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Ya no sorprende ver por las calles de los barrios más top de la ciudad a mujeres arrastrando el clásico “changuito de las compras”. Son los mismos que madres y abuelas usaban en los años ‘70 para ir al almacén o al mercado del barrio –antes de la explosión de los supermercados– pero con un diseño renovado y glamoroso.
Una de las responsables de esta vuelta del changuito a las calles porteñas es la diseñadora Cecilia Sonzini que hace dos años lanzó una línea de artículos de uso cotidiano con la marca Violraviol y con la estética de los objetos para la casa que se usaban décadas atrás y que habían caído en el olvido.
“Siempre me gustó el diseño de objetos y le propuse a una amiga, que tiene una casa de ropa, hacer changuitos de compras. Fue antes de que se tomara conciencia sobre el uso de las bolsas plásticas. Ella no pudo sumarse y arranqué sola, de a poco, vendiendo a amigos. Recién ahora armé una colección y realicé inversiones más formales”, cuenta Sonzini, que tiene 33 años y es mamá de Violeta, una nena de 12 que inspiró el nombre del emprendimiento.
Entre sus creaciones, además de los changuitos, hay manteles e individuales de vinilo, delantales de cocina y las inolvidables canastas de los “mandados” (las de tiras de plástico trenzadas). Se venden en locales de Palermo, Barrio Norte, Almagro y en ciudades del interior como Rosario y Villa La Angostura.
“Me gusta rescatar cosas antiguas que tienen valor. Hay objetos que se dejan de usar y nadie sabe por qué. Esto me permitió reencontrarme con una forma de vivir, disfrutar de cocinar, tomarme un tiempo para ir a la verdulería o al mercado”, destaca Sonzini. La inversión inicial, estimada, fue de $ 8000 e incluyó el diseño de una web, prototipos de productos y una producción de 30 artículos de cada ítem. Actualmente, por cada colección (semestral) realiza entre 100 y 150 artículos de cada línea y su facturación mensual está arriba de los $ 5000.
Rescate emotivo
La búsqueda de materiales para sus productos llevó a Sonzini a recorrer todos los barrios de la ciudad. “Uso vinilos antiguos y me cuesta un montón encontrarlos. La industria vinílica argentina está muerta. El proveedor es China y sus diseños no me gustan. He llegado a comprar telas de más de 20 años, en locales perdidos. Cada amigo que encuentra un rollo de vinilo me avisa”, cuenta Sonzini.
Sonzini trabaja con pequeños talleres familiares, manejados por mujeres que conocen el trabajo de toda la vida. “Me volví loca, pero encontré a un grupo de señoras que son muy buena gente y trabajan prolijo”, se enorgullece. Las canastas, en tanto, las hacen artesanos que reciclan cajones de fruta.
“La repercusión de los productos me sorprende. Los clientes me mandan fotos cocinando con los delantales o de sus mesas. Recibo mails donde me cuentan historias de sus abuelas y me da mucha ternura –dice Sonzini–. Hay lugar para que la gente vuelva a vivir puertas adentro, con su familia”.