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“El turista de tango viene a consumir el imaginario, y el empresario le da eso”. En el Café de los Angelitos tienen muy claras las palabras de Fernando Finvarb, de la Academia Nacional de Tango. El histórico salón porteño se ha convertido en una de las opciones más elegidas por los turistas ávidos del 2 x 4: a poco más de un año de su reapertura, cuadruplicó su facturación y tiene más de 15.000 reservas ya confirmadas hasta 2009.
En los 1.500 m2 de la esquina de Avenida Rivadavia y Rincón conviven dos negocios, producto de una misma historia. A la vista de todos, el café, con una decoración clásica que exalta lo mejor de la tradición porteña. Las paredes recuerdan a las celebridades de Gardel a José Ingenieros, que se juntaban allí desde su fundación en 1890, y también a los malandras, los “angelitos”, como los llamó un comisario de la zona para darle, sin querer, el nombre al lugar.
Por las noches, de lunes a lunes, funciona la cena-show, que durante unas tres horas entretiene a 260 personas, en su mayoría extranjeros, que pagan desde $ 280 hasta $ 500 en el caso de la oferta vip.
Se estima que 3.000 turistas buscan tango cada noche en Buenos Aires. Hay alrededor de 30 espectáculos disponibles y entre los de categoría –cuentan en los hoteles– se ha impuesto este salón peleando palmo a palmo con las propuestas de Madero Tango, la Esquina Carlos Gardel, Tango Porteño (en el ex cine Metro) y Señor Tango. La torta es grande: sólo para el Festival de Tango que se desarrolló en este invierno, llegaron 45.000 turistas y gastaron u$s 40 millones.
Después de ver el show de Nicole Nau y Luis Pereyra, los espectadores quedan alucinados. Pagan lo que sea para, al menos, hacer unos pequeños movimientos parecidos al tango. “Estamos para cumplir sus sueños. Si quieren clases de tango individuales o en grupo, todo está tarifado y se lo brindamos, a cualquier hora”, cuentan en el Café.
Cuesta creer que durante muchos años la esquina haya sido un baldío. El 27 de enero de 1992, sus antiguos dueños habían tirado la toalla y cerraron. Un principio de derrumbe en 2000 obligó al gobierno porteño a demoler la histórica edificación y fue nada menos que en 2001 cuando un grupo de 14 empresarios gastronómicos se unió para resucitar este pedazo de historia.
“Habremos puesto unos 3.000.000, en parte de pesos-dólares y en parte, pesos-pesos”, explicó a El Cronista Alfredo Piñera, uno de los inversores que hoy está cargo de la dirección ejecutiva. El éxito del negocio los sorprende. “Vemos que el crecimiento va más rápido que nuestras previsiones”, resalta. Están empezando a recuperar la inversión, aunque “se trata de un proyecto a 10 años”.
Para la temporada fuerte, que empezó ahora en octubre y llega a marzo, ya tienen 7.000 reservas confirmadas. Mientras que para 2009, hay otras 8.000. El modelo de negocios parece simple. Recorren ferias por todo el mundo y se contactan con operadores turísticos para promocionar el producto. Así, el 75% de la clientela corresponde a turistas, un 20% del negocio son eventos corporativos y apenas un 5% es público local. En conjunto, el café y la cena-show facturan $ 470.000 por mes. “Nos tendría que ir muy mal para no crecer un 25 a 30% el año que viene”, aventura Piñera.
A la bonanza, sólo le aparecen algunas amenazas, como para justificar una queja, porque si no hay queja no es tango. “El aumento de costos ha sido muy importante”, según el empresario. La mano de obra y los alimentos subieron cerca de un 30% desde la apertura. Por eso, decidieron aumentar $ 30 la entrada estándar. A su vez, ruegan que el dólar no baje más, y que amainen los ruidos financieros en los Estados Unidos, porque en tiempos de crisis la gente viaja menos.