Desde el comienzo de su carrera, Laurie Anderson puso un ojo analítico en la cultura y la política norteamericanas, convirtiendo sus observaciones en trabajos musicales mordaces a caballo entre el juglar y el stand-up. Su ensayo más perdurable sobre el tema es United States I-IV, trabajo multimedia de 1983 al que remite durante su nuevo espectáculo Homeland que se presenta en el Zankel Hall los miércoles a la noche.
Homeland es esencialmente una actualización de 100 minutos, un nuevo volumen para ubicar al lado de United States, lo que se volverá físicamente posible cuando Nonesuch edite este trabajo en CD. Anderson actúa con su sello inconfundible: cantando y hablando de manera alternativa, a veces con procesadores electrónicos sobre la voz (para que suene como, por ejemplo un hombre o para darle un halo coral), tocando el violín eléctrico y los teclados. Su ensamble minimalista es un híbrido entre un grupo de cámara y una banda de rock y está integrado por el tecladista Peter Scherer, el bajista Skuli Sverrisson y el chelista Okkyung Lee.
Homeland aborda, en parte, la pérdida de la libertad en un estado obsesionado por la seguridad y, en parte, la guerra de Irak y la guerra contemporánea en general. Anderson evoca imágenes de una joven con cara de niña alistándose en el ejército de los Estados Unidos como solución para pagar su educación, y a jóvenes palestinos enfundados en chalecos suicidas, para observar que la guerra actual es una “guerra de niños” otra “cruzada infantil” sin restricciones: “cualquiera se puede sumar”.
Una canción que resuena a balada de los años ´50, actualizada por el temprano estilo paródico de Frank Zappa y un toque de electrónica, examina el cinismo Rumsfeldiano, representado por la aseveración de que nuestros problemas son tan complejos que sólo los expertos pueden encargarse de ellos. Anderson transforma esa idea en un pariente cercano: los problemas sólo son problemas cuando un experto así lo dice. ¿La tortura? No es problema. ¿Invadir un país y causar caos y guerra civil? No es problema. Los expertos, nos dice, son personas con seguro contra la mala praxis porque sus soluciones por lo general se convierten en problemas.
Pero su trabajo no es sólo una protesta contra la guerra. Anderson también observa la vacuidad de la cultura del consumismo en una canción que describe vallas publicitarias con avisos de ropa interior, “The Underwear Gods” (Los dioses de la ropa interior). Otra canción aborda las relaciones vacías: “Yo finjo que me amás, vos fingís que te importa.”
Musicalmente Homeland explora pocos lugares que Anderson no haya visitado antes. Todas las canciones son lentas y, a excepción de unos llamativos patrones percusivos, la mayor parte se desarrolla en una neblina ambiente en la que Anderson proyecta sus instantáneas verbales.
Los ocasionales duetos neo-románticos de violín y chelo entre Anderson y Lee son momentos destacados, momentos en los que Anderson deja a un lado el comentario y vuelve, brevemente, a la pura composición. Pero la pura composición no es lo que ella realmente hace, o lo que el público espera de ella. Aquí es un bonus atractivo.