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Está usted entre hacerse la casa nueva o destinar esos mismos ahorros a sacarse el gusto de vivir sus días como un bohemio trotamundos? ¿Es acaso un neo-viajero burgués made in capitalismo globalizado que quiere sacarle el provecho máximo a este tiempo de avanzada (¡sí, su tiempo!)? ¿O su caso es el de quien añora aquellos días de camping teñidos por la aventura, la libertad y la naturaleza en estado puro, en los que su cuerpo aún resistía gustoso los embates de la vida en campamento? Sonría, respire hondo y no lo dude más: las nuevas casas desmontables y prefabricadas son la solución a sus problemas/deseos/caprichos/añoranzas. Para llevarla a todos lados, y a precios inferiores que los de una casa corriente.
A ver: la tendencia viene por dos costados. Uno tiene que ver con el sesgo sostenible de la mayoría de ellas, que vienen al caso como paradigmas del esfuerzo de ciertos arquitectos de empezar a combinar -de una vez por todas- creación con conciencia ambiental. Así, en ellas copa la parada el uso de materiales ecológicos o reciclados, los sistema de generación de energía autosuficientes, y el respeto a rajatabla de las características del entorno antes de su emplazamiento. La otra pata, en tanto, la conforman una serie de ventajas que van desde sus menores costos hasta la velocidad de sus tiempos de montaje, pasando por la posibilidad de desmontarla y empezar de cero en otra punto geográfico.
Algunos de los diseños relacionados asombran. Montadas junto al mar o en plena montaña, se destacan por su grado de habitabilidad y el aprovechamiento máximo de cada centímetro, que está certeramente planeado. Muchas están compuestas por piezas prefabricadas, y la disputan parece ser cuál reúne más indicadores de la arquitectura sostenible. Incluso, algunas pueden ampliarse, reducirse o modificarse cuando se lo desee y sin mayores esfuerzos. Los componentes son reutilizables y, merced a ciertos perfiles energéticos, en algunas hasta se produce un ahorro total de energía más allá del horario. Sin excepción, son cómodas. ¿Aún no está convencido?
Bueno, lo de la rapidez es literal. En dos semanas están listas y con el trabajo de no muchas personas. Tanto el ensamble de las piezas como el anclaje del suelo serán cuestión de días. Y acto seguido el rasgo fundamental: sus precios son ventajosos, con costos de producción por metro cuadrado que incluso que llegan a la mitad de los usuales en algunos casos, al menos en los Estados Unidos y ciertos países de Europa, por ejemplo. Claro que todo depende de los gustos y pretensiones, pero aquellos no muy exigentes con seguridad sabrán sacar partido en este sentido. La demanda así lo demuestra, y en el Primer Mundo se están convirtiendo en una alternativa cada vez más firme ante las construcciones tradicionales, sobre todo en cuanto al segundo hogar o pequeña residencia de fin de semana se refiere. ¿Pequeña? No siempre: algunas incluso superan los 300 metros cuadrados.
Los ejemplos son variados pero las imágenes dejan espacio para sólo dos. La Residencia Hausman/Kimberly, esa especie de Planetario en miniatura con una mitad enterrada en el suelo, está ubicada en Ojai (California), allí entre la montaña y el océano, con vistas inigualables. Es sencilla de desmontar, transportar y volver a montar en un emplazamiento distinto. Su diseño se basó en la tecnología de las yurt, las viviendas usadas por los nómades de Asia Central. Está asentada sobre una plataforma de madera que, a la vez, descansa sobre cimientos de hormigón. En los meses fríos su cúpula está aislada merced a una pintura de caucho, que en verano sirve para desviar los rayos ultravioletas y mantener fresco el interior. Dicha cúpula y una enorme ventana panorámica orientada hacia la terraza hacen que ingrese abundante luz natural; casi toda la energía eléctrica se obtiene de paneles solares y de los sistemas de calefacción y refrigeración que se alimentan de propano.
Mientras, la Casa Seatrain también está en suelo californiano, pero en Los Angeles. En ella se usaron contenedores de almacenamiento y elementos de acero recuperados en el mismísimo downtown de LA, combinando materiales industriales y tradicionales. Tiene 300 metros cuadrados... y los grandes contenedores conforman los habitáculos interiores de la casa: tiene bar, piscina, biblioteca, una sala audiovisual, un dormitorio y hasta una casa de invitados. Cada espacio está inundado de luz, gracias a las aberturas de cristal que conectan la casa con el resto del poblado.
Piénselo un rato, y si no es ahora será más adelante. Consuelo de tontos, de lo contrario la fiel y resistente carpa naranja lo espera.
firma>Matías Franchini
firma>Matías Franchini