"Cuidado con la fiebre amarilla", es el primer consejo que el turista recibe antes de arribar y durante su estadía en El Soberbio. Para quienes no se vacunaron a tiempo contra la peste, ese período en el pequeño pueblo del centro-este de Misiones, al límite con Brasil, no será de disfrute total. Una sensación de paranoia rondará hasta que se descubra, por fin, que se salió ileso de la "epidemia" que según los habitantes del lugar no es tal. "Hubo dos o tres casos, no más. Pero se agrandó todo, la fiebre amarilla sólo puede afectar a personas desnutridas o a aquellos que ya padecen alguna enfermedad", explica Ricardo, porteño y dueño de la aldea Yabotí, única plaza de alojamiento para quienes visitan la Reserva de la Biosfera que se encuentra allí, a 30 kilómetros del pueblo.
"En guaraní, Yabotí significa tortuga", cuenta Romina, la moza del restaurant de la aldea, que tiene 17 años que parecen 21 y que es dueña de una belleza propia de tierras misioneras, mezcla de un descendiente de ucraniano y una lugareña que se conocieron a principios de la década del "80. Consultada sobre la movida nocturna del lugar, Romina dice: "Acá no hay boliches. Solamente un bar en El Soberbio, al que no va mucha gente". Se excusa porque debe irse a trabajar y una simple mueca de su rostro traduce que acepta sin chistar su anticipado destino: casarse antes de los 20 y formar una familia, tal como lo hizo su hermana mayor, que fue mamá a los 18.
El pueblo se revoluciona con el aluvión de 300 turistas, producto del desarrollo de la primera etapa del Campeonato Argentino Fiat Adventure. No para de llover en ningún momento, aunque los anfitriones les aseguren a sus huéspedes que se trata de "una mala semana" y de que el resto del año "hay sol". En plan de aventura, nada mejor que empantanarse con la camioneta en medio de la selva, bajo una llovizna incesante y sin demasiadas opciones de pedir auxilio. Se acerca Martín, un adolescente de 16 años que viene bajando desde el cerro y ofrece ayuda. No es suficiente y habrá que esperar la llegada de un camión de Gendarmería para salir del mal momento. Martín está descalzo, sus pies embarrados y su pecho al descubierto, mojado por la lluvia. "¿Cómo te va en la escuela?", es la pregunta ingenua que surge para romper el hielo. "No voy a la escuela ya, fui hasta séptimo grado y ahora trabajo con mi padre en una plantación de tabaco. Él sí va", apunta a su hermano menor, Nicolás, que tiene 9 y es extremadamente tímido. Ambos son rubios, se expresan en un castellano con rasgos de guaraní y desmienten toda imagen arbitraria de que los marginados solamente son los niños morenos. No viven en la pobreza, pero parecen "pobres". Tampoco están tristes, aunque de sus gestos resulte difícil descubrir una sonrisa. Su vida transita en ese lugar de escasos matices, rodeados por ganado, una espesa vegetación y una cortina de humedad constante, casi sin contacto con personas de su edad.
La mayor parte de la población de El Soberbio se emplea en las plantaciones de citronela, una esencia de aroma similar a la menta, que se cultiva en suelos de desmonte y que es requerida no sólo en el resto de Misiones, sino también en Buenos Aires, donde se la utiliza como materia prima en las industrias jaboneras, de detergentes, perfumes y desinfectantes. Los productores de citronela reciben actualmente, en promedio, alrededor de 30 pesos por cada litro de aceite de la esencia y cosechan entre 70 y 80 kilos por hectárea. Alberto, que vive en una pequeña casa a 500 metros de la aldea Yabotí, asegura obtener "1500 pesos mensuales" por su trabajo. "Me alcanza para vivir y mantener a mi mujer y a mis dos hijos. No tenemos demasiadas pretensiones", relata, con cierta lógica. En El Soberbio no hay shoppings, cines, discotecas, clubes ni cafés. Los días, simplemente, transcurren. La vida también.