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| Cuando los que manejan son los presidentes |
| ¿Cuál es el vínculo de Menem, De la Rúa y el matrimonio K con los fierros? ¿Qué analogía se puede establecer entre su modo de gestión en Balcarce 50 y los autos que manejan? Historias y anécdotas. |
JUAN MANUEL COMPTE Buenos Aires ()
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No son ases de la Fórmula 1, el rally o cualquier otra rama del automovilismo deportivo. Sino personajes que exhibieron -aunque alguno evidenció carecer- "muñeca" para sortear ese exigente camino de cornisa que es la presidencia de una república. Sobre todo, una como la Argentina. Cada uno reflejó en su vínculo con los motores un estilo, a grandes rasgos, comparable con el que mostró durante su estadía en Balcarce 50.
Narran las crónicas que el primer Presidente de la Nación que se animó a subirse a un coche fue Julio Argentino Roca. Durante su segundo mandato (1898-1904) solía acompañar al fundador del Automóvil Club Argentino (ACA), Dalmiro Varela Castex, a bordo del vehículo que introdujo en las calles de Buenos Aires, con el estruendoso y desconocido rugido de un motor Daimler a vapor, importado en 1892 y que alcanzaba una velocidad máxima de 60 kilómetros por hora. Nada comparada con la que nueve décadas más tarde alcanzaría Carlos Menem para, a bordo de su célebre Ferrari, marcar un tiempo récord de algo más de dos horas para unir los 400 kilómetros que separan las playas de Pinamar de la quinta de Olivos. Definitivamente, un fanático de la velocidad.
En los "80, cuando todavía era gobernador de su provincia, el riojano puso color a las fechas locales de rally. Sus elegidos: Peugeot 504 o Renault 18. Pero fue durante su década y media en la Rosada cuando menos se privó de gustos: manejó autos de todo tipo, lanchas de competición, helicópteros y aviones, tanto civiles como militares... Hasta se dio el lujo de ser el primer mandatario del planeta que comandó el despegue, ingreso en órbita y un aterrizaje forzoso de un taxi espacial, en un simulador de la NASA. Ocurrió en 1998, durante una visita a Houston, Texas.
Cristina conducción
Si hubo algo en lo que Néstor Kirchner se esmeró en los últimos años fue en diferenciarse de Menem. No sólo en materia política y económica ambos presidentes son antagónicos. A diferencia del riojano, nadie podría afirmar que el patagónico es un apasionado por los fierros. Él mismo lo reconoció a mediados de 2007, durante una visita a la fábrica de General Motors, en Rosario. Y su confesión pública causó asombro y más de una sonrisa irreverente entre los presentes.
"Lo único que me va a costar aprender es a manejar", sorprendió Kirchner, en un discurso en el que la crisis energética robó algunas líneas a su tópico favorito: los logros económicos de su gobierno. Minutos antes, durante su recorrido por la fábrica, al Presidente se le ofreció probar un Chevrolet Corsa recién salido de la línea de montaje. "El auto no arrancaba. Yo aceleraba y los muchachos (por los operarios) se reían. Se habían dado cuenta todos menos yo de que tenía el freno de mano puesto. Hasta que vino Aníbal Fernández y me dijo...", narró el santacruceño.
Alguien podrá argüir que, después de cuatro años como intendente de Río Gallegos (1987/1991), 12 en la gobernación de Santa Cruz (1991/2003) y más de cuatro ejerciendo la máxima magistratura (2003/2007), es lógico que se haya acostumbrado a andar con chofer. Un insustituible hábito que adquirieron muchos funcionarios, inlcuso durante sus lapsos en la actividad privada. Tal el caso del actual presidente del Banco Central, Martín Redrado. O el de Fernando de la Rúa, después de décadas de virtual empleado público (entre 1983 y 2001 fue diputado nacional, senador, jefe de Gobierno de Buenos Aires y presidente de la República).
Pero Kirchner tiene otros motivos para sentirse más cómodo en el asiento trasero -o el del acompañante, en situaciones menos protocolares- del Audi A6 con el que se trasladó durante cuatro años y medio.
"Cuando andamos en auto, maneja Cristina", esgrimió, al justificar su relación con el manejo. "Pero conduce el auto, nomás", aclaró rápido, antes de que cualquier imprudente confunda las cuestiones domésticas con las políticas.
Al menos sobre el asfalto, es Cristina la que manda. A la actual Presidenta se le atribuye la mayor parte del kilometraje hecho a los tres vehículos que el matrimonio dijo poseer en sus declaraciones juradas: un Honda Civic modelo 2001 y dos CR-V, también de la marca japonesa. Una, de 1997 y la otra patentada en 2002. El sedán es el elegante carruaje que la dama eligió para trasladarse por las calles de Buenos Aires durante sus años de acción legislativa. Los otros, en cambio, son todoterrenos acordes a las rudas exigencias topográficas del extremo austral de la Patagonia o el montañoso paisaje de los valles de El Calafate.
La fascinación de Cristina por los autos queda al descubierto en cada visita a una terminal automotriz. Se la vio con sonrisa ancha cuando tuvo el privilegio de sacar de la línea de montaje de El Palomar una de las primeras unidades del flamante Citroën C4. Con Luis Ureta Sáenz Peña -entonces director general de PSA Peugeot Citroën Argentina; hoy, embajador en París de CFK- como acompañante y su marido en el asiento de atrás, no dudó en recurrir a la bocina para dispersar el hormigueo de operarios, personal de seguridad y curiosos varios que le obstruían el paso en la fábrica.
El estilo francés del nuevo "orgullo nacional" de Citroën la sedujo. También se mostró encantada con el Fiat Punto. "Pero qué lindo que es", exclamó en agosto último, cuando el máximo CEO del grupo italiano, Sergio Marchionne, y el piloto local de la empresa, Cristiano Rattazzi, le exhibieron, en exclusiva, el producto en el jardín de la quinta de Olivos.
En cambio, la máxima mandataria no dudó en manifestar -en su primera visita a Wolfsfburgo (2005)- que el Lamborghini Diablo no era santo de su devoción. "No me gusta", dijo, tajante, más allá de que un experto en bólidos como Carlos Reutemann intentara explicarle las bondades del vehículo, una de las coupés deportivas más sofisticadas, admiradas y lujosas del mundo. Es que, así como en términos filosóficos se declara hegeliana, también en materia de rodados CFK tiene sus preferencias claras.
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