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En el conflicto de Google con China hay algo más en juego que el destino de una poderosa firma. La decisión de la compañía de abandonar China, a menos que el gobierno cambie su política de censura, es el presagio de una relación cada vez más tempestuosa entre Estados Unidos y China.
El caso de Google es tan significativo porque sugiere que los supuestos sobre los que se basó la política estadounidense en relación a China desde la masacre de Tiananmen de 1989 podrían ser completamente erróneos. EE.UU. ha aceptado el surgimiento de China como gigante económico porque los políticos norteamericanos se convencieron de que la apertura económica llevaría a la liberalización política en China.
Si ese supuesto cambia, también podría hacerlo la política de Washington hacia Beijing. Apoyar a un gigante económico asiático que también está dando pasos hacia una democracia liberal es una cosa. Patrocinar el ascenso de un Estado unipartidista leninista, que es el único rival geopolítico creíble de EE.UU., es una propuesta distinta. Si se combina esta desilusión política con una tasa de desempleo de dos dígitos en Estados Unidos –lo que se atribuye en gran medida a la manipulación de la divisa china– se obtiene la fórmula de una reacción violenta contra China.
Tanto Bill Clinton como George W. Bush creían firmemente que el libre comercio y, en especial, la era de la información, harían inevitable el cambio político en China.
Hasta el momento, los hechos se niegan a cumplir esa teoría. China siguió censurando nuevos y viejos medios de comunicación, pero no se puede decir que esto lo haya condenado a un “estrepitoso fracaso económico”. Por el contrario, China es hoy la tercera economía del mundo y la primera potencia exportadora, con reservas extranjeras superiores a los u$s 2.000 millones.
Para la mayoría de las empresas, el mercado chino es demasiado grande y tentador como para ignorarlo. Por eso, probablemente el sector empresario de EE.UU. hará un fuerte lobby a favor de mantener la relación con China.
Las presiones de ruptura procederán de activistas sindicales, defensores de la seguridad y políticos, especialmente en el Congreso. Hasta la fecha, la administración Obama ha basado su política firmemente en los supuestos que han regido el enfoque estadounidense hacia China durante una generación. El discurso del presidente sobre Asia fue la declaración clásica a favor de la relación de EE.UU. con China. Pero, después de haber sido censurado por la televisión pública en Shanghai y arengado por una autoridad china en las conversaciones sobre el cambio climático de Copenhague, es posible que Barack Obama sienta menos afecto hacia Beijing. De producirse en los próximos meses la decisión oficial de calificar a China de “manipulador de divisas”, podríamos estar ante el primer indicio de que la Casa Blanca está endureciendo su política.
Incluso si la propia administración no actúa, es probable que aumenten las voces en el Congreso que exigen políticas más severas con China.
El desarrollo de sistemas de mis
iles chinos que amenazan el dominio naval estadounidense en el Pacífico es otro motivo de preocupación en Washington por la seguridad en Estados Unidos. La venta de armas de EE.UU. a Taiwan también está provocando una disputa.
Por otra parte, el proteccionismo parece estar obteniendo un apoyo intelectual en EE.UU. que debería preocupar a China. Una guerra comercial entre EE.UU. y China no sería buena. Podría llevar de nuevo al mundo a la recesión y generar nuevas y peligrosas tensiones en la política internacional. Si eso sucede, ambas partes serán responsables. Washington ha sido ingenuo con respecto a la conexión entre el libre comercio y la democracia. Beijing ha actuado de forma provocadora en lo relativo a la divisa y los derechos humanos. Si quiere evitar un conflicto perjudicial con EE.UU., sería adecuado que cambie su política.