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Amar la pregunta

"Cuando sentimos la seguridad de estar haciendo lo que corresponde, las preguntas no incomodan", postula la autora. E invita a aprender a escuchar al otro para aprender de nuestros propios errores.

por  GABY ZARAGOZA

www.sintonizandoelalma.com
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Amar la pregunta

Un presidente que se somete al escrutinio de la prensa está más pendiente de sus errores", tituló Fernando Gonzalez su editorial del lunes 21 de marzo en este mismo medio. Y un político no debería ser más que una persona común que ocupa un rol social y decide consagrar su vida al servicio de la sociedad (a pesar de sonar utópico, esa sigue siendo mi idea de lo que un político "buena persona" debería ser). Dicho esto, la frase de Gonzalez bien sirve para disparar algo de lo que todos podemos hacer uso para beneficiarnos a nosotros mismos y a nuestro entorno.

Es cierto que a casi nadie le gustan las preguntas incómodas. Y a menudo las observaciones y las críticas de los demás generan que defendamos nuestra postura, excusemos nuestra manera de actuar, nos justifiquemos ante cada error cometido, buscando, antes que aprender a escuchar y pensar en lo que los demás ven de nosotros, una defensa para quedar "bien parados" a pesar de cualquier error cometido. Y esto nos frena toda posibilidad de evolucionar como personas para seguir cayendo en la dinámica habitual de la repetición.

Nos hace entrar en la lógica amigo-enemigo con el otro, lo cual nos obliga a defender nuestra posición, ya que lo más importante es ganar, mucho antes que profundizar en la posibilidad de conocernos más y mejor a través de la mirada del otro. Nos perdemos la gran oportunidad de transformarnos. La pregunta transforma cuando sabemos escucharla. Es un disparador hacia la libertad de buscar respuestas, donde casi nunca hay una sola posibilidad.

Y así como la pregunta abre puertas a respuestas que hay que encontrar, las críticas del otro pueden ser también las puertas para indagar qué nos pasa al escucharlas. Cuando sentimos la seguridad de estar haciendo lo que corresponde, las preguntas no incomodan y las equivocaciones ya no son errores de los cuales nos tenemos que defender. Al sabernos haciendo lo correcto podemos fallar sin miedo, porque cualquier fallo puede ser tomado como un mojón en nuestro camino que nos indica dónde, cómo y cuándo cambiar el rumbo.

Cuando ponemos el "ser" en nuestro "hacer" y somos y hacemos cada día lo que sentimos que nuestro rol demanda -seamos políticos, periodistas, maestros, psicólogos, padres, amas de casa o policías-, la pregunta no nos asusta sino más bien nos invita a escuchar nuestra propia respuesta. Si la pregunta o la crítica nos asusta y sentimos que lo único que podemos hacer frente a ella es defendernos, entonces valga ésta como señal para saber que hay algo de nosotros mismos que nos está haciendo ruido.