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En un mundo interconectado es importante cultivar las relaciones entre los estados. Por ello, toda visita de jefes de estado sirven para mostrar un interés mutuo y mejorar los vínculos. Más aún si de ello depende buena parte de nuestro comercio exterior.
Al retorno de la visita presidencial, el gobierno nacional debió reconocer la importancia de China como actor económico global.
Como demostración que la política exterior del país no es prioritaria, la visita presidencial a China fue postergada por motivos nimios de política doméstica. Más grave aún, se adujo que la cancelación no afectaría la marcha de las relaciones. Poco después, el viaje se produjo a partir de la crisis generada por la interrupción de las compras de aceite de soja argentino, nuestra principal exportación a ese país. Además, China ya encontró proveedores alternativos en Brasil y los Estados Unidos.
Se afirma que China reaccionó a las barreras arancelarias que le aplica la Argentina a sus productos. En este caso, el gobierno argentino sufre por defender los intereses internos al buscar evitar una temida avalancha china. Se trata de una decisión soberana. El problema es tener claro cómo se aplica la medida y sus posibles consecuencias. Esta debe ser ponderada como parte de una estrategia global. Una medida focalizada contra la segunda potencia económica mundial sin respaldo suficiente en un mundo globalizado puede terminar en un duro despertar, China no es actor que pueda ser fácilmente ignorado.
Como resultado de la visita presidencial se dieron dos anuncios concretos: El compromiso de la Argentina a comprar material ferroviario por un valor aproximado a 10.000 millones de dólares y la creación de una comisión conjunta entre ambos países para estudiar la reapertura del comercio de productos derivados de la soja. Respecto de la reanudación de las compras de ese producto a la Argentina, por ahora nada.
A partir de estos anuncios caben, al menos, dos reflexiones: es necesario renovar el stock ferroviario del país pero ¿es China el mejor proveedor? En algún momento, se había anunciado que invertirían 20.000 millones de dólares en el país. Ahora la Argentina aparece comprando por la mitad de aquello y no se habla de inversiones del país asiático. De ser así, la decisión del gobierno nacional que parece súbita y la importancia de la suma declarada, tiene reminiscencias de la década de 1930, cuando la Argentina favoreció a Gran Bretaña, aún en contra de sus intereses, para sostener el nivel de exportaciones.
En segundo lugar, estamos ante otra muestra de un problema constante de la política argentina: la falta de una agenda exterior coherente, que identifique los temas y actores importantes para el desarrollo presente y futuro del país. Parecería que nuestros gobernantes piensan que somos imprescindibles, que el mundo espera a la Argentina y que no existe la competencia internacional en todos los terrenos. Todavía hace falta reconocer que una política exterior sana sirve para mejorar la calidad de vida de todos los argentinos.
El Canciller argentino declaró al retorno de la visita que se habían establecido vínculos que deberán desarrollarse en el tiempo. Hagamos votos para que finalmente así sea.