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China y el deshoje de la margarita

Con sus avatares internos, Brasil sigue siendo un socio vital. Los EE.UU., un destino importante para las exportaciones y origen de las anheladas inversiones externas. Y China, una fuente necesaria para financiar infraestructura, amén de actor ineludible en el escenario externo. La Argentina aún no se pronunció expresa y formalmente acerca de si le reconoce o no a China status de economía de mercado, lo que evitaría evaluar las presuntas operaciones de dumping de productos importados de ese país comparándolos con los precios de otros. Se acaban de cumplir los 15 años previstos por la OMC para que aquella nación muestre que su estado planifica pero no interviene activamente en el destino de las empresas que luego compiten con la producción de otras naciones. Cada miembro de la OMC debe pronunciarse sobre el asunto. En el 2004 el kirchnerismo prometió reconocerle pero el Congreso nunca se expidió y ahora tampoco hay una postura nítida. Esa indefinición de facto le sirve a Buenos Aires para instrumentar un wait and see relativo mientras se definen cuestiones clave de proyectos en común. Las dos grandes represas sobre el río Santa Cruz, Jorge Cepernic y Néstor Kirchner, son sólo algunos de los emprendimientos sujetos al millonario aporte chino. Y si la sociedad que integra la local Electroingeniería demuestra que no hay impacto ambiental negativo, podrá destrabarse el ingreso de 120 contenedores que esperan en un puerto patagónico: es el material para un inmenso obrador, que incluirá hasta áreas recreativas. El intercambio comercial bilateral de los últimos años no aventajó al país pero siempre resulta prometedor colocar un pie en ese mercado inconmensurable. Beijing compra cada vez más soja que aceite de soja, desairando a un producto local con más valor agregado. Pero acaba de abrir sus puertas a la cebada y sorgo local y promete hacer lo propio con langostinos y carne enfriada y con hueso. Lo difícil es establecer un marco estable que rija esas relaciones. Paolo Rocca advirtió públicamente sobre los riesgos de no frenar la competencia de ese país, en particular en los tubos para la industria hidrocarburífera, que compite con su producción. Los técnicos de la UIA de algún modo respaldan esa cruzada antichina al advertir que los acuerdos comerciales con la nación temida "suelen ser ruinosos, expoliatorios de los recursos naturales y sustitutivos e la producción de calidad". Pero la biblioteca está repartida. El especialista Félix Peña es partidario de que la Argentina celebre un acuerdo de librecomercio con China como hicieron otras naciones de la región. Ernesto Fernández Taboada, vicepresidente de la Cámara de Comercio Argentino China, abona esta idea con un ejemplo concreto: los vinos chilenos ingresan al mercado asiático pagando un arancele del 1% contra el 12% que tributan los bodegueros argentinos.
La disyuntiva del Gobierno puede ser más delicada si se configurasen dos ejes contrapuestos e irremediablemente rivales, uno liderado por Washington, otro por Beijing y Buenos Aires se viese forzada a optar por alguno. Sin olvidar que, aunque maltrecho, el Mercosur existe y eso restringe las posibilidades locales de manejar aranceles y celebrar alianzas comerciales a voluntad.