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20 años no es nada, 40 sí: la hora de mirar hacia adelante

Rafael Perrotta, economista e hijo del exdueño y director de El Cronista entre 1950 y 1976, torturado y asesinado por la dictadura militar, escribe para 3Días. Plantea la necesidad de aprender de los errores del pasado y afirma: "Ha llegado la hora de dedicarnos a eliminar la corrupción y la pobreza por encima de cualquier otra cuenta pendiente".

Rafael Cacho Perrotta con su mujer, Elena Bengolea, en las escalinatas del Teatro Colón, años antes del horor.

Rafael Cacho Perrotta con su mujer, Elena Bengolea, en las escalinatas del Teatro Colón, años antes del horor.

Muchos periodistas, politólogos, historiadores y demás científicos sociales han estudiado causas y efectos del golpe del 24 de marzo de 1976 con seriedad y mucho esfuerzo. Sin ser uno de ellos, trataré de compartir mi experiencia y sentimientos al respecto.

La Argentina de mi juventud se presentaba como un país lleno de riquezas, el relato vigente nos hacía sentir que éramos mucho mejor que los demás, a pesar de que objetivamente estábamos llenos de carencias. No obstante, seguíamos siendo un país de promisión. Habían llegado al país nuevos inmigrantes que invirtieron aquí sus ahorros y su trabajo. Pequeñas y grandes fábricas se instalaban y en general la desocupación era un problema de otros. Producíamos más y mejor que nuestros vecinos brasileños y Buenos Aires brillaba entre las ciudades de América.Mientras en el mundo la hegemonía norteamericana de postguerra iba cediendo lugar a la creciente expansión del poderío soviético, nosotros seguíamos enfrascados en discutir sobre "laica o libre", clericales y anticlericales, peronistas y antiperonistas, federales y unitarios, azules y colorados, civiles y militares o cualquier otra categoría que nos permitiera estar felizmente divididos. En ese marco, los jóvenes de la época se rebelaron contra una sociedad bastante autoritaria y conservadora enarbolando banderas que siempre habían estado en manos de quienes querían mejorar la realidad cambiando el statu quo. Para ellos, los "viejos", es decir, todos aquellos que tenían más de 40, no sabían nada de nada y su único destino no era otro que el ostracismo y los cementerios. "Viva la revolución" era el motto. Cualquier revolución: la de Fidel, la del Che, la de Mao, hasta la feroz "dictadura del proletariado" de la URSS, todo era mejor que el capitalismo liberal y los americanos (del Norte) con excepción de los Black Panthers, el SLA y Patty Hearst. Nuestros conflictos domésticos se fueron sumando a los que venían de afuera agravándose.

Círculo vicioso

Se estableció una sucesión, un círculo vicioso, de golpes militares, gobiernos civiles y una creciente incidencia de acciones de grupos "revolucionarios", cada uno con sus muertos, militares, policías, civiles, emblemáticos empresarios nacionales y extranjeros, sindicalistas de diferente signo o importancia. La historia es conocida, pero vale la pena subrayar la exacerbación de los conflictos durante el gobierno emergente de las elecciones de marzo de 1973, que desgastado por sus internas fue derrocado por los militares, a pesar de algunos intentos de negociar un interinato hasta el tiempo, no muy lejano, de volver a llamar a elecciones. Yo mismo participé de un almuerzo en el que dos ministros del PEN y dos funcionarios extranjeros analizaron muy seriamente esa posibilidad.

Finalmente llegó, inexorable, el golpe del 24 de marzo de 1976. Miles de páginas se han escrito analizando y describiendo los horrores de la lucha fratricida. Nadie se puede hacer "el sota" diciendo que no sabía lo que iba a pasar. No hacía falta más que mirar lo que había pasado en Brasil o en Chile unos años antes. Los comandantes militares y los jefes guerrilleros estaban convencidos de que tenían la razón, mientras los más mirábamos atónitos como la violencia y la muerte se enseñoreaba alrededor nuestro.

Quienes estén leyendo estas líneas pueden tener perspectivas diferentes. Lo único que puedo decir con certeza es que los muertos están muertos y no volverán a estar entre nosotros y que siempre habrá algunos "vivos" que reinterpretarán la horrible historia para su propio beneficio. Malos y perversos los hubo en ambos bandos, héroes y justos también.

Nos pasó y no nos queda otro remedio que aceptar que nos pasó. Pasamos por la época que yo llamo "de eso no se habla" (76/83), en la que resalta el accionar de las Madres y el sacrificio de muchos argentinos que de una u otra manera hicieron oír su voz y fueron víctimas de la violencia de Estado. Quienes condujeron el país durante este período estuvieron a un tris de llevarnos a una guerra con Chile y como gran final de su gestión, doblando la apuesta por la violencia y la muerte, aniquilaron toda posibilidad de recuperar las Malvinas por el camino de la negociación. Más víctimas, miles en verdad, se agregaron al triste balance de este período.

Con el advenimiento de la democracia llegó la hora de hacer el esfuerzo de buscar algún tipo de Justicia. Lo intentamos a través de los juicios a las Juntas, las leyes de obediencia debida y punto final, los conatos de rebelión del partido militar en varias oportunidades, los indultos y las indemnizaciones.

Antes señalé la importancia del entorno internacional, ahora no puedo dejar de señalar que la caída del muro y el supuesto "fin de la historia" influyeron, a mi entender, en este período. Finalmente con la derogación de esas leyes y la reapertura de los juicios a los militares y los "no juicios" contra los violentos que se levantaron en armas contra gobiernos democráticos, llegamos a la situación actual. Tengo la impresión de que en alguna parte olvidamos esa frase que decían mis abuelos: "ley pareja no es rigurosa".

El camino recorrido desde entonces puede ser visto como una secuencia de aciertos y errores, o como la expresión y continuidad del mismo conflicto. Es muy posible que enfrascados en este larguísimo duelo no nos demos cuenta de que, sin abandonar bajo ningún concepto el respeto por los DD.HH., ha llegado la hora de mirar hacia adelante y de dedicarnos a eliminar la corrupción y la pobreza por encima de cualquier otra cuenta pendiente. Hace pocos años le ofrecí a una figura de la política local mi colaboración para trabajar en la reconciliación de los argentinos y me respondió: Lamentablemente creo que los familiares de los involucrados no están preparados para perdonar. Le dije: Espero que no tardemos tantos como tardamos con la cuestión de los unitarios y los federales. ¿Podremos aprender de nuestros errores?