral donde no están obligados a hacerlo.

Transformaciones

"EE.UU. vive un proceso de intensa transformación. El cambio se ha venido verificando a lo largo de las últimas tres o cuatro décadas. Cambios sociales, culturales, políticos, económicos y de contexto internacional que se expresan, entre otras maneras, en el hecho que el país se encamine a ser uno de mayoría no-blanca, por caso", explica Jorge Argüello, autor del libro Historia Urgente de Estados Unidos. Para el ex embajador argentino en ese país, hay una gran incertidumbre que eliminó las certezas del sueño americano: hoy, la clase media apenas constituye el 45% de la población, cuando representaba un 63% en los '70s, y la riqueza se ha concentrado cada vez más al ritmo de la mutación de la histórica matriz industrial.

En ese rango de familias de ingresos medios -entre u$s 30.000 y 99.000 anuales-, no hay una preferencia electoral tan marcada. Su voto se ha repartido equitativamente entre el demócrata Barack Obama y el republicano John McCain, en 2008, así como entre Obama y el republicano Mitt Romney, en 2012. Es la misma clase media que hoy no exhibe una simpatía absoluta ni por Clinton ni por Trump. Distinta es la actitud de aquellos sectores de alto poder adquisitivo -más de u$s 100.000 anuales- que, tradicionalmente, han votado a los republicanos pero que, en esta ocasión, prometen votar a la candidata demócrata.

En lo que respecta al nivel educativo, la tendencia se mantiene a lo largo de los últimos ocho años y también en los pronósticos para el próximo martes, siendo favorable a los demócratas en aquel grupo social que alcanzó mayor nivel educativo -grado y posgrado-, así como en los que solo cuentan con la secundaria o nivel inferior. No es una incongruencia sino la manifestación del carácter policlasista del voto demócrata en los últimos años. Mientras tanto, los votantes con estudios universitarios inconclusos dividen su preferencia de modo equitativo, como el grueso de la clase media.

(Im)populares

Pese a todo lo que se dijeron uno a otro durante la campaña, Trump y Clinton tienen algo en común: ninguno de los dos hubiera sido la primera opción para muchos de sus posibles votantes. Esto se desprende de cuán impopulares resultan ambos, al punto de que el grueso de quienes los eligen, lo hacen por descarte. Pese a ello, Trump puede vanagloriarse de acreditar un endoso superior entre los votantes republicanos del que gozaron Romney y McCain en las elecciones anteriores, con un 38 y 34% cada uno frente al 45% del millonario. En contraposición, Clinton es la candidata menos querida por los demócratas desde Al Gore en 2000, también con un 45% de apoyo.

"¿Qué tienen en común una mujer mexicana de Texas y un joven estudiante de doctorado de Boston, además de apoyar a Hillary? Uno de los principales problemas para los demócratas es articular esta heterogénea masa de personas que podrían votarlos y que poco o nada tienen en común más que votar a un candidato", comenta la doctora en Ciencias Sociales Lorena Moscovich. "Los votantes de Trump son menos y más radicalizados pero demográficamente más sólidos. Sus chances no se vinculan con procesos exclusivamente de EE.UU sino con el paulatino pero constante proceso de desencanto con los partidos tradicionales y radicalización de los electorados a favor de los antisistema, en particular de derecha", añade.

Moscovich apela a una reciente investigación de los académicos Ronald Inglehart y Pippa Norris para ilustrar el impacto de dos procesos de naturaleza económica y social en las sociedades contemporáneas. El primero corresponde a la desigualdad en los ingresos a partir de la emergencia de una economía basada en el conocimiento, la automatización tecnológica y el colapso de la industria manufacturera que se traduce en profesionales muy bien pagos con trabajos altamente calificados y un amplio abanico de precarizados, conviviendo a la par de un ejército de trabajadores irregulares, muchos de ellos inmigrantes. Como destaca el economista Joseph Stiglitz, hoy el salario de un trabajador de ingreso medio es comparativamente más bajo a lo que era hace cuatro décadas. Y esto tiene directa injerencia sobre su estándar de vida.

Si se atiende a las zonas que favorecieron a Trump durante las primarias, muchas se alinean en el llamado Rust Belt, el alguna vez pujante cordón de fábricas venidas a menos durante las últimas décadas con la transformación industrial de EE.UU. y la relocalización de plantas. Lo que conduce al inevitable silogismo que domina el discurso populista de Trump: si los políticos decían que con el libre mercado se estaría mejor, y con el libre mercado se está peor, entonces los políticos tradicionales mienten. Y allí ingresa a plano el segundo proceso al que aluden Inglehart y Norris: el cultural. "Los sectores nacionales, blancos y menos educados, en particular dentro de las generaciones más grandes, sienten que declinan los valores en los que fueron formados. Son un pool de personas sensibles a las apelaciones populistas", resalta Moscovich.

En los últimos ocho años, los republicanos han crecido en preferencia, sobre todo entre los votantes masculinos, casi en forma inversamente proporcional a la sangría de los demócratas en el poder. El grupo de hombres blancos de más de 50 años sin estudios universitarios es el que más se incrementó. Cuando se lo cruza con un sondeo de Journal/NBC News Survey respecto a qué grupos etáreos ven con mejores ojos la candidatura de Trump, resulta que el 67% de los que tienen opiniones positivas sobre el magnate declaran 50 años o más de edad.

Esta vieja sangre nueva republicana se tradujo en la conquista de la Cámara de Representantes y del Senado en las elecciones de medio término de 2010 y 2014 y también de un gran número de legislaturas estaduales, gobernaciones y alcaldías, al punto de consolidar el mayor crecimiento territorial de su historia. Pero esa proyección vino de la mano de una polarización cada vez más acentuada de la política, en la que el histórico núcleo duro de coincidencias centristas de los demócratas conservadores y los republicanos liberales fue quedando rezagado frente a los polos, volviendo todo un juego de suma cero. "El sistema político estadounidense no se ha acomodado al proceso de cambio. Los partidos se muestran insuficientes para formular las nuevas respuestas. Ello explica la aparición de outsiders como Trump pero también (el senador no afiliado al partido demócrata) Bernie Sanders que hackean a los partidos tradicionales desde adentro", lanza Argüello.

Evidencia de cuán polarizada está la elección entre demócratas y republicanos es que, en 2016, subió significativamente el número de los que no estarían dispuestos a votar al otro partido bajo ningún concepto. Así lo expresaron el 91 y 93% de los republicanos y demócratas, respectivamente. Es el porcentaje más alto de los últimos 16 años cuando uno de cada cuatro evaluaba, al menos, la posibilidad de dar el voto al partido opuesto si es que el otro candidato le resultaba más confiable para ser presidente.