Cabandié, The Sopranos, la mentira y la verdad

Comparto la idea de que no hay que crucificar a Juan Cabandié, pero sigo pensando que su prepotencia no solo le pertenece a él, sino también a Néstor Kirchner, a la Presidenta y a la cultura política que ellos alimentaron y supieron conseguir. Un amigo me hizo acordar, hace poco, que el video de Cabandié en el que califica a la agente de tránsito como una desubicadita y le pide, a un asesor del intendente Martín Insaurralde que le aplique un correctivo parece un calco, con ciertos matices, de una escena de The Sopranos, la serie de tv que más me gustó de todas las que vi en mi vida. Le pedí a un productor de La Cornisa TV que la buscara. No resultó fácil. Pero la encontró. Sus puntos de coincidencias son notables. (Ver: http://www.youtube.com/watch?v=V4UnRKUSUlk&feature=youtu.be). En la escena, el protagonista, Tony Soprano, un líder de la mafia de New Jersey en la actualidad, es detenido por un agente de tránsito por superar el límite de velocidad.
Soprano fue personificado por James Gandolfini, un enorme actor que murió este año de un infarto y que trabajó en decenas de películas y obras de teatro, pero que tuvo su reconocimiento integral con el protagónico de la serie de tv.
Tony primero chapeó mostrando su carnet de conductor junto a otra identificación que probaba un vínculo cercano con el alcalde. Entonces el policía amenazó con pedir refuerzos. Soprano resopló y el agente, igual que Belén Mosquera, procedió a labrar el acta de infracción. En una escena posterior se lo ve a Gandolfini pidiendo que pongan en caja al funcionario. Más tarde Soprano se encuentra al agente de civil, trabajando para una casa de artículos de jardín. El policía le confirma que fue apartado de su función original. El mafioso parece arrepentirse, entonces llama a su contacto y le aclara que lo que él deseaba era no pagar la multa (que apenas demandaba un correctivo). En la escena final se lo ve a Gandolfini, otra vez en la casa de artículos para el jardín, intentando coimear al policía desafectado, como una especie de reparación a su prepotencia.
Hay que recordar, otra vez, que la agente Mosquera fue apartada de su cargo y que habría perdido su trabajo si Insaurralde no hubiera decidido reincorporarla para detener el impacto negativo de la compadrada de Cabandié en el medio de la campaña. Y todavía habría que ver qué es lo que sucederá con el gendarme Antúnez, a quien el Gobierno nacional responsabiliza por la difusión del video. También es evidente que Cabandié no es un mafioso ni parece muy cerca de representarlo. Sin embargo, con su actitud, pone de manifiesto el modo de ejercer el poder que mamó junto a Néstor. Y no hay, en este caso, muchos atenuantes.
¿Se trató de una operación política? A esta altura no cabe ninguna duda: al Frente para la Victoria le dieron un poco de su propia y amarga medicina. ¿Fue una operación política como las que alentó Kirchner contra el excandidato Enrique Olivera, a quien acusaron falsamente de tener una cuenta no declarada en Suiza o contra Francisco De Narváez, a quien pretendieron asociarlo con el narcotráfico? No. Porque las operaciones que bendijo el expresidente partían de una mentira y esta no. Pero el problema de fondo, entre quienes manejan el poder en la Argentina, es el mismo que tiene el protagonista de The Sopranos. Viven en un mundo de mentiras y apariencias y son incapaces de reconocer los errores y las irregularidades que cometieron en el uso abusivo de su poder. El personaje de Gandolfini tenía ataques de pánico. Se le aparecían, de repente, como en un delirio, sus amigos mafiosos y sus enemigos de la ley a quienes había asesinado, a veces con sus propias manos. Pensaba, equivocadamente, que las visitas a su psiquiatra, la doctora Melfi, lo ayudarían a soportar la verdad. Igual que Tony, el negador, el Gobierno rechazó, durante años, la existencia de la inflación y el aumento de la inseguridad y el narcotráfico. Ahora mismo, sugiere que el tercer accidente del Sarmiento pudo haber sido un sabotaje, u otra muestra de impericia del motorman. Como si los conductores de los trenes argentinos fueran comandos suicidas. Eso también es parte de la cultura de la época. Y lleva la firma inconfundible del kirchnerismo en el poder.
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