

La anécdota es archiconocida. En 1992, un tal Bill Clinton, descerrajó la frase más fuerte de su campaña: Es la economía, estúpido. Marcaba que, por sobre todos los otros temas, el bolsillo de los norteamericanos iba a determinar el resultado de las elecciones. En la Argentina de hoy podríamos parafrasear: Es el financiamiento del estado, estúpido.
Desde el retorno de la democracia, el gobierno federal fue absorbiendo fondos destinados a las provincias. La llamada coparticipación primaria, es decir, qué parte del total recaudado queda para la Nación y qué parte va a las provincias, cambió progresivamente: en 1988, el 42,34% de lo recaudado iba a la Nación y el 54,66% a las provincias, pero en 2012 el reparto fue de un 73% a la Nación y sólo un 27% a las provincias.
La propia Cristina Fernández, cuando fue convencional constituyente en 1994 y esta tendencia centralizadora de recursos empezaba a avanzar, advertía: ¿Cómo no va a haber provincias inviables si nos están federalizando los gastos y centralizando los recursos? (...) Puede haber asignaciones específicas, si las necesidades excepcionales así lo justifican, pero no deben serlo de la parte que les corresponde a las provincias, porque si no, estamos frente a una federalización al revés.Provincias exhaustasY en nada ayuda a la supervivencia fiscal de las provincias las extravagantes inequidades de la llamada coparticipación secundaria, esto es, cómo se reparten los fondos entre ellas. Por ejemplo, en 2012 cada ciudadano de Tierra del Fuego recibió $14.959, la provincia de Buenos Aires con $2.103 por persona, obtuvo en comparación ingresos siete veces menores.
El cóctel de disminución de fondos más criterios arbitrarios de distribución ha detonado las finanzas provinciales. Durante 2012, más de la mitad de las provincias tuvieron problemas serios en el pago de sus salarios, y 2013 no viene mejor.
El sistema, además, no tiene incentivos para premiar a aquellos que se esfuerzan por conseguir recursos propios. En los extremos, en 2013 Buenos Aires hará aportar a sus contribuyentes el 63% de sus gastos anuales. Por otro lado, La Rioja, Santiago del Estero o Formosa recaudan menos del 10% de lo que gastan.Ajuste alemán o criolloA pesar de la brutal transferencia de fondos desde las provincias hacia la Nación, al Leviatán federal no hay nada que lo contente. Las cuentas balanceadas fueron las bases del modelo que inició Néstor Kirchner, son algo de un pasado que no retorna. En 2012 el déficit fiscal estuvo entre los 80 y los 90 mil millones, y para 2013, se estima que el déficit fiscal nacional será entre los 8 mil y los 10 mil millones por mes, y será mayormente cubierto con más emisión monetaria.
El problema es evidente. Es el financiamiento del Estado. Las provincias, por deficiencias propias y por las distorsiones ocasionadas por un sistema de coparticipación perverso, sobreviven con dificultad y apenas pueden pagar salarios. La Nación, a pesar de tragar fondos de todos lados, tiene un déficit que se agrava minuto a minuto. Y las provincias no tienen muchas alternativas, y los gobernadores deben ajustar a lo Angela Merkel: baja drástica de los gastos, aún a costa de su sustentabilidad política.
La mayoría de las provincias, en el mejor de los casos, sólo pagará sueldos, y la calidad de sus servicios sociales y de su infraestructura seguirá debilitándose.
Por su parte, La Nación está en riesgo de repetir la historia: mientras pueda, seguirá cubriendo el agujero fiscal con emisión, rezando por llegar a las elecciones. En el horizonte asoma otro clásico ajuste a la criolla: devaluación y baja del poder adquisitivo de los salarios.










