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Define con frases cortas. “Nunca fui menemista”, asegura, sabedor de la mochila con la que carga entre sus rivales internos de la Unión Industrial Argentina (UIA). Toda una herejía atribuir tamaño pecado venial a alguien de excelente diálogo con el ministro de Planificación, Julio De Vido, y -al menos, hasta no hace mucho- público admirador de Néstor Kirchner y su “vocación industrial”, en sus propias palabras.
Porteño, de 69 años, Héctor Augusto Méndez preside la UIA, la mayor central fabril de la Argentina y sinónimo del lobby empresario nacional.
Casado, padre de cuatro hijos, dejó de ser un Méndez más de la guía telefónica cuando su amigo, Humberto Romero, ministro de Defensa de Menem, lo digitó en 1990 para la vicepresidencia de Petroquímica General Mosconi. Romero, dice, es su única relación con el riojano. “A Carlos Menem lo vi menos de 10 veces en mi vida”, asegura. “Esa década, mis empresas perdieron dinero”, se enoja, para despejar su fama de nostálgico noventista, una infamia en los tiempos que corren.
Méndez vivió en Italia a fines de los ’60. Estudió abogacía y nunca ejerció. “Siempre fui y pensé como industrial”, justifica. Hizo sus primeras armas empresarias en los ’70. Su peor momento, dice, fue con José Martínez de Hoz en el Ministerio de Economía. “Me fundió”, recuerda, sin el tono de gratitud que se le descubre cuando habla de los años K.
Se presentó al establishment en 2005, al asumir su primera presidencia de una UIA desangrada por una de las internas más feroces que recuerda la entidad. Méndez -de talante componedor- llegó a lo más alto de la cúpula gremial, no por las empresas que representaba -era titular de la Cámara del Plástico y de una Pyme con resultados positivos, pero poco renombre, Conarsa-, sino por el consenso de dos listas que, desde 2003, se cruzaban todo tipo de artillería. Una prueba de su pulso negociador: a pesar de haber sido fiel a su antecesor, Alberto Álvarez Gaiani, se las ingenió para salir indemne de las batallas entre la Celeste y Blanca, liderada por la Coordinadora de Industrias de Alimentos (Copal) -presidida por Álvarez Gaiani, cuyo principal sponsor era Arcor-, y el Grupo Industriales, nucleado bajo el protector paraguas del gigante Techint.
Mientras los cañones definían posturas sobre el tipo de cambio y las cadenas de valor, los hombres de negocios reconocían que Méndez era uno de los pocos capaces de contener a ambos bandos. “Quería lograr dos cosas antes de terminar mi mandato: una Unión Industrial unida y entregarle el mando a Héctor Méndez”, declaró Álvarez Gaiani, a fines de 2004.
Su primera gestión finalizó en 2007. Le pasó la posta al metalúrgico Juan Carlos Lascurain. “Se la prestó y volvió. No hay que subestimarlo”, dice uno de los hombres fuertes de la UIA, que lo criticó duro en su mandato anterior y, ahora, espera que el “Gordo” -apodo ganado por su voluminosa cintura de antaño- no caiga en la misma tentación que Lascurain: “cristinimo” incondicional. Por lo pronto, demostró, una vez más, su habilidad para navegar a dos aguas. Corrió a Balcarce 50 para redimirse ante la Presidenta por las explosivas declaraciones de Cristiano Rattazzi, vicepresidente de la nueva conducción. Entre críticas al modelo, el piloto de Fiat adelantó que la UIA tendería lazos con otras entidades empresarias, en especial, las del campo. Méndez es uno de los impulsores del renacimiento del Grupo de los Siete, conformado por cámaras sectoriales de más peso y a cuyos almuerzos mensuales se invitó a la Sociedad Rural y CRA. Ambas, integrantes de la Mesa de Enlace.
Carreras y chicanas
Hincha de River, el lobbysta de la industria no sólo tiene muñeca para negociar. Su verdadera pasión son los autos de carrera. Desde los ’80, es socio del Club de Automóviles Sport (CAS). Tiene siete modelos de colección y un velero, con el que se distiende navegando por el Río de la Plata. Transmitió el gen tuerca a su hijo mayor, quien participa de una categoría menor del automovilismo local.
Méndez también presidió Petroquímica Bahía Blanca. Su buen pasar, dicen sus detractores, está vinculado con cargos jerárquicos en empresas de renombre. “Hice dinero trabajando, consiguiendo socios que inviertan. Gané pero también perdí mucha plata”, replica. Esos socios, hoy, son la italiana Icoplastic (productora de contenedores de residuos plásticos) y la brasileña Taurus (armas de fuego). Con ellos, tiene plantas en San Luis y en Brasil. Nada menos, que el mayor beneficiado del éxodo industrial que sufrió la Argentina a fines de los ’90. Pero, aclara Méndez, es porque su fábrica está complementada a la de su partner. Por las dudas, para no generar una polémica. Justo él, cultor devoto de la conciliación. z we