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JUEVES 13/12/2018
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Argumentos disparatados y dudas clásicas sobre inflación

Los autores y economistas condensan sus ideas para dar respuesta a la pregunta sobre cuál debería ser el libro de economía que esta hora política requiere. Inflación, escuela austríaca, monetarismo, tasas de interés, la pasión argentina por el dólar, entre otros temas.

Argumentos disparatados y dudas clásicas sobre inflación

(...) Cada vez que el monstruo de la inflación asoma su cabeza, con mayor o menor fuerza, pareciera que se iniciara un concurso para determinar quién presenta el argumento más disparatado. En este sentido, dentro de los disparates más frecuentes encontramos argumentos en los cuales se acusa a los grupos concentrados, a los abusos en la cadena de valor y a la puja distributiva.

Respecto del argumento basado en el poder hegemónico de los grupos concentrados, el argumento en cuestión tiene de base un problema conceptual grave y es el hecho de que si el monopolio fuera un problema, implicaría que el nivel de precios sería más elevado, pero ello nada tiene que ver con la tasa de inflación. De hecho, en la década del 90 estaban los mismos grupos y sin embargo la tasa de inflación era de las más bajas del mundo. Por otro parte, si se enfocara la cuestión del nivel de precios, en ese caso se debería ser muy cuidadoso al definirse monopolio, ya que si el mismo no surge de un artilugio legal y es el emergente de un competidor que se ha impuesto sobre los demás sirviendo a los consumidores con una mejor relación calidad-precios, el empresario en cuestión sería un benefactor social.

Por otro parte, los argumentos basados en la determinación de los precios en función de lo que ocurre a lo largo de la cadena de valor, es un argumento que implica retroceder a la época de las cavernas en materia de análisis económico, donde se creía que eran los costos los que determinaban los precios (teoría objetiva del valor marxistas y keynesianos). Sin embargo, como fuera demostrado por Carl Menger en sus Principio de economía política, de 1871, no son los costos los que determinan los precios si no que es justamente al revés (ley de imputación). Los consumidores fijan no solo los precios de los bienes de consumo, sino también el de todos los factores de producción. Esto es, los consumidores establecen los ingresos de cuantos operan en el ámbito de la economía de mercado.

Menger separaba los bienes en dos categorías. Por un lado, están los de orden inferior (bienes de consumo), que están vinculados a la satisfacción inmediata de las necesidades humanas, cuyo nivel de consumo determina nuestro bienestar. Por otro lado, están los bienes de orden superior (insumos), los cuales, si bien carecen de toda capacidad para satisfacer las necesidades humanas inmediatas, pueden hacerlo de modo indirecto, interveniendo en la producción de bienes de orden inferior. A su vez, el valor de los bienes de orden inferior deriva su valor de la relación conjunta entre el valor que aportan para la satisfacción de necesidades humanas (preferencias) y la existencia física de dichos bienes (escasez). Por otra parte, las necesidades de bienes de orden superior están determinadas por nuestras necesidades de bienes de orden inferior.

Por lo tanto, el valor de los bienes de orden superior viene explicado por el valor de los bienes de orden inferior a los que concurren en su producción. De nada valen los insumos que hacen a la producción del mejor de los vinos en un mundo de abstemios. Esto es, los precios no vienen explicados por lo costos incorporados. Son los consumidores, y no los empresarios ni los sindicalistas (y mucho menos un político), quienes con sus preferencias con relación a la escasez determinan los precios, y en definitiva, pagan por cada insumo y a cada trabajador su salario. Por lo tanto, si uno quisiera determinar las causas de por qué suben todos los precios monetarios de la economía, las causas no están en los costos, sino en el continuo aumento de la emisión monetaria.

Finalmente, aparece el disparate de la puja distributiva. La idea es que cuando surge la puja por la distribución del ingreso, ello eleve los salarios y con ello los precios, y en caso de no caer la demanda de dinero, sería necesario una mayor emisión de dinero para evitar que el PBI nominal caiga. Sin embargo, esto no solo viola la ley de imputación, sino que además necesita de la convalidación monetaria para que el proceso de suba de precios se confirme.

En definitiva, como sostuviera Milton Friedman, "la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario", donde la evidencia empírica de cerca de cinco mil años avala la idea de que nunca se logró domar al monstruo de la inflación emitiendo dinero. Por lo tanto, si uno quiere entender lo que pasa con la inflación hay que poner los ojos en el Banco Central y no en el sector privado.

(...) La población sabe que la suba de los precios deteriora el poder de compra de los salarios, pero tiene grandes dudas sobre cómo se revierte el proceso sin caer en recesión y desempleo.

1-¿Bajar la inflación resiente el nivel de actividad? No, la teoría económica demostró que dicha pregunta tiene respuesta negativa. Esta idea equivocada emergió de la validación empírica que Samuelson y Solow (1960) hicieron de la curva de Lipsey para EE.UU. y Gran Bretaña, donde encontraron que la inflación aumentaba cuando la tasa de desempleo disminuía; y viceversa. Así, los políticos adoptaron esta curva como sustento técnico para validar sus políticas activistas, que "vendían" que para crear más empleo había que generar inflación. Del otro lado, se "vendía" que para bajar la inflación había que tolerar recesión y aumento del desempleo. La falsedad de este argumento fue demostrada por Milton Friedman y Robert Lucas.

Friedman (1968), incorporando las expectativas (adaptativas) de los agentes al análisis, demostró que ese intercambio entre inflación y desempleo desaparecía en el mediano plazo cuando los individuos incorporaban la "nueva" y más alta inflación; lo cual devolvía la tasa de desempleo y el nivel de actividad a su punto original, pero con una inflación "ahora" más alta. Más tarde, Lucas (1972), utilizando expectativas racionales (los agentes conocen la regla monetaria -de emisión- del Central y forman sus expectativas en función a ellas), demostró que la inflación no sirve para aumentar el nivel de actividad y reducir el desempleo ni siquiera en el corto plazo. Como corolario se concluye que un Banco Central creíble, anunciando una regla monetaria consistente, puede bajar la tasa de inflación sin generar caídas en el nivel de actividad y empleo.

2- ¿Hay que bajar la inflación para volver a crecer? Sí, bajar el ritmo de emisión y la inflación contribuye positivamente a volver al sendero de crecimiento. En ese sentido, la literatura especializada (Milei, en AAEP 2008) demuestra que más emisión monetaria en una economía abierta (Argentina) genera que los agentes demanden más dólares y en consecuencia menos pesos y bienes de capital (inversión), con lo cual la relación capital/trabajo se reduce y cae el PBI per cápita. Esta conclusión está avalada por la evidencia empírica que muestra que entre (similares) países crecen menos (más) los que tiene más (menos) inflación. En este marco, no sorprende que Argentina sea el país de la región con peor evolución del PBI per cápita en los últimos 40 años.

3- ¿Con qué se baja la inflación? La inflación es el aumento sostenido y permanente del nivel general de precios, es decir de todos los bienes y servicios que se consumen habitualmente, tanto públicos como privados. Un monto de dinero compra cada vez menos cantidad de (todo) bienes y servicios. El dinero pierde poder adquisitivo porque su ritmo de producción (emisión) supera el ritmo de producción de los otros bienes y servicios. En una palabra, la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno estrictamente monetario. En este marco, si se quiere realmente bajar la inflación, hay que prestarle atención a la política monetaria, focalizándose en los factores que conducen a que la autoridad monetaria emita más dinero que el que el mercado está voluntariamente dispuesto a demandar.(...)

Economistas

Javier Milei es licenciado en Economaía por la UB, con posgrados en el Instituto del Desarrollo Económico y Social y la Universidad Torcuato Di Tella. Es economista jefe de la Fundación Acordar, miembro del B20, del grupo de Política economica del ICC Internacional y del Foro Económico Mundial.

Diego Pablo Giacomini es Master of Sciences in International Economics de la University of Essex (Inglaterra) y Licenciado en Economía especializado en Economía. Dirige Economía y Regiones (E&R), es profesor de Macroeconomía y Política Económica de la FCE de la UBA y profesor de Economía Política del CNBA de la UBA desde 2011.

Comentarios2

Se hacen los langas y parecen creer que los demás somos idiotas, aparte de sordos, repiten siempre lo mismo. Sin embargo veo que nunca entendieron que en la práctica la teoría es otra y que la economía no es una ciencia. ¨rubenardosain.wordpress.com¨

Frida Carlos
Frida Carlos 02/03/2018 07:03:50

Evidentemente el/los que escribió/eron esto no vive/n en la Argentina...

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