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| Cultura - Responsabilidad social |
| Los códigos del capital solidario |
| Asesor principal del PNUD para América latina, el economista argentino Bernardo Kliksberg es uno de los adalides del concepto de la ética y la responsabilidad social aplicada a la gestión. |
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Texto: Laura Mafud
Tras presentar su libro Primero la gente, una mirada desde la ética del desarrollo a los principales problemas del mundo globalizado –en el que comparte autoría con el Nobel de Economía Amartya Sen–, Bernardo Kliksberg, asesor principal de la Dirección del Programa Regional del PNUD para América latina, visitó su Argentina natal y eligió una tradicional cafetería palermitana para conversar en exclusiva con Clase Ejecutiva. Con un vasto conocimiento sobre el desarrollo regional y más de 47 libros publicados en diversos idiomas, analizó la incidencia de la ética sobre la economía vernácula, el papel de las remesas migratorias y el rol de la responsabilidad social de las grandes corporaciones. De cómo los países nórdicos pueden convertirse en un aliado estratégico para la región a las decisiones que dificultaron que Latinoamérica gozara del desarrollo que supo cosechar el Sudeste Asiático, Kliksberg demostró una sensible lucidez para analizar, teorizar y conjeturar, siempre con la ética como cristal de su mirada.
¿Es optimista respecto del futuro de América latina?
El crecimiento de los últimos cinco años ha sido del 4,7 % anual, el más importante en las últimas tres décadas, y las reservas crecieron significativamente. Hay una razonable estabilidad económica y la demanda china, junto con la valorización de los commodites, es un factor que jugó a favor.
También influyen las remesas migratorias –los envíos de inmigrantes pobres que trabajan en los Estados Unidos y otros países desarrollados– que si bien no impactan directamente en la Argentina tienen una incidencia significativa en la región.
¿Entonces entiende a las remesas migratorias como un fenómeno económico?
Totalmente. Son la principal fuente de ingresos de la región, al punto que tan sólo el año pasado significaron u$s 65 mil millones (en 2002 habían sido u$s 20 mil millones). Además, tienen una incidencia decisiva en el PBI de los países. Por ejemplo, representan el 15 % del producto bruto de El Salvador, el 10 % de Guatemala, el 12 % de Honduras y porcentajes muy importantes para República Dominicana y Ecuador. Justamente, la segunda fuente de ingresos para México son las remesas de los 10 millones de inmigrantes en los Estados Unidos, por delante incluso de la industria turística. En los ‘80 nadie suponía que el principal ingreso de la región podían ser los inmigrantes pobres, que separan casi el 15 % de sus ingresos para mandarlo a su familia en su país de origen. Y la pregunta de fondo es por qué ellos, que nunca se han puesto de acuerdo entre sí, resuelven lo mismo: enviar aproximadamente u$s 300 unas ocho veces por año. Son unas 120 mil millones de operaciones de giros, que se envían a 20 millones de familias pobres, esto es, a 100 millones de personas.
Que son los primeros en reinvertirlos en la economía...
Las remesas tienen un papel multiplicador muy grande porque activan los mercados y la demanda interna. Se calcula que se multiplican por cinco porque van directo a la demanda de bienes básicos.
¿Cree que se trata del impacto de la ética en la economía?
Sí. La ética fue completamente desconocida por los estudiosos más ortodoxos que la separaron de la economía y soslayaron que las remesas migratorias son enviadas por valores familiares, por lealtad. Son inversiones netas en protección social, no hay intereses, ni giro de beneficios. Es la ética de la lealtad hacia la familia.
¿Cómo inciden, en este marco, las políticas antiinmigratorias?
Es uno de los factores más preocupantes para América latina. La crisis de los Estados Unidos está afectando a los sectores más vulnerables de la economía y se suman políticas muy duras con los inmigrantes. En su conjunto, encuestas recientes indican que podría haber, a corto plazo, un descenso en las remesas por el impacto de la crisis de las hipotecas. Recordemos que América latina tiene un 37 % de su población por debajo de la línea de pobreza (cerca de 200 millones de personas) y el encarecimiento de los alimentos ya ha impactado severamente en muchos países. La Cepal estima, incluso, que este encarecimiento ha significado el agregado de 10 millones más de pobres a la región. Economías como la de El Salvador, Honduras, República Dominicana, Guatemala o México pueden sufrir mucho por la reducción de las remesas.
De todas formas, usted tiene una opinión optimista respecto de la economía regional...
Creo que se está pasando por un momento económico favorable aunque aun hay algunos desafíos que atravesar. El primordial está dado en el marco social: la prosperidad de estos años muestra una disparidad total en los niveles de ingresos, de acceso a educación, salud, bienestar y crédito. La fragmentación es grande y, sin cohesión social, no hay atracción de inversiones externas. Costa Rica, por ejemplo, es uno de los países con mayor integración social y por eso resulta más atractivo para las inversiones externas. De hecho, Intel eligió a ese país como uno de sus centros de operaciones más importantes e invirtió más de u$s 1.000 millones. Así, Costa Rica –que no tiene materias primas estratégicas, ni petróleo ni carbón– reconvirtió una economía de café y bananos en una de alta tecnología y hoy es el principal exportador de chips de la región gracias a su modelo basado en la calidad de vida de la población.
¿Por qué América latina no pudo, hasta ahora, tener un despegue similar al Sudeste Asiático?
A comienzos de los ‘60, los think tanks auguraban una América latina constituida por países de desarrollo medio a alto porque tenía todas las condiciones: recursos naturales excepcionales, grandes reservas de materia prima estratégica y fuentes de energía barata, mientras que los países del Sudeste Asiático tenían un sistema educativo mucho más bajo y dificultades de todo orden. Hoy, en América latina hay 70 millones más de pobres y 9 millones más indigentes que en 1980. Claramente, el Sudeste Asiático siguió políticas más acertadas: creó un gigantesco mercado de consumo, generó oportunidades económicas para las pymes, dio acceso a la tierra, protegió la educación y la salud. Todo, con inversiones mucho más altas a las de Latinoamérica porque acá las medidas fueron muy ortodoxas y se desarticuló la figura del Estado. Así, la diferencia de ingresos entre el 10 % más rico y el 10 % más pobre en Corea es de 8 a 1, mientras que en América latina promedia el 50 a 1.
¿Cuáles deberían ser los aliados estratégicos fuera de la región?
Habría que profundizar la integración regional a un nivel social y cultural, no sólo económico. Desde un bloque regional más integrado es posible negociar mejor con la Unión Europea, Estados Unidos, China. Por otro lado, también hay algunas naciones que aparecen como aliados naturales: son los países nórdicos, los más éticos del planeta y los estados ricos que invierten más (promedian el 1 % del PBI) de lo que dice la ONU (0,7%). Noruega, por ejemplo, es líder en las tablas de desarrollo humano en las Naciones Unidas, encabeza la lista de transparencia internacional y destina cerca del 2 % de su producto bruto a ayudar a otros países, especialmente a América Central.
¿Cómo ve a la Argentina en el mediano plazo?
Con optimismo, por su capital ético. La Argentina tiene políticas de pro bienestar colectivo. Así lo demostró en la crisis de 2001, cuando hubo una explosión de solidaridad: gente que se enroló en organizaciones voluntarias y casi 8 millones de personas que se movilizaron. La ciudadanía demostró que, al mismo tiempo que sabe protestar, tiene valores éticos y solidarios muy importantes.
¿Cómo incide el rol de las empresas?
La empresa privada tiene que ser productiva, competitiva y tiene que ejercer la RSE en los hechos, siendo un colaborador de las políticas públicas. Hoy, la idea de RSE trasciende el concepto de donación. Las grandes compañías están publicando balances de lo que están haciendo en el campo social y ambiental. Y en el mundo desarrollado se habla de cinco cosas: buen trato a su personal, juego limpio con los consumidores, actitud pro ecología, involucramiento en grandes problemas colectivos y compromiso de no practicar en los países en los que invierten un código ético diferente al que aplican en su propia nación.
Max Weber analizó la ética protestante en relación al espíritu capitalista de principios del siglo XX. ¿Cómo influyó la ética de las religiones en el crecimiento económico de la región en las últimas décadas?
Weber tenía razón: los valores de una sociedad influyen en la economía de una manera significativa. Pero influyen cuando esos valores se llevan a la acción. No basta sólo con participar simbólicamente de una creencia religiosa. Todas las espiritualidades en América latina tienen un mensaje de justicia social muy fuerte. La expresión bíblica del Antiguo Testamento –libro básico de cristianos, musulmanes y judíos– que dice “no puedes desentenderte de la sangre de los prójimos” es muy elocuente. Incluso los diez mandamientos son un código social.
La Biblia y la espiritualidad hablan de la igualdad y de la dignidad del ser humano como un valor central. Pero debe ser actuado en los hechos. Hay una pregunta muy dramática que se planteó después del caso Enron: ¿cómo esta gente, con educación, experiencia, que ganaba tanto dinero, pudo hacer una cosa así? Un periodista escribió: “¿Usted cree que no conocían los diez mandamientos? Sí, los conocían. Sólo que creyeron que eran las diez sugerencias”.
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