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En las últimas décadas, las ciudades evidenciaron cambios en sus patrones tradicionales de crecimiento. Los centro se vacían, las periferias se densifican. ¿Cómo podemos entender hoy a la ciudad?
Me parece que primero hay que aclarar los niveles de conocimiento en los que hoy hay que basarse para opinar sobre la ciudad. Uno de ellos, bastante general, tiene que ver con el desarrollo actual de las ciudades. En este caso se pueden examinar tendencias y fenómenos en el campo de la producción, de la economía y, en consecuencia, articular teorías y hacer predicciones generales. Pero estos análisis terminan por tener una validez relativa a pesar de los fenómenos universales que nos incluyen a todos más o menos por igual.
Y aquí se nos presenta otro nivel de conocimiento que tiene que ver no solo con los fenómenos particulares de cada ciudad sino también con grupos de ciudades. Es decir, las conclusiones particulares son distintas para las ciudades latinoamericanas que, por ejemplo, para las europeas. En cualquier caso, hay una tendencia general a una mayor indefinición física de la ciudad (entendida como se lo hacía en el siglo XIX y parte del XX) y a la conformación más compleja de lo que podríamos definir como redes o tejidos urbanos.
Hay una tendencia “natural” a que vaya desapareciendo la diferencia entre el campo y la ciudad por dispersión en el territorio (esto es válido, sin duda, para las ciudades europeas). Hoy habría que interpretar las redes y tejidos urbanos como formas del territorio. Simplificando, se podría decir que la ciudad ya no existe (idea que se viene desarrollando desde hace algunos años) pero esto es relativamente cierto. Es una idea que explica los desarrollos físicos de las ciudades pero que no describe las situaciones administrativas o las relaciones con la cultura cotidiana y el imaginario de la gente.
De cualquier manera, lo que es importante tener en cuenta es que, si ya las divisiones administrativas y las normativas de las ciudades tenían poco que ver con la realidad (Buenos Aires y los municipios del Gran Buenos Aires, por ejemplo, que desde su fundación han constituido una suerte de sistema urbano en red) ahora, esta separación entre el sistema administrativo-legal y la realidad, se ha hecho mucho mayor.
Además, a lo largo de todos estos procesos de cambio, la brecha entre la calidad de vida de los tejidos urbanos de diferentes partes del mundo, o de partes de tejidos urbanos de los mismos territorios, se ha ido agrandando en detrimento de la mayoría de la población. Creo que no es necesario aclarar que la injusticia en la calidad de vida no es culpa de lo urbano (aunque en la mayoría de los debates entre arquitectos así lo pareciera) sino el resultado de otras injusticias, o mejor dicho, de todas la injusticias mezcladas que en ningún lugar se representan tan bien como en las ‘ciudades‘.
Sin embargo, las ciudades continúan concentrando el poder político, económico y tecnológico. ¿Cuáles son, entonces, los espacios de oportunidades que nos ofrece hoy la ciudad?
Todo depende de cómo se gestionen las ciudades. Me parece que es muy difícil negar que las ciudades se hayan ido privatizando. Consecuencia de ello, a pesar del aparente aumento de la oferta de oportunidades, éstas están constreñidas a ciertos grupos sociales y, además, la mayoría de ellas son socialmente manipuladas.
La apertura de un debate técnico y social amplio sobre lo urbano, el desarrollo de un tipo de pensamiento que tenga en cuenta, fundamentalmente, las necesidades y aspiraciones de los habitantes y el cambio del tipo de gestión pueden generar nuevas y mejores oportunidades para todos sobre la base del aprovechamiento máximo de lo existente, sin crecimientos superfluos, y con desarrollos sostenibles que aprovechen lo mejor de los actuales avances en los medios de conocimiento, de información y de las nuevas tecnologías.
¿Cómo observás a Buenos Aires en el marco de los recientes procesos de transformación?
Hace ya 20 años que no vivo en Buenos Aires y debo aceptar que tengo limitaciones para opinar sobre la ciudad. De cualquier manera, me parece que Buenos Aires no ha cambiado tanto. Y esto creo que se debe a su fuerte estructura urbana de manzanas, calles y árboles, que la preservan igual, pero diferente, y a pesar de todo. Sin embargo, me parece que hay dos fenómenos acerca de los cuales se debería meditar especialmente: el de las torres y el de la solución dada a Puerto Madero.
Las torres son, hoy, en Buenos Aires, una solución comercial. Aceptar esto no es el principio de una condena moral. Lo que sí significa es que, tal como se está produciendo el fenómeno de la construcción de torres en Buenos Aires, no se debería creer que el debate sobre las mismas tenga que ver con el necesario debate teórico-cultural acerca de la necesidad de concentrar el crecimiento de la ciudad y de la construcción en altura.
Por otro lado, el tema de las torres no es el problema urbano principal de la Ciudad (en relación, por ejemplo, con la pésima calidad del transporte). Un caso interesante es el de las torres que se iban a construir detrás del Palacio de los Patos. El mismo Estudio que las había proyectado cambió la propuesta proponiendo, para una edificabilidad análoga, un edificio con un volumen que ahora acompaña la altura de las construcciones circundantes. Esta es, sin duda, una buena noticia para la cultura urbana de Buenos Aires. Puerto Madero, por otro lado, es una operación que la ciudad necesitaba.
Hace unos cuantos años atrás, recién aprobado este proyecto, en una Mesa Redonda dije que, tal como estaba planteado, el resultado final sería la “gentrification”. Y así ha sido. Tampoco esta conclusión es para proclamar una condena moral. Lo que si es cierto es que se perdió la oportunidad de desarrollar mejor esa parte importante de la ciudad como resultado de no interpretar correctamente la relación con Buenos Aires y de no haber gestionado la operación con objetivos sociales y políticos distintos y más ambiciosos.
Las torres y Puerto Madero son un éxito para el turismo y para parte de la población porque para ellos significa la incorporación de la ciudad a los gustos de la globalización. La pena es que Buenos Aires, tan particular en su estructura urbana y con el tango a cuestas, hubiera merecido algo mejor que lo que se puede encontrar en cualquier lugar del mundo.
La articulación de la manzana tradicional con la ciudad real ha constituido una de tus enormes preocupaciones. ¿Cuáles son tus últimos proyectos urbanos en los que ponés en discusión estas cuestiones?
Lo resumiría en dos proyectos: unas viviendas que estamos construyendo en Alcorcón, al sur de Madrid, y un trabajo de ordenación de la ciudad de Elche y de su territorio. En las viviendas trabajamos sobre la base de la “ciudad que ha sido olvidada” (y tienen mucho que ver con Madrid pero también con Buenos Aires).
Como constante, para acentuar la relación de la manzana con la ciudad real, que de alguna manera debiera ser su referencia, se descompone el volumen en edificios que van construyendo la calle como la ciudad de todos los días. En cualquier caso, no se trata de repetir mecánicamente las formas de la ciudad existente y ni siquiera de recordarlas; de lo que se trata es de tenerlas en cuenta tal “como han sido olvidadas”.
Rescatar maneras de construir la ciudad significa mantener el rigor y la racionalidad que requiere la articulación de un estilo para el conjunto del tejido urbano, sin poner a éste en crisis por los detalles o las soluciones particulares que se necesiten. Pero, claro, estos proyectos no hubieran sido tales sin haber absorbido, antes, tanta arquitectura como me fue posible a partir de la casa chorizo en la que nací en Mataderos.
En el trabajo para Elche elaboramos propuestas para concentrar los crecimientos de la ciudad y sus pedanías aumentando la protección de muchos espacios naturales. En la propuesta más ambiciosa, que era la del crecimiento del sector Este de la ciudad (para 20 a 30 mil habitantes en veinte años), sobre un tejido racional adaptado a las condiciones del territorio, ensayamos la mezcla de tipos y variaciones del tejido con sectores destinados a torres para oficinas, viviendas en manzanas, en bloques, etc. Todo esto sobre una idea clara de las redes urbanas que se querían conseguir.
el Arq. Guillermo Tella Con la colaboración de Alejandra Potocko