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En 1908 la Argentina vivía un sueño de progreso y europeización. Eran los tiempos del “granero del mundo”, de los guapos que se trenzaban a cuchillazos en las esquinas y de los pitucos que tiraban manteca al techo. Buenos Aires era un puerto convulsionado al que llegaban miles de inmigrantes con la esperanza de “hacerse la América”. Ese año, el mismo en que apareció El Cronista Comercial, abrió sus puertas la “Fábrica de productos químicos Wassington y Mijnarends”, creadora de la célebre pomada Wassington.
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