Viernes  29 de Marzo de 2019

Corrupción, el deporte latinoamericano más practicado

El libro es un recorrido implacable por la corrupción en la región. Seleccionados por Caparrós y Fonseca, veinte de los mejores periodistas investigaron y escribieron este tratado sobre la creatividad para robarnos a nosotros mismos y al Estado.

Corrupción, el deporte latinoamericano más practicado

Se diría que siempre estuvo aquí: la corruptela siempre estuvo aquí. Hay una tradición: cuando América empezaba a hacerse hispana, sus invasores tan cristianos trajeron esa muleta inapreciable. Esos creyentes podían hacer cualquier cosa y algo más, porque lograban el perdón de sus pecados -de sus delitos contra la ley que los guiaba- comprando bulas que les abrían las puertas de su cielo. Si su dios y padre y creador sabía mirar para otro lado a cambio de dineros, ¿cómo no iban a hacerlo los pinches hombres que regían en su nombre? ¿Quién tendría la soberbia de no dejarse corromper? ¿Quién se creería más alto que el Más Alto? La corruptela siempre estuvo aquí: en la Colonia, en las nuevas repúblicas, las viejas dictaduras, las renovadas democracias, en cada momento de los cinco siglos alguna regla se dobló con dinero, algún poder cobró por no poder o poder demasiado. Hay pocas pautas culturales tan asentadas en estas vastas tierras: corromper es, al fin y al cabo, llevar hasta sus últimas consecuencias los mecanismos habituales. Que el que tiene más lo use para tener más, que el que tiene algo que vender -su pequeño poder, sin ir más lejos- lo venda tan caro como pueda: mercado en todo su esplendor, sus límites confusos.

La corruptela siempre estuvo, pero nunca le hicimos tanto caso como ahora. En estos años se instaló la idea de que los males del continente se le deben, los periodistas se dedican a buscarla, los políticos en campaña prometen que jamás y sobre todo nunca, los ciudadanos la consideran el principal de los problemas. Yo suelo creer que eso responde a estos tiempos de desorientación política. Y que por eso aparece lo que he llamado honestismo y definido como "la convicción de que -casi- todos los males de un país son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular".

Entre otras cosas, porque no se sabe a quién más echarle culpas.

Hace veinte años -dentro de veinte años -se diría que si hay pobreza y subdesarrollo es porque algunos concentran buena parte de las riquezas que deberían alcanzar para todos; como ya no se dice, se culpa a la famosa corrupción.

Es más fácil: la corrupción no es cuestión de opiniones. Alguien piensa que los pobres pueden ir a la universidad; otro, que nadie debe tener lo que no paga. Alguien, que el Estado debe regular las relaciones laborales; otro, que cada cual debe pelearla por su cuenta. Alguien, que las mujeres deben decidir sobre sus cuerpos; otro, que han de seguir ciertas normas religiosas. Y así tantas cuestiones, pero todos estamos de acuerdo en esas leyes que sostienen que un funcionario público no puede aprovechar su puesto para obtener ventajas y dineros -y que, si lo hace, debe ser condenado-. Cuando la corrupción entra en el campo, la duda política se transforma en certeza policial. No hay debate, sólo la indignación y la -justa- condena.

Y entonces proclaman -a menudo proclaman- que "la corrupción no es de izquierda ni de derecha", porque la ejercen gobiernos que se dicen de izquierda o se callan de derecha. Y lo sintetizan diciendo que "la corrupción no tiene ideología". Cuando la corrupción es, precisamente, el triunfo de una ideología: la que los hace querer dinero, consumo, lujos varios, ventajas personales. (Y qué aburrido que la mayoría de los corruptos quieran plata para comprarse coches gordos, viajes, siliconas, vestidos con sus marcas, joyas, cirujías. A veces parece que lo peor de esta raza de corruptos es su falta de imaginación, su ambición tan escasa. Otras, que es otra cosa).

La corrupción irrita tanto: cantidad de elecciones en los últimos años se deciden a favor de un candidato que consigue convencer a los votantes de que él no va a serlo -justo antes, en general, de convertirse en uno-.

Irrita sobre todo en momentos difíciles: su condena es pesada en las crisis, ligera en la bonanza.

Pero molesta siempre porque es la muestra más acabada de las prebendas del poder político. Se aprovechan de un lugar que supuestamente les dimos para otra cosa. Niegan la ficción fundamental de la democracia: que nos representan, que están ahí para cuidarnos, ayudarnos, servirnos.

Son la evidencia más fuerte de un egoísmo que no debería existir. (Lo curioso es que todos somos, a nuestra escala, en la medida de nuestras posibilidades, corruptitos. Preferimos, tantas veces, sobornar -la palabra es muy fea, usamos otras- a un policía antes que pagar una multa. Lo más duro de la corrupción es que establece una desigualdad extrema: entre los que pueden y los que quisieran.)

Molesta porque manifiesta, porque muestra. Pero también alienta: cargar todas las culpas sobre la corrupción es una forma de esperanza.

El honestismo permite creer en soluciones mágicas: que si nadie robara, te dicen, todo se arreglaría -y esa certeza elude o cierra la necesidad de discutir modelos, proyectos, políticas-. La corrupción es la manera de postular que, si hay desigualdad, si hay injusticia, si hay miseria, no es porque un sistema las produzca sino porque unos individuos se quedan con lo que no deberían: porque son malvados, perversos, esas cosas.

La corrupción sirve mucho para sostener este sistema: nos quiere hacer creer que es bueno, sólo que hay malos que lo usan. Pero además existe, y cuesta y jode.

La corrupción siempre existió, dijimos, pero sería bueno que tan antigua tradición no nos hiciera caer en la tentación del estamos como estamos porque somos como somos, la síntesis genial del gran pensador rioplatense para convencernos de aceptar cualquier cosa: si estamos como estamos porque somos como somos, no hay manera de que estemos de cualquier otro modo.

La corrupción, como todo, como cualquier cosa, es una forma histórica que la historia, alguna vez, transformará.

Mientras, la corrupción está, acecha, irrumpe. Lo he visto tantas veces en encuentros, talleres, seminarios: en cuanto se juntan tres o más periodistas de distintos países latinoamericanos llega un momento en que se ponen a discutir -con más o menos alcohol, más o menos ardor, más o menos astucia- qué país es el más corrupto. Cada cual postula el suyo, por supuesto: hay una especie de orgullo patriótico en tratar de demostrar que, en este deporte casi tan practicado, casi tan seguido como el fútbol, los nuestros son claramente los campeones. A diferencia de otros deportes, no hay un solo modo de aspirar al trofeo.

La más obvia, por supuesto, son los goles desnudos: quién defraudó por más, quién se llevó mayores sumas. Pero, a medida que la discusión progresa, aparecen los criterios más sofisticados: la astucia, el riesgo, la novedad, la improbabilidad, la impunidad lograda o casi. Entonces sí que el debate se vuelve interminable, bizantino: es muy difícil decidir quién se merece la Copa América de la Corrupción.

Esa es la base de este libro, tal como lo imaginamos Omar Rincón y yo, en una tarde gris y bogotana -perdón por la redundancia-, y que Diego Fonseca lo fue creciendo, organizando. Les pedimos a una veintena de cronistas latinoamericanos que contaran, cada uno, el caso de corrupción que les pareciera más interesante/representativo/innovador/ exitoso/fallido de sus países: en síntesis, el que más digno les pareciera de representarlos en esta competencia. Y este es el resultado, que ponemos a consideración de los lectores.

Creemos, pese a todo, en la sanción mayoritaria. Por eso, la página perdimos.com estará habilitada para ejercer la democracia: allí, cada quien podrá votar por la corruptela que le parezca más merecedora. Con todos los votos llegados antes del 30 de septiembre se hará el escrutinio, y se adjudicará la copa. Será, sin duda, un gran momento de la hermandad latinoamericana.

Editor

Diego Fonseca (Las Varillas, 1970) editó una veintena de libros propios y ajenos de periodismo y ficción, dirigió revistas de economía y finanzas, vivió en México, Estados Unidos y España y formó a varias centenas de reporteros en una decena de países. Se licenció en periodismo en la Universidad de Córdoba, fue editor asociado de Etiqueta Negra y es maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano Gabriel García Márquez.

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) se licenció en Historia en París; vivió en Madrid, Nueva York y Barcelona; hizo periodismo en gráfica, radio y televisión; dirigió revistas de libros y revistas de cocina; tradujo a Voltaire, a Shakespeare y a Quevedo; recibió la beca Guggenheim, los premios Planeta y Herralde de novela, los premios Tiziano Terzani y Miguel Delibes de ensayo y los premios Rey de España y Moors Cabot de periodismo.

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