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El sector de la construcción privada, a partir de 2002, se empezó a mover fuertemente bajo la figura del fideicomiso, aglutinando a todos aquellos inversores que buscaban resguardar sus ahorros en negocios que ofrecían rentabilidad, sorteando a los bancos. Los desarrolladores capitalizaron esa oportunidad asociando a su proyecto a los compradores, asumiendo el riesgo en conjunto y, en consecuencia, pagando menores precios desde el pozo.
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