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No hace falta mostrar los datos. Esos que dicen que faltan 3,3 millones de viviendas y que el déficit aumenta día a día. La evidencia se palpa, se vive cotidianamente. Las ciudades se desbordan y se conforman grandísimas urbanizaciones precarias en las periferias de casi todas ellas a lo largo y ancho del país. Y, refugiados en sus intersticios, la otrora pujante clase media sobrevive como puede en medio de las “inseguridades” que le provoca la cotidiana tarea de juntar dinero para el alquiler.
Pero, en el universo clase baja se multiplican las promesas electorales de la construcción de viviendas sociales. Y si bien no se generan grandes soluciones, se acepta la existencia del problema, mientras que la clase media queda afuera del debate.
Por eso es bueno que se tome nota a nivel gubernamental y desde las empresas del rubro de este drama. Y es positivo que, al menos, se intenten algunas soluciones.
Pero es necesario decirlo: en el país de las urgencias, impera el día a día, y se piensa en cómo atenuar los efectos de la caída de la actividad. Mientras tanto, las soluciones de fondo brillan por su ausencia.