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Para la industria editorial de la década de los años treinta, el libro de bolsillo representó un cambio que amilanaba. Llevó la buena literatura a un público mucho más numeroso. Pero, temiendo que bajase los precios de la industria y disminuyese las ganancias, las editoriales de renombre lo desdeñaron. A diferencia de lo que sucedió con su antecesor en 1840 (el folletín), no se arremetió contra él como si fuese la amenaza a "la vista de una generación naciente"; sin embargo, la reacción tenía mucho más en común con el modo como se mira en la actualidad el surgimiento del libro electrónico.
Esta semana, en la Feria del Libro de Frankfurt se discutían las repercusiones del libro electrónico en veintenas de sesiones y seminarios dedicados a analizar las implicaciones de dispositivos, tales como el Kindle de Amazon y el Reader de Sony. Otro tema de actualidad candente es la digitalización de, hasta el momento, 10 millones de libros que realiza Google. Cerca de 9 millones de ellos gozan de la protección del copyright.
No se puede decir que el proyecto Google Books sea el primer intento de reunir el saber común del planeta en un solo (ciber)espacio, ya que la Biblioteca de Alejandría se fundó en el siglo III a.C., pero ese proyecto contempla planes para que la gente pueda comprar libros agotados en las máquinas de impresión y encuadernado Espresso.
La internet le ha dado un gran impulso al modelo de distribución minorista de la industria de libros educativos y de consumo, valuada en u$s 114.000 millones, lo que convirtió a Amazon en una fuerza a la que las editoriales temen criticar en público. En la actualidad, los aparatos de mano –Kindles o Apple iPhones–, junto con la dilución del concepto de propiedad intelectual e industrial, y la perspectiva de poder imprimir un libro en cinco minutos con la ayuda de una Espresso hacen que las editoriales se sientan como si se las apuntara con un arma.
En cambio, el libro de bolsillo fue un pinchazo para una industria que había visto pocos cambios desde el momento en que, para producir la primera Biblia cerca del año 1450, Johannes Gutenberg usurpó siglos de transcripciones manuscritas en pergamino de los pacientes monjes usando lo que podría haber sido una prensa de uva transformada. Una de las primeras enseñanzas fue que, para que los impresores pudieran afrontar el costo de las prensas y el personal, era preciso un grupo aparte –editoriales– que garantizara que se estuviera imprimiendo la temática correcta y que estuviera llegando al público de buen pasar.
La revolución editorial siguiente llegó de la mano de gente como aquel William Caxton que tradujo las Escrituras a un lenguaje que cualquiera que no tuviera educación superior podría comprender y consideraba que los mandatos de la Iglesia y del Estado constituían un reto de gravedad a su autoridad. En el siglo XXI, los consultores de gestión lo denominarían desintermediación del clero. En el siglo XVI, los verdugos de María Tudor lo llamaban herejía.
De manera que a medida que pasean por los claustros contemporáneos de Frankfurt, el colegio de cardenales de la industria del libro busca el mejor modo de cerrar tratos con los folletistas de Amazon y Google, y quizá, hasta explotar las nuevas imprentas que hacen un libro en menos tiempo del que le tomaba a Gutenberg fijar una línea de metal. En un estudio que se publicó esta semana, Benedict Evans de Enders Análisis subraya la amenaza que, como tenazas, representan Amazon y Google: una aspira a controlar el mercado de las ventas futuras; la otra quiere hacer que el archivo global sea redituable.
"La publicación de libros se desplaza desde un mundo de movimientos lentos, localizado, opaco, oligopólico y, con frecuencia, poco comercial hacia uno abierto, global, con mucha liquidez y con fuerte presencia de commodities", escribe Evans y añade con áspera insuficiencia: "No es un cambio que podamos asociar de inmediato a ganancias más elevadas por las ya establecidas".
Según PwC, las ventas por descarga de libros digitales alcanzaron los u$s 1100 millones en 2008, o lo que es lo mismo, el 0,9% del total. Nielsen Bookscan y otros que llevan la cuenta sostienen que ellas han venido creciendo a tasas anuales muy altas en los pocos mercados (Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y Reino Unido) que tienen controlados.
Sin embargo, la base era tan baja que las cifras apenas eran significativas. En los Estados Unidos, las ventas digitales constituían el 2% de un mercado de u$s 17.000 millones. El mes pasado, en el Reino Unido Waterstones, que es la división o de HMV que controla los libros electrónicos, indicó que se vendía uno cada dos minutos, lo que es impresionante, con la salvedad de que equivale a 262.800 por año, o lo que es lo mismo, al 0,13% de todos los libros que se vendieron allí en 2008.
El mercado no es tan colosal como para obligar a las editoriales a que enfrenten sus grandes preocupaciones. Aún.
Arnaud Nourry, director ejecutivo de Hachette Livre, que es una de las editoriales más importantes del mundo, dijo que los aparatos como el Kindle 2, del que Amazon hizo un lanzamiento internacional justo antes de que Frankfurt fijara el precio en u$s 270, no son formatos para mercados de consumo. "Es algo para clases más altas, gente de más de cuarenta y cinco años, lectores ávidos, grandes viajeros, consumidores a la vanguardia. No constituyen el 25% del mercado de libros", dice Nourry. "La gente que compra entre tres y seis libros por año es el núcleo del mercado. No se puede comprar una máquina por eso, ciertamente, no a u$s 300".
Incluso entonces, hay algo en los libros que provoca sensaciones que ningún aparato electrónico puede igualar. "Hay un paralelo bastante importante entre el libro y el disco de vinilo", dice John Makinson, director ejecutivo de Penguin, el brazo de literatura de consumo de Pearson, la empresa propietaria del Financial Times. "De algún modo, podías tener una relación con el vinilo. A mí me encantaban mis discos; quizá, era el diseño de la tapa, no sé, pero nunca podrías sentirte así respecto de un disco compacto, ¿o no?"
No todos están de acuerdo. Paul Lee de la práctica de medios de Deloitte dice: "Siempre se dirige a un segmento de la sociedad que favorece el formato digital porque es inteligente y brilla. Por ejemplo, en algunos mercados, como Corea del Sur, hay una cultura de actualizarse constantemente".
Esa sería una de las razones por las que Japón y Corea del Sur tienen los mercados de libros electrónicos más grandes: u$s 251 millones y u$s 227 millones, respectivamente. Añádale los libros de textos, en los que las empresas como Pearson y McGraw-Hill tienen importantes participaciones en el mercado, y los Estados Unidos rebasan a esos países hasta alcanzar un total de u$s 522 millones, en tanto los países asiáticos suman u$s 265 millones y u$s 229 millones, respectivamente. El Reino Unido se ubica en el cuarto lugar, con tan solo u$s10 millones.
Con todo, los directivos y analistas de la industria esperan que los libros digitales alcancen cerca de un 20-25% del mercado en el curso de la próxima década, mientras las editoriales esperan que llegue su "momento iPod", que es la aparición de un equipo de hardware que le dé a la representación digital de la palabra escrita el mismo ímpetu fogoso que transformó el consumo y la industria de la música.
En los Estados Unidos, Amazon tiene 350.000 libros electrónicos aptos para el Kindle, y Sony tiene 100.000 para su lector electrónico, lo que les da un control potencial en la capacidad de fijar el precio. A las editoriales, esto las tiene intranquilas, pero dice Makinson: "En un nivel, no es un problema: vendemos un libro digital a Amazon al mismo precio que el libro en papel. Entonces, ellos optan por venderlo a u$s 9,99. Sin duda, provoca expectativa en los precios, en que un libro electrónico es más económico que uno encuadernado". Pero los directivos de las editoriales reconocen que no es sostenible. "Amazon pierde dinero y no lo harán por siempre", dice una figura sénior de la industria.
Richard Charkin de Bloomsbury dice que esta es la razón por la que las editoriales quieren ver que otros fabricantes entren en el mercado de los dispositivos. Indica: "Queremos tener multiplicidad de canales y modelos".
Si hay preocupaciones ocultas relativas a la fijación de precios, Google Books ha desencadenado una alarma defensiva de la misma manera que lo ha hecho la descarga ilegal en lo que se refiere a la música. "La piratería no es el debate que tenemos", sostiene Makinson. "Tiene más que ver con el modelo legítimo de compartir archivos, en particular Google, que tiene exactamente las mismas consecuencias en lo que respecta a la distribución disponible que se realice en forma gratuita del material protegido con copyright".
En breve, una editorial, ¿cómo puede justificar el cobro de u$s9,99 por un ejemplar de Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, si se lo puede descargar gratuitamente de Google Books? Las editoriales dicen que la respuesta es que se puede, siempre que los libros estén bien y ofrezcan beneficios adicionales, como prólogos escritos por los editores, notas al pie e ilustraciones. La producción de las versiones digitales son un 20% más económicas porque se ahorra en papel, impresión, almacenamiento y transporte. La disyuntiva es cuánto guardar del ahorro y cuánto entregar al autor y al cliente.
Esos problemas solo ponen de relieve la ineficacia del modelo tradicional de las editoriales, en las que hay analistas, cuyo pensamiento pide a gritos el cambio que la nueva tecnología puede traer. Christopeher Bielenberg, un consultor que ha asesorado editoriales famosas en los Estados Unidos y en el Reino Unido, señala las peculiaridades de un sistema en el que las editoriales "pagan lo que con frecuencia son grandes anticipos y luego, antes de poder recuperar cualquier suma, tienen un largo período en el que el libro se escribe, se corrige, se imprime y se distribuye".
Añade: "Es imparable, para nada receptivo, pero con las nuevas tecnologías (como el Espresso), hay unas cuantas utilidades bastante significativas por obtener, en especial, en el capital de trabajo, los créditos y las existencias".
La última categoría ha sido la muerte de los libreros. En 1999 Dorling Kindersley, ahora integrante de Penguin, quedó destruida como sello editorial independiente con la publicación de 14 millones de ejemplares de un libro de Star Wars que solo vendió 3 millones.
En público, los que se arremolinan esta semana en torno al Frankfurt Buchmesse dicen que el libro digital permitirá que las editoriales experimenten evaluando la demanda que tiene el público de una obra, de una manera que –para las experiencias exitosas– podría provocar un cambio estimulante en las ventas del productor tradicional. En privado, ruegan para que no lo asfixie.