Si bien me gustaría que la frase fuese de mi autoría, no lo es, sino del (entonces) candidato a la Presidencia de Francia, Nicolas Sarkozy, en septiembre de 2006. En dicha ocasión dijo que la escuela no es deliberativa, no es un coloquio permanente. Es la transmisión del saber, de las normas y de los valores y, en el primer lugar, del respeto.

Las tomas de colegios secundarios el año pasado, el largo conflicto de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini durante los primeros meses de este año lectivo, y las nuevas tomas de 11 colegios porteños días atrás, las cuales contaron con el apoyo y participación de estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires -sin lugar a dudas, la imagen de excelencia académica por antonomasia en el imaginario de todo ciudadano- son claros ejemplos de una realidad alternativa.

Posiblemente algunas escuelas tengan defectos de infraestructura que atentan contra la vida de los estudiantes, de ser así deberían ser clausuradas y enjuiciados los responsables; me atrevo a adivinar que a la mayoría les faltará calefacción, tendrán vidrios rotos, baños poco decentes, visitas de roedores y otros múltiples factores que hacen a una educación digna. Pero ¿justifica ello que los chicos ejerzan la supuesta libertad de impedir su propia educación?

Los estudiantes están perdiendo días de clase y aunque los recuperen de qué habrá de servir sino para cumplir las formas. Hace ya mucho tiempo que han perdido la cultura del esfuerzo. El capital humano no lo están adquiriendo, a pesar de cumplir con la formalidad de terminar sus estudios secundarios. Los pobres resultados en los exámenes PISA, los cuales analizan hasta qué punto los alumnos de 15 años, próximos a culminar su escolaridad obligatoria, han adquirido los conocimientos necesarios para su inserción en la actual sociedad del conocimiento, son evidencia concreta de este hecho.

Hace exactamente 50 años, Theodore Schultz, Premio Nobel de Economía, 1979, publicaba su seminal artículo Inversión en Capital Humano. En el mismo, Schultz postulaba que las diferencias de ingresos entre las personas se relacionaban con las diferencias en el acceso a la educación, la cual incrementaría sus capacidades para realizar un trabajo productivo. Como bien señala James Heckman, Premio Nobel en el año 2000, Schultz fue el pionero en la introducción de la importancia de la educación y de las habilidades adquiridas para el proceso de desarrollo. Sin capital humano, en la sociedad del conocimiento en que nos toca vivir, ¿qué posibilidades tiene una persona para desarrollarse y progresar? Es probable que muy pocas.

Por ello, me parece adecuado cerrar esta breve nota con otra cita de aquella conferencia de Sarkozy: Quiero decirles a los pedagogos que aunque no hay que aplastar la personalidad de los niños, ni ahogar su espontaneidad, no por ello hay que renunciar a instruirlos. Los padres de los alumnos que usualmente participan de las tomas de colegios, principales responsables de su educación, deberían considerarlo; puede ser que de lo contrario algún día sus hijos se los demanden.