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Desde hace décadas el mes de febrero ofrece dos termómetros para evaluar algunos aspectos sensibles de la realidad internacional. Davos suele permitir contar con un panorama del clima de negocios y de la situación financiera mientras que Munich lo hace de los temas vinculados a la seguridad internacional. En ambos escenarios las perspectivas novedosas son escasas. En general prima un clima de desconfianza e incertidumbre.
La crisis en Grecia y la complicada situación de España han teñido el entusiasmo económico europeo de recuperación. Afganistán, Irán y los problemas derivados del terrorismo con una masiva presencia militar desplegada por Estados Unidos continúan siendo temas obligados, mientras que la preocupación principal pasa por las tensiones suscitadas entre China y Estados Unidos que enfriaron las perspectivas de un dialogo esperanzador.
El extenso Comunicado político rubricado con la visita del Presidente Obama a Beijing anunciaba una era de entendimientos que marcarían las primeras décadas del siglo XXI. Sin embargo, el optimismo se fue diluyendo a las pocas horas de su firma. Primero ante la molestia de India por un supuesto reconocimiento a China en cuestiones sensibles para Nueva Delhi. Un juego gramatical en lugar de restablecer el equilibrio dejo en claro para Beijing la inobservancia de Washington por lo expresamente firmado. Segundo por los desacuerdos en la Cumbre del Cambio Climático y en el tema nuclear con Irán. El tercero fue respecto de Taiwán. China interpretaba que el documento dejaba en claro que Estados Unidos se abstendría en seguir avanzando en dos cuestiones claves para los intereses de Beijing, venta de armas a Taiwán y la estatura política del Dalai Lama. Todo otro tema para China era y es susceptible de negociación mientras que esos puntos claramente dividen aguas.
La duda es que circunstancias habrían llevado a Washington a firmar un Comunicado Conjunto con un alcance político que no podría honrar. La falta de motivos políticos estratégicos solo permitiría concluir que se trato de la inexperiencia de una Administración que se encuentra actuando bajo la influencia de una inercia burocrática que se resiste a implementar los cambios anunciados por el Presidente Obama. Diversos otros temas permiten pensar que el Presidente norteamericano enfrenta dificultades internas de coordinación. China, por parte, debe darse cuenta que su nuevo papel en el escenario internacional la obliga a actuar de forma distinta. Los agravios debe aprender a resolverlos de una forma menos emocional.
Más allá de las razones que han originado esos resquemores entre Estados Unidos y China, la realidad indica que están obligados a entenderse y evitar reproducir el panorama que caracterizó la confrontación este oeste. Las diferencias de tiempo y circunstancias, como el tejido de intereses financieros recíprocos, deberían permitirlo. Es urgente que hagan ese esfuerzo por cuanto nada es más riesgoso en las relaciones exteriores que los efectos que producen los desbordes de desconfianza e incertidumbre.