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A los piratas somalíes que concretaron su mayor ataque, un supercarguero saudita, se les dijo muchas cosas: intrépidos, sofisticados, astutos, codiciosos y desesperados.
Sin embargo, claramente son el producto de dos factores, la anarquía y la pobreza, que se han nutrido entre sí en Somalía para convirtieron en el estado fracasado más testarudo del mundo desde principios de los noventa.
Fue una reveladora coincidente que el sábado, sólo horas después del secuestro de Sirius Star, el barco petrolero saudita, Abdullahi Yusuf, el presidente de Somalía, admitiera que su debilitado gobierno había perdido el control de la mayor parte del país ante la irrupción de los rebeldes islámicos.
Los islámicos no son aliados de los piratas, pero su conflicto con el gobierno interino, sus patrocinadores militares de Etiopía y las milicias rivales puso fin a miles de vidas y destruyó la mayor parte de la economía de Somalía.
“El problema no está en el mar sino en tierra, porque es ahí donde la gente no tiene forma de ganarse el sustento”, señaló un diplomático que sigue de cerca el país.
La falta de trabajo, combinada con la escasez de alimentos provocada por las sequías y una leve guerra civil, fue lo que primero llevó a la piratería.
Pero su atractivo aumentó con el evidente consumo por parte de los piratas, que por primera vez este año han cobrado rescates multimillonarios en dólares y ahora destinan ese efectivo a la compra de alimentos importados, alcohol, drogas y contratación de prostitutas. En ciudades costeras anteriormente tranquilas como Eyl y Hobyo, y que se han convertido en guaridas al estilo de la mafia, los piratas hasta estarían construyendo ostentosas residencias de cemento que dominan las chozas de sus vecinos.
Las más de 30 capturas efectuados este año convirtieron las aguas afuera de Somalía en las más peligrosas del mundo, pero la piratería surgió en la región durante los noventa como respuesta a la pesca ilegal por parte de tripulaciones extranjeras. Hoy muchos pescadores son miembros de las bandas de piratas; aportan su experiencia en el mar y pilotean las lanchas desde donde hacen los ataques.
El secuestro del supercarguero saudita se produjo pese a un despliegue naval internacional, que incluye fuerzas de la Unión Europea y de la OTAN, que intenta proteger una de las zonas de más tráfico marítimo del mundo.
Las armas que usan los piratas, ametralladoras y granadas, son manipuladas por jóvenes musculosos que abordan las embarcaciones por escalera y frecuentemente cuentan con la ayuda de milicias.
Los expertos en tecnología brindan los conocimientos necesarios para operar los sistemas de posicionamiento global y otras herramientas modernas: los piratas que secuestraron el Sirius Star condujeron el carguero y sus 2 millones de barriles de petróleo hacia la costa somalí desde el sudeste de Mombasa, en Kenia, donde se produjo el ataque.
Cada banda de piratas está encabezada por un jefe en tierra pero parecería que operan independientemente entre sí, aseguró Roger Middleton, investigador del think-tank Chatlam House.
Al igual que las organizaciones criminales, las bandas se han convertido en la expresión marítima de los saqueos que durante años se produjeron en tierra somalí. “No es verdadera piratería, para ser honestos. Ellos no están interesados en el cargamento. Es una toma de rehenes”, explicó el diplomático explicando que lo que esencialmente ellos hacen no es diferente a los secuestros de trabajadores de ayuda humanitaria y de periodistas que concreta matones en tierra firme para cobrar rescate.
Abundan las especulaciones sobre las vinculaciones entre los piratas y los pesos pesados de la escena político-militar de Somalía.
No obstante, Middleton sostiene que los piratas no tienen ambiciones políticas y son financieramente autosuficientes. No necesitan apoyo de ningún político de Somalía. Sin embargo, es probable que el dinero esté fluyendo hacia la dirección opuesta. “Están sobornando a cualquier potencia política y militar significativa para poder seguir adelante con sus actividades”, concluyó.