¿Y ahora dónde...?

Concluido otro año de crecimiento e iniciado un nuevo período con expectativas moderadas y nuevos interrogantes, parece oportuno opinar sobre el futuro inmediato y los desafíos que deben afrontarse con imaginación y sin voluntarismo. Las exigencias responden a necesidades conocidas que, además, deben encararse en coyunturas internas y externas diferentes.
Se debe jerarquizar objetivos que apunten rápidamente a superar déficit estructurales que han sido indiferentes para una significativa fracción de la dirigencia política a pesar de las señales de alerta emitidas con solvencia e imparcialidad por expertos con recta visión de futuro. El grueso de la sociedad supuso que habíamos encontrado una nueva fórmula para crecer ininterrumpidamente durante siete u ocho años sin consultar el futuro. Se pasó por alto que se trató de un ciclo global excepcional, al margen de los desajustes que irrumpieron fuertemente desde 2008.
La voracidad por alimentos y la valorización de los precios de las materias primeras cambiaron el escenario. Imparables corrientes de capital sin destino específico incentivaron la expansión y la liquidez global. La acumulación de reservas potenció cambios en las paridades cambiarias. La disminución del costo del capital inundó mercados para financiar inversiones sin evaluar sus efectos económicos en los países de destino y mucho menos su capacidad de repago. La disponibilidad inicial de recursos ociosos, junto con cambios estructurales en la producción y productividad en nuestro universo agro industrial, aumentaron la oferta y dispararon una inédita solvencia fiscal y externa cuya duración suscita interrogantes.
Algunas incógnitas clave restan perpetuidad al modelo y ello debería concentrar la atención de las autoridades habida cuenta que son señales indispensables para definir políticas. La evolución probable de los precios, el curso de la política cambiaria, indefiniciones tarifarias y salariales, incertidumbre en materia de régimen tributario nacional, provincial y municipal y alcances precisos del programa de fortalecimiento de la infraestructura económica, configuran algunos capítulos que hasta ahora se han pasado por alto. La formación técnica de trabajadores en diferentes oficios supone un desafío que no se trata a pesar de la demanda insatisfecha que revelan los mercados tampoco contemplada en la inmigración.
Si se tiene en cuenta la concentración sectorial que registra la producción, la urgencia de un programa abarcador ahora es incuestionable. El agro, la industria automotriz, la línea blanca y el turismo se llevan los laureles. La primera depende de la naturaleza y de los precios internacionales. Trigo, maíz, Soja, y sorgo fueron relevantes para el crecimiento del PBI sectorial, las recaudaciones y las exportaciones. La segunda descansa en la voraz demanda brasileña. Cualquier interrupción en los envíos supondría un fuerte castigo al sector con efectos nocivos en el empleo y el déficit con Brasil se agigantaría.
El sistema de transporte, la oferta energética (petróleo, gas y electricidad) no sólo no satisface la demanda interna, si no que será incapaz de recuperar su aptitud exportadora, con el agravante de que las reservas de gas y petróleo han disminuido alevosamente y su recuperación demandaría un drástico cambio en la gestión de esos recursos. Una fuerte redefinición del sistema de transporte (ferroviario e hidrovial) sería factible utilizando recursos propios sin necesidad de debilitar el sector externo. Sin reglas estables ni ofensiva inversora no hay solución ni empleo genuino.
La disminución del superávit comercial, el uso de reservas para financiar gasto corriente, la fuga de divisas, unos 50.000 millones de dólares en un par de años y el stock de deuda en divisas que supera alegres cálculos que ignoran los intereses involucrados (Giuliano, 2011), anuncian potencial vulnerabilidad externa. Lo peor es que en algunos sectores la economía opera en el límite de la frontera productiva y la inflación amenaza agudizarse si el gasto nacional público y privado no se sosiega.
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