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Negro, talentoso y popular como Jimi Hendrix. Ícono de lo nuevo y del cambio. Capaz de levantar pasiones. Todo eso condensó ayer un Barack Obama que, con una intacta sonrisa blanca y andar tranquilo, se permitió durante 25 minutos dar un discurso fuerte ante una multitud de personas que lo esperó durante horas, como si se tratara de la mejor estrella del rock. La cita fue en Berlín, en la emblemática Columna de la Victoria, otrora símbolo de las guerras y hoy espacio común de fiestas electrónicas y transmisiones de fútbol.
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