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Su meta era convertirse en el presidente que instaló a Chile dentro del Primer Mundo. Pero el terremoto cambió de cuajo sus planes y Sebastián Piñera deberá poner todos sus esfuerzos en la reconstrucción. La tarea no será fácil, no sólo por el inmenso desafío que significa, sino porque sus acciones estarán tironeadas por las facciones que integran la coalición que lo llevó al poder. Mientras la derechista UDI presionará para que adopte medidas más liberales, la Concertación buscará que no abandone las políticas sociales de Bachelet.
Así como el terremoto desplazó el territorio chileno hacia el oeste, puede esperarse un deslizamiento análogo en el eje de la política económica. En la campaña Piñera apuntó a más desregulación para lograr un salto de productividad y mejor calidad en servicios para la clase media. Pues bien, lo que el terremoto dejó al descubierto, en cuanto a capacidad organizativa del Estado y en cuanto a precariedad de infraestructuras y construcciones civiles, seguramente le de un baño de modestia a aquella agenda electoral.
En las relaciones con sus pares latinoamericanos, tendrá afinidad con los presidentes de centroderecha que ya gobiernan la región: México, Colombia y Perú, aunque con este último persiste un litigio fronterizo sin resolver. En cambio ya queda claro con sus ausencias a la ceremonia de asunción que las relaciones con el presidente Chávez y con Lula da Silva no serán muy armoniosas.
Piñera ya empezó a mostrar cuáles serán sus directivas en política exterior. En la reciente cumbre regional celebrada en Cancún, a la cual asistió acompañando a Bachelet, fue el único que pidió algún tipo de reclamo a Cuba por la muerte del preso político Orlando Zapata.
Hoy comienza la hora de la verdad para Piñera. Tendrá que demostrar que puede trasladar su experiencia en gestión empresarial a la gestión política. Y hacerlo con éxito. La competencia en el mercado de los votos suele ser tan o más exigente que en el mercado de bienes y servicios.