La mano visible

Los trenes andan mal, digamos que cada vez peor. La solución no tarda en llegar: el Estado toma a su cuenta y cargo el control casi total del sistema, encara obras impostergables postergadas y en algún momento, sin precisar cuándo ni cómo, todo volverá a la normalidad.
La emergencia energética clama también una política efectiva para evitar el colapso. La decisión cruza como un rayo al centro neurálgico de la empresa más grande del país: se expropia la participación mayoritaria de control.
El sistema eléctrico está desfinanciado y cerca de tirar la toalla, luego e una década de precios arbitrarios, devaluación asimétrica y default inducido. No importa, se establece un comité para organizar su salvataje estableciendo prioridades en la inversión y evitar el apagón financiero.
Los bancos no prestan, la yerba escasea, el dólar brilla pero por su ausencia. Para todos estos inconvenientes, la receta es la misma: dejen paso a la mano visible del Gobierno para que arregle lo que otros, los privados no pudieron, no supieron o no quisieron. Es la política del momento, el exilir de todo mal que aqueja a los equilibrios macro y macroeconómicos. Pero no surgió de la noche a la mañana ni podemos personalizarlo en un grupo de jóvenes economistas que embanderaron, hace tiempo, su desconfianza visceral por la institución social más relevante en el desarrollo económico del último siglo: la dinámica del mercado.
Unos descreen de su funcionamiento por los fracasos dentro y fuera de las fronteras. Hay innumerables ocasiones en que el libre juego de oferta y demanda no desemboca en el necesario equilibrio sustentable entre los agentes económicos. Es la función de superhéroe del funcionario que mira el bienestar general y no está preso de los intereses particulares. Y que seguramente lo hará mucho mejor que los miles que concurren a diario a un mercado de este tipo. Pero también existen otros que miran con recelo algo inevitable para quien toma decisiones atomizadas y sin pedir permiso: la acumulación del poder. Los de la más pura cepa los llamaban pequeños burgueses, en alusión a los pequeños y medianos empresarios que tenían pautas de comportamiento que no obedecían necesariamente a los grandes lineamientos del gobierno de turno. Pero esa autonomía es el oxígeno del mundo de la producción y del trabajo que toman decisiones en un campo que transitan a diario.
El ex canciller Guido Di Tella, un peronista tardío pero lúcido, decía que los radicales hacían su cursus honorum como dirigentes universitarios y en profesiones liberales y los peronistas a ambos lados del mostrador de la empresa. A unos, simplificaba, le contaban la economía y otros la protagonizaban. Pero el tiempo pasó también para el PJ en su base de conducción y muchos líderes de las diversas siglas de ese particular universo han hecho sus pininos en estructuras burocráticas del Estado Nacional o los gobiernos provinciales. No conocen tanto los resortes de la producción como de las cuentas fiscales y el control del Tesoro. Luego de un cuarto de siglo de gobierno ininterrumpido en muchas provincias y municipios, no pueden argumentar ignorancia en estas materias. Pero la pregunta inicial recobra su fuerza: ¿Qué encierra la panacea de la intervención estatal directa? Además de las consideraciones antes mencionadas, arriesgo que una visión más profunda: el Estado agrega valor con sus medidas y controles y los privados muchas veces actúan como pirañas devorándose unos a otros. En este marco, la competencia puede parecer un juego de suma negativa pero el rol compensador del Gobierno también puede derivar en una curiosa paradoja: quitarle oxígeno al mundo económico competitivo para dárselo a la mano visible estatal, también agrega valor. Por lo tanto, en este silogismo, cuando más poder se transfiera, mejor estará la sociedad. Qué mejores decisiones de ahorro e inversión que las que toma un ministerio de planificación antes que la city financiera o las casas matrices de las grandes corporaciones. Cuánto más eficiente es una circular, decreto o ley que ordena el universo caótico de las directivas que cada productor, proveedor o cliente toma a diario. Qué liberador resulta no tener que preocuparse de cuánto, cómo y dónde consumir; en qué moneda, con que frecuencia y bajo qué condiciones. Todo tiene una proposición, más directa, más ecuánime y más inclusiva.
De todas maneras, si la solución no es tal y los trenes siguen sin andar, la energía continúa consumiendo las reservas de divisas, la electricidad y el gas, la paciencia de los usuarios; aún así siempre existe el recurso de jugar con las cifras y mostrar resultados a la carta. ¿Si ya se hizo con la inflación, porqué no extenderlo a otras variables sensibles?
En un sistema así, la dinámica de la sustentabilidad implica más y no menos intervención. No sea cuestión que las islas de mercado delaten la ineficiencia de quienes no pueden encerrar en sí mismos la maraña de decisiones que muchos otros sí quieren y pueden asumir. La mano visible también comete errores que no se pueden esconder .

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