

A una semana de la decisión del gobierno de expropiar 51% de YPF, comienzan a definirse los escenarios de conflicto y las primeras señales de hacia dónde se dirige la organización del negocio petrolero y de gas de la Argentina en los próximos tiempos.
El apoyo internacional al gobierno español es apenas selectivo y su efectividad para imponer retaliaciones de tipo comercial, baja. La promocionada prohibición de importar biocombustible argentino tendrá escasos efectos sobre las exportaciones locales y puede provocar aumentos de precios en la recesiva economía peninsular. Tampoco se vislumbran declaraciones de apoyo a Repsol por parte de las empresas de capital español, quizá porque los intereses ibéricos en la Argentina exceden la suerte de su petrolera y porque se descontaba que Brufau y sus accionistas no tenían interés real de continuar operando en la Argentina. España es el principal origen de la inversión extranjera directa (IED): su posición asciende a u$s 23.000 M (26% del total). Concentra, por ejemplo, el 37% de la IED en comercio, el 36% en electricidad y el 34% en bancos. Parece lógico entonces que no deseen respuestas fuertes del gobierno de Rajoy. Leen, correctamente, que se trata de caso aislado y no de una ola expropiadora.
De igual forma, la posición de terceros países también será mesurada, teniendo en cuenta que empiezan a surgir nuevas oportunidades de negocios. Los Estados Unidos son el segundo origen de la IED, con 17% del total, y empresas como Apache o Exxon Mobil tienen intereses concretos en el sector. Francia, a su vez, posee a la principal productora de gas de la Argentina (Total).
No sorprendería entonces que de a poco, el conflicto se vaya delimitando como un nuevo episodio de carácter judicial ante el CIADI, sin efectos inmediatos sobre los dólares de las reservas y con repercusiones sobre la inversión real que dependerán fundamentalmente de la vocación del gobierno de señalizar las nuevas reglas de juego del sector en particular y de las inversiones externas en general. Ahora bien. Que Repsol, o la propia España, no sean limitantes para la capacidad de crecimiento de la YPF bajo control estatal no significa que el cuadro que enfrenta el sector sea sencillo. Aparecen dos desafíos concretos. En el corto plazo, contener la cuenta de dólares destinados a financiar los bajos precios internos de la energía. En 2011 se destinaron u$s 2.500 millones a la importación de combustibles, mientras el balance comercial energético pasó de un superávit de u$s 4.000 millones en 2007 a un déficit de u$s 3.000 millones el año pasado.
El gobierno apuesta a que las nuevas reglas de juego revierta la pérdida del autoabastecimiento energético. Este pobre presente del sector petrolero y gasífero contrasta con las oportunidades asociadas a la explotación de reservas de shale gas, las terceras del mundo. La Argentina podría posicionarse como una economía de energía barata y abundante. Abastecer a la demanda doméstica a costos muy competitivos y volver a exportar a precios históricamente elevados son objetivos alcanzables.
Es aquí donde aparece el segundo desafío. El condicionante básico es acceder al financiamiento necesario para desarrollar este potencial. No faltarán inversores dispuestos a asociarse con YPF o a financiar al gobierno en la explotación de las reservas. Cuando hay oportunidad de retorno, el capital se recicla.
Sin embargo, es indudable que la expropiación aumentó la incertidumbre y enrareció el clima de negocios. Por ello el gobierno debe comunicar claramente su estrategia si desea disipar los temores que siempre se reproducen en estos contextos de tensión.
Es necesario reconstruir el puente de financiamiento entre un presente de energía escasa y cara hacia otro de energía abundante y barata. Petrobras logró hacerlo en una década, abriendo su capital pero manteniendo el control estratégico en manos del estado brasileño.
Apoyado por una opinión pública que masivamente apoya la expropiación y un arco político con apenas un puñado de outsiders, el gobierno oxigena la realidad de un sector estratégico que estaba ahogándose en su anemia. Ahora necesita explicitar, movilizar y gestionar el cambio. No es poca cosa. La oportunidad es evidente, el riesgo también.











