

Hugo Moyano acumuló poder cuando Néstor Kirchner lo eligió su guardián en la estructura gremial y en la movilización social. Moyano tenía que disciplinar a los sindicatos y contralar la calle ante distintas organizaciones de izquierda que disputaban espacios al peronismo y la Casa Rosada. A cambio, el Presidente entregó al jefe de la CGT su autorización para avanzar sobre gremios, corporaciones y medios de comunicación. Moyano exhibía su prepotencia, y a Kirchner no le importaba: era su prepotente, cumplía sus órdenes y respetaba la lógica de poder que se imponía desde Balcarce 50.
Cristina Fernández siempre desconfió de Moyano. Entendía su función y compartía su estrategia para encolumnar a la burocracia sindical y contralar los espacios públicos, pero no le gustaba cuando opinaba diferente y defendía sus propias posiciones. Para la Presidente discutir está bien y es democrático, hasta que ella decide y termina el debate.
Moyano cree que no siempre la inteligencia del más poderoso diseña la mejor decisión, una perspectiva que enfrenta la lógica que asume Fernández cuando resuelve su agenda política. La Presidente asegura que siempre tiene las mejores ideas, que los subordinados acompañan, y que no existen los proyectos alternativos de poder. En este escenario, sin tercer mandato, Fernández y Moyano se declararon la guerra.
El jefe de la CGT tiene causas abiertas en la justicia federal, un escenario institucional que siempre observa las relaciones de poder. En los tribunales de Py, hay ciertos magistrados que escriben sus fallos calculando beneficios futuros y cantidad de cadáveres políticos. Moyano estaba tranquilo con Kirchner. Todo cambio con Fernández.
El aumento del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias y el incremento de las asignaciones familiares son asignaturas pendientes que deberían satisfacerse cuanto antes. Moyano para acorralar a la Presidente convocó a una movilización que exige resolver este asunto político que atraviesa a toda la sociedad. Ahora, el jefe de la CGT defiende intereses colectivos y ocupa un espacio político que estaba vacante.
Moyano tiene derecho a una carrera presidencial, pero en un escenario democrático. Un sindicalista apalancado en los gremios, obviando al Parlamento, es un reflejo tardío del corporativismo más rancio del siglo XX. A la misma hora de la movilización en Plaza de Mayo, se convocó a una sesión en la Cámara de Diputados para tratar el mínimo no imponible de Ganancias y el aumento a las asignaciones familiares. Si al jefe de la CGT le interesa demostrar que no es corporativo, y que aprendió a respetar las reglas de juego en Democracia, que vaya al Parlamento después del discurso que abrirá su campaña presidencial.
Sería un gesto para asumir que Moyano se está reinventando de nuevo. Fue opositor de Carlos Menem y Fernando de la Rúa, guardián de Kirchner y sostén de Fernández. Ahora, el jefe de la CGT ocupa un espacio que pensaba llenar Daniel Scioli, tras las elecciones de 2013. Los tiempos se aceleran, y ya nadie ordena la agenda política. Nuevamente comenzó, la interna nacional del peronismo en el poder.
La irrupción de Moyano preocupa por su sesgo corporativo y por sus futuros actos públicos, recordando que trabó la libre distribución de los diarios, apoyó la campaña política de Amado Bodou y amenazó con un paro si prosperaba un exhorto judicial remitido desde Suiza. Exigir por el mínimo no imponible y las asignaciones familiares es una causa justa, pero detrás se esconde una voracidad que muta con los años y las circunstancias.
La movilización popular ayuda para expresar que el relato de Cristina no coincide con la realidad cotidiana. Y la sesión en Diputados para asegurar que las instituciones democráticas funcionan. Moyano debería ir al Congreso, para demostrar que ya entendió que el poder siempre necesita límites, aunque las causas que proponga sean solidarias y honestas.










