El inusual tono de la declaración de los obispos da una idea acabada de la profunda preocupación que comparten al observar la situación actual del país.
El texto no utiliza eufemismos para describir los elementos que alarman a la jerarquía de la Iglesia. Así, menciona el adverso “clima social y espiritual” imperante, reclama superar el “estado de confrontación permanente que profundiza nuestros males” y asegura que “la que sufre es la Nación toda”, aunque “más duramente sufren los pobres”.
Hay una expresa mención a la responsabilidad de cada uno de los argentinos, sobre todo los dirigentes, pero también aparece una exhortación a “privilegiar la sanción de leyes que respondan a las necesidades reales de nuestro pueblo”, además de una nítida apuesta a ver la calidad institucional como imprescindible herramienta para una mejor vida de la sociedad.
El llamado apremiante a la grandeza comprende a todos, pero a la vez tiene destinatarios principales. Es la hora de la pacificación. Hay demasiado en juego como para pensar en alternativas.