La Argentina necesita seguir generando tasas de crecimiento del producto bruto suficientemente altas y sustentables para así poder sacar de la línea de pobreza y mejorar el nivel de vida de cantidades importantes de nuestros conciudadanos.
Hablamos frecuentemente de cómo redistribuir la riqueza, pero deberemos hablar mucho más de cómo crearla y obrar en consecuencia. Y mucho más hoy, pues la economía global se encamina hacia una recesión tal vez prolongada. Entre los factores que generan el crecimiento del producto bruto se encuentran el saldo del balance comercial, el consumo y la inversión; es esta última la que debemos incentivar.
A diferencia de lo que experimentamos en los últimos años, no podemos esperar, en el corto y mediano plazo, un incremento significativo de los términos del intercambio y de los volúmenes exportados. Sobre todo si tenemos en cuenta que la recesión internacional nos puede llevar a menores exportaciones a Brasil.
Por otro lado, fuertes incentivos al consumo con una capacidad instalada al límite y adicionalmente con algunas restricciones energéticas podrían producir saltos adicionales en las tasa de inflación.
Por lo tanto, necesitamos incrementar las tasas de inversión, como única forma de asegurarnos tasas de crecimiento perdurables. A nivel global pueden correlacionarse las tasas de crecimiento de los países con los niveles de inversión que estos reciben. Las inversiones que producen un incremento de la capacidad instalada y la infraestructura son aquellas que requieren un mercado interno potente, un mercado de capitales desarrollado y un horizonte de previsibilidad macroeconómica e institucional. Asimismo cada uno de estos factores se relaciona y realimenta. Un componente generalmente significativo de la inversión es la inversión extranjera directa. Cualquier ranking de países muestra que las inversiones de este tipo se dirigen a dos clases de países: aquellos con una gran cantidad de población, calidad institucional y estabilidad diversa (desde los Estados Unidos a los BRICS) y, por otro lado, a países que sin tener gran cantidad de población se caracterizan por ser previsibles y virtuosos en lo institucional (Irlanda, Israel, Australia y Chile, entre otros, entran en esta categoría).
Nuestro país –que no se caracteriza por su gran cantidad de población– debería, además de generar proyectos con buena rentabilidad, mejorar significativamente la previsibilidad de su estructura legal y macroeconómica, la transparencia de sus datos, la calidad de su educación e infraestructura y la efectividad y eficiencia de su sector público. Todo ello, sostenido en el tiempo –no mediante la idea de cambios violentos sino de evolución–, nos permitirá aprovechar al máximo nuestros recursos físicos y humanos que, desde hace mucho tiempo, nuestras propias limitaciones no nos han permitido maximizar. En ese sentido, cada vez son más los clientes del mercado que confían en los servicios profesionales que brinda KPMG para focalizar sus inversiones y definir sus estrategias con el fin de generar sus propias ventajas competitivas.
Seguramente en el próximo año veremos tasas de crecimiento más bajas respecto de las de los últimos años. Es hora de comenzar a trabajar pensando más en el largo plazo para que, luego de esta crisis global, el mundo nos encuentre en mejores condiciones para recuperar porciones de inversión externa directa que en los últimos años no hemos podido captar.