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Destinos – Grecia
Proa al mito viviente
Lo mejor está por empezar y el pasaje, excitado por los viajes mundanos, no quiere perderse nada. En la cubierta del crucero la gente se agolpa esperando el sonido grueso, potente, de la sirena del vapor. La hoja de navegación propone alcanzar las costas de las islas de Corfú y Santorini, hacer una escala en la histórica Atenas y en la pequeña Katakolon.
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20:17

Texto y fotos: Carlos Manuel Couto

Son las cuatro de la tarde y cae una fina llovizna. Pero Venecia es tan bella que no necesita del sol. La estela blanca, ancha y espumosa del crucero va dejando atrás el puerto y aparece la Piazza San Marco enmarcada por los palacios medievales y luego el Gran Canal con las góndolas y sus remeros de sombrero negro, casi inactivos por el mal tiempo. Desde la cubierta del Delfos, muchos agitan sus brazos respondiendo a los que, desde tierra, saludan como si fuera la última vez. El barco vuelve a hacer sonar su sirena porque ya gana el mar abierto.

Durante seis días el crucero será una especie de cumbre internacional con participantes mayoritariamente alemanes, ingleses, franceses, italianos, japoneses y, en menor escala, españoles. Todos dispuestos a gratificarse con la vida a bordo y en las escalas en suelo firme. El segundo día compruebo que hay algunos tripulantes argentinos que cumplen tareas de mozos y camareras con sueldos para envidiar (6 mil euros, más las propinas). Alberto y Cristina son un matrimonio del barrio de Belgrano: llevan cuatro años embarcados y han pasado pocos días en tierra comparados con los que llevan de navegación. Durante los francos que les tocan a bordo no pueden circular ni utilizar las áreas destinadas a los turistas: “La mejor de las suertes es que te toque el descanso cuando el barco hace una escala como parte del circuito. Si no, simplemente seguís flotando en el mar”, apunta Cristina. Enseguida, Alberto aclara que “ésto es muy sacrificado, no es para cualquiera: las únicas vacaciones que tenemos son las que la empresa otorga cuando el barco debe entrar a dique seco”, un costo que quizás muchos querrían asumir.

El crucero es una mole de 250 metros de largo y lleva en este viaje dos mil pasajeros y más de mil tripulantes. La oficialidad forma parte del llamado Estado Mayor y, en general, es difícil no deslumbrarse y fantasear al verlos en actividad, con sus uniformes a medida, sea en los corredores o en las cubiertas de este portento que tiene 750 camarotes, cuatro restaurantes, dos piscinas, casino, teatro, tres confiterías, disco, piano bar, pub, spa, salón de belleza, peluquería, tiendas, galería fotográfica, biblioteca, cigar room, pista para trotar, gimnasio, minigolf, cancha de básquet y voley,  shopping y banco. Todo distribuido en 11 pisos enlazados por escaleras y ascensores. Es un gigante blanco que se desplaza sin el menor rugido, aun con mar agitado.

De Venecia a Corfú

La estadía en el Delfos tiene un lema central: el confort y la organización absoluta. Por única vez, a pocas horas de la partida, se realiza un ejercicio de evacuación general con asistencia obligatoria. La rutina cotidiana, con todo, es mucho menos agorera: un pequeño diario impreso a todo color llega al camarote cada día informando las actividades previstas para las veinticuatro horas siguientes. Quedarse a bordo y disfrutar de los entretenimientos planificados o bajar a tierra para realizar excursiones guiadas o paseos por cuenta propia son las opciones disponibles.

Definido el turno del restaurante elegido, será ocasión de entregarse a una propuesta gastronómica que, con fuerte acento en el recetario internacional, rinde honores a las especialidades italiana y griega, nobleza obliga. Nos entretenemos con un plato de mariscos fríos, luego un risotto alla milanesse seguido de un clásico de la repostería griega: loukoumádes (buñuelos bañados en miel y espolvoreados con canela). Es hora de regresar al camarote para reponer energías para aprovechar las emociones que depara el día siguiente.

En nuestra primera mañana, asoma el sol mientras desayunamos y el barco atraca en el puerto de Corfú. A la hora prevista, el ómnibus del circuito elegido nos lleva a recorrer lo mejor de la isla. Volveremos al atardecer, cansados pero encantados. Pisar tierra, en esta porción de Grecia, desata las fantasías concebidas al calor de los relatos escolares porque Ulises y Homero tienen un lugar común en esta isla: aquí naufragó el semi dios griego, camino a Itaca, y el poeta épico se encargó de contarlo en La Illíada. Además, su plaza principal ha sido construida según el modelo de la San Marco de Venecia y muy próxima al palacio Achilleion donde la emperatriz austríaca Sissi pasaba sus vacaciones.

Pero nosotros, en principio, tomamos otro rumbo. Vamos hacia las montañas para conocer el imponente monasterio ortodoxo Zoodochos Pigi que está en la cima de la colina Paleocastritsa. En este santuario se encuentra el más antiguo ícono conocido de la Virgen María, que aparece rodeada de bellísimos frescos bizantinos. Los colores que invaden el camino terroso son fuertes. Verdes y dorados son la señal de que ya han florecido los naranjos, los bosques de pinos y los olivares. El bus va zigzagueando por la ladera y en cada vuelta se ve, desde el borde del precipicio, el mar Jónico, tan azulado como el cielo que nos cubre. Un porrón de cerveza en el balcón terraza de la taberna que atienden los propios monjes es una buena despedida. Entre tanto, la vista se pierde trescientos metros más abajo, rebotando en los acantilados hasta llegar al mar, del que emergen promontorios rocosos que parecen pequeñas islas. De regreso, hacemos un alto en uno de los balnearios de la bahía llamada playa del Kaiser, donde Sissi solía buscar refugio cuando escapaba del ahogo de la corte austríaca. A media tarde, el Delfos poner rumbo a Santorini. 

La niña bonita

El megabarco atraca en la profunda bahía, sobre la cual se despliega el pequeño puerto pesquero de Skalá Firón. Santorini es, para Grecia, la postal elegida para hechizar al turismo mundial. ¿Es este sitio uno de los lugares más bellos del mundo? Es probable. El estridente blanco de las casitas de Firá, su capital, brilla 350 metros más arriba, al borde de un acantilado que se entierra en el mar Egeo. Hay dos maneras de alcanzar esa nívea cumbre, distante 1.172 escalones: en teleférico o a lomo de mula.

Aquí hay dos fechas que ningún habitante quiere recordar. En el siglo XIV, la erupción del volcán Santorini provocó un maremoto tan fuerte que destruyó hasta la lejana Creta y dejó a la isla con forma de medialuna cerrada. Desde el fondo de la bahía emerge el cráter con su boca cubierta por el agua y dos pequeñas islitas (Nea y Palaia Kameni) custodiada por los cruceros que llegaron en el día. El segundo sacudón, en 1956, la volvío a devastar. Desde entonces, Firá ha sido reconstruida excavando en la roca volcánica las curiosas terrazas sobre la cuales se levantaron viviendas trogloditas con techos abovedados (skaftá) , iglesias, hoteles, tiendas, restaurantes y confiterías.

Casi toda Firá es peatonal, pero las callecitas angostas y empedradas apenas dejan paso para la circulación ordenada de los peatones. Una fila va y otra vuelve. Cientos de turistas transitan por ellas pero la más visitada es Plateía Firostéfani, cuyas múltiples joyerías son famosas por su portfolio de alhajas de oro. Por esta callejuela se llega también a la iglesia de Agíos Minás, del siglo XVIII, cuya cúpula azul y campanario blanco es el emblema turístico de Santorini.

Hora de almuerzo. Apuramos un plato típico: domatokeftedes (tomates fritos) con pollo al estilo manouvis (acolchado en el famoso queso griego fetá). Continúa la recorrida. Pasamos por la plaza mayor, Plateía Theotokópoulou, y continuamos hacia el museo Mégaro Gyki, donde se exhiben las fotos de Firá antes y después del terremoto.

Hemos disfrutado de un día espléndido y tenemos que cumplir con un ritual ineludible. Los griegos dicen que no hay nada comparable en el mundo como ver el sol del atardecer hundirse en el horizonte infinito del mar. Una foto, dos... Y muchas más. Porque llevarse el testimonio del sol cuando se derrumba en el manto acuoso es como llevarse un certificado garantido de lo maravillosa que puede ser la naturaleza.

Casi de noche regresamos el crucero y la belleza de Santorini realza aun más, con sus lucecitas encendidas vistas desde lejos. El show time nos ofrece una velada de ópera para recordar. El tenor italiano Elvio Del Mazzo nos regala dos piezas de antología: el Canto de la terra y Mai piú cosi lontano. Le pedimos más de un bis.

Proa al Pireo

Durante la noche, el Delfos descuenta las 245 millas que nos separan del gran puerto griego. Los noctámbulos se quedan en las terrazas un rato más para divisar, a lo lejos, las islas de Kithnos y Serifos. En el mar calmo hay un gran silencio. La luna lo ilumina como un enorme reflector que llega desde el cielo. Son las ocho de la mañana cuando entramos al Pireo, colmado de cruceros, yates, ferryboats, transbordadores y alíscafos. ¡Atenas se ve tan magnífica y elegante! No hay dudas de que es la griega más famosa del mundo: la gran ciudad de Pericles, Sócrates y Platón fue el centro de la civilización y de la cultura del mundo antiguo.

Tomamos la avenida Vouliagmenis hacia el antiguo barrio de Plaka, transformado en un hormiguero de turistas y en un muestrario de voces que se entienden en cientos de idiomas diferentes. Ciento cincuenta metros arriba, sobre una roca plana que parece una meseta, se levanta la gran Acrópolis, erigida en honor a la diosa Atenea. Su visión es sencillamente imponente.

Subimos, no sin esfuerzo. Arriba se encuentra una parte importante de las ruinas de la Grecia clásica. La impresión ante los monumentos es casi un golpe al corazón, a pesar de que hemos visto tantas fotos, películas y documentales. Son las huellas de piedra de quienes vivieron en esta colina que han transformado a la Acrópolis en uno de los centros arqueológicos más visitados del mundo. Es la gloria del pasado. Allí está el Partenón, el delicado pórtico de las Cariátides, los Propileos y el anfiteatro de Herodes Ático.

“¡Sácame con la niña aquí, en las Cariátides!”, le pide a su marido una señora con acento colombiano. “¡Cerca di che metta tutta la facciata!” (¡trata que entre todo el frente!) le grita de lejos un italiano al que está enfocando el Partenón. Todos quieren registrar todo. Asombro tras asombro.

Hemos tenido suerte: pudimos ver en su sitio original, antes de su mudanza, varios de los frisos del Partenón que ya han sido removidos después de 2.500 años. El costo de la operación fue de casi 3 millones de euros, más un seguro de 400 millones, para su instalación en el nuevo Museo de la Acrópolis.

A media tarde vamos a conocer otro gran monumento arqueológico: el Templo de Zeus, construido por el arquitecto Libón de Élide. Hemos caminado mucho y al anochecer regresamos al crucero. Influenciados por el país, durante la cena elegimos platos de la cocina helénica: una entrada de agkináres a la polita (corazones de alcaucil con aceite de oliva y limón) y, de principal, un exquisto favá (puré de lentejas amarillas de Santorini y alcaparras muy bien aderezadas). Todo acompañado por una botella del excelente Kourtaki, hijo de los parrales de Creta.

Otra vez nos tienta el show time antes de replegarnos al camarote: hoy disfrutamos de una lujosa versión francesa de la comedia musical Cabaret.
A las ocho de la mañana llegamos al puerto de la pequeña Katakolon. Es un pueblito de pescadores donde, como en todo el país, no faltan las joyerías. Es que el oro y las alhajas son tan populares en Grecia como las aceitunas. Pero, ¿qué importancia tiene este pequeño conglomerado de casitas bajas, tabernas y playas diminutas como para justificar el haber navegado otras 240 millas hasta su puerto? A escasos 40 minutos de viaje desde la ciudad se encuentra el imán que lleva día a día al turismo a peregrinar hasta las ruinas de Olimpia. Es el sitio erigido en la colina de Cronos en honor a Zeus. Y donde comenzaron, en el año 776 A.C., los grandes juegos deportivos helénicos (el estadio de Olimpia podía albergar hasta 40 mil espectadores). Hoy resisten el paso del tiempo ruinas ciclópeas y piezas completas de las distintas edificaciones. En ese rompecabezas desarticulado, muerto a la intemperie pero protegido del avance del musgo, yacen columnas y muros de lo que fueron los templos de Metron y de Hera. Olimpia fue salvada del fuego durante los incendios del año pasado y es el punto de partida, cada cuatro años, de la antorcha olímpica.

¿Partimos? No, aun no. Falta ver uno de los tesoros mejor guardados de la maravillosa Grecia. Vamos a conocer el Museo Arqueológico de la villa. En un discreto edificio moderno se atesoran una enorme cantidad de objetos encontrados por los alemanes durante las excavaciones del siglo pasado.

Valiosas esculturas, como el grupo formado por Zeus y Ganimedes esculpidos en terracota, desafían el interés que despierta el gigantesco e impresionante friso de Olimpia con su carrera de carros y dioses mitológicos.

Volvemos al Delfos. Nos espera la cena de gala de despedida. Quienes todavía no lo hicieron podrán fotografiarse con el capitán. La despedida es emotiva.

Navegamos nuevamente rumbo a la magnífica Venecia. Así, la vida es inevitablemente bella.

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