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Un paseo con altura

A bordo de las 4x4 no sólo se disfruta de una travesía plagada de aventuras y caminos para desafiar habilidad y motores, sino también se abre la posibilidad de llegar a los rincones más alejados y atractivos de la Puna

Que la naturaleza es sabia puede sonar a frase hecha, pero hay que reconocer que también es cierta y, si bien hecha, lo es con sabiduría y fundamento. Y es muy probable que la fuente de esa gran sapiencia se encuentra al noroeste de la Argentina y de allí se exporte al mundo.

Y es que esta región ha sabido –y sabe– componer, una de sus más hermosas sinfonías, donde el silencio y la quietud se encargan de llevar el tempo, sobre el que los más variados paisajes van construyendo melodías que se suceden en contrapuntos de valles, montañas y cerros; de lagunas de sal, de ríos y arroyos que llevan el rumor de lo que alguna vez fueron y, tal vez, pronto volverán a ser; acordes que llegan al alma y almas que escapan de las quebradas que abren la tierra y abras que quiebran los cerros. Esta sinfonía de la Puna es la que tocará interpretar en esta travesía y los instrumentos elegidos –los únicos posibles– son las afinadas 4x4.

El punto de encuentro es la Ciudad de Belén, al noroeste de la capital de Catamarca (290 kilómetros). La noche previa, la cena es la excusa para las presentaciones de rigor, y las 10 camionetas que conforman el grupo se encolumnan ansiosas por enseñar sus gracias ante los gigantes de piedra. Fernando Gravier, conocedor de los caminos y paraísos, es quien va abriendo camino. Retomando la ruta 40, que luego sería la 43, con el norte apuntando a Antofagasta de la Sierra, la caravana se adentra lentamente en La Puna, que comienza a dar muestras de su grandeza desplegando una variada paleta de colores ocres, marrones y rojizos, los cuales contrastan en perfecto equilibrio con el azul del cielo. Y así, desandando la Cuesta de Randolfi, aparecen las primeras dunas que, escapando al mar, encuentran su lugar entre los cerros.

Todo marcha sin grandes dificultades y los primeros pueblos comienzan a perderse entre las montañas. Así queda atrás El Bolsón, un oasis de verdes sauces y esbeltos álamos. El primer desvío atraviesa la Reserva de la biosfera de la Laguna Blanca, donde las vicuñas observan curiosas el paso de los extraños para, acto seguido, escapar con una gracia inigualable. La laguna parece no pestañear ante la estela de polvo levantada por la caravana y, más allá, el sol del mediodía castiga la estancia Corral Blanco donde Rita espera la llegada del grupo. Ofrece con gusto los frutos que tan celosamente brinda el suelo puneño y convergen en el tradicional mote, suerte de guiso (o locro) hecho a base de maíz blanco y cordero o chivo.

Después del almuerzo, la travesía continúa hacia Antofagasta. El camino presenta mayor dificultad, pero es sólo un indicio de lo que espera más adelante. Llegando a Pasto Ventura, otro gran escenario que recorre la ruta 43, el GPS –copiloto fiel y preciso– señala los 4.000 metros de altura que parecen no influir en las vidas de los pobladores de El Peñón. Los últimos kilómetros hasta Antofagasta de la Sierra están custodiados por volcanes, más de 200 en los 28.000 kilómetros cuadrados del departamento más extenso de Catamarca.



Dentro del volcán

El día amanece temprano, los primeros rayos de sol calientan los motores de las camionetas y pronto todo está listo para partir. Dos nuevos integrantes se suman al grupo, Catalino Soriano y Santo, su hijo, baqueanos amantes de su tierra, serán los encargados de marcar el rumbo hacia el volcán Galán. Retomando hasta El Peñón y luego hacia el este, el camino se pierde en la huella que de a poco se desdibuja. El terreno gana en dificultad, el suelo pierde consistencia y es hora de poner la baja para encarar la ladera sur del cráter de 45 kilómetros de diámetro. Atrás quedaron ya las lagunas Cave y Grande, con sus flamencos Jamesi, los pasto vicuña, la rica-rica y la añiagua; atrás, las miradas curiosas de las vicuñas, suris (ñandúes petisos) y zorros. El aire comienza a faltar y el tubo de oxígeno es una buena opción para más de uno. A 4.800 metros sobre el nivel del mar no es fácil respirar, pero las vistas que ofrece el volcán y la belleza que atesora en su cráter bien pagan el apunamiento y hasta la rotura del motor de una de las camionetas. La vuelta no será tan simple con un lastre semejante: linga de por medio, es arrastrada por la margen de la vertiente de Los Patos, donde los monumentos naturales de piedra toba (ignivita), eternos guardianes de la tierra, asoman de ella para observar inmutables el paso lento de los vehículos.

Al tiempo que el sol comienza a esconderse, un hermoso valle poco explorado y anónimo se descubre a la vista, y por las radios se escuchan toda clase de propuestas para su bautismo. Finalmente, Valle de los Suspiros parece ser el que mejor resume las distintas ideas, agregándose así a la hoja de ruta. Ya sobre el Salar del Hombre Muerto poco faltaba para cerrar el circuito sobre Antofagasta de La Sierra.

Al día siguiente la caravana tomó rumbo oeste en busca del Campo de Piedra Pómez, que esperaba para ofrecer un espectáculo que nadie podrá olvidar. Antes, los motores debieron redoblar la apuesta para atravesar el llano de arena que rodea al campo, las fuerzas del grupo se sumaron y pronto todas las cubiertas reposaron sobre las placas firmes de piedra pómez. El paisaje no sólo es conmovedor, también es único: la piedra asoma desde la tierra dibujando formas y claroscuros increíbles. Con la llegada del ocaso, las formaciones rocosas recortan sus figuras sobre un fondo de rabiosos tonos rojizos y anaranjados, componiendo un cuadro surrealista. Santo dejó en claro que Dalí nada tuvo que ver allí y que estas canteras de 22 kilómetros de extensión nacieron hace 8.000.000 de años, aproximadamente, y no son más que una combinación de ceniza y lava volcánica que el viento y el tiempo –padres artesanos– se encargaron de esculpir.

Finalmente, Antofagasta se pierde en el espejo retrovisor y la columna continúa a través del Salar del Hombre Muerto, que a plena luz del día parece un gigantesco mar de hexágonos blancos que se pierden en el horizonte.



La Puna

Catamarca va quedando atrás y la ruta provincial 43 pasa a ser la 17 al entrar en territorio salteño. Por allí, bordeando el Salar de Pocitos, se abre el camino que va hacia San Antonio de los Cobres. Las alturas de más de 4.000 metros y la imponencia del paisaje no son novedad. Pasando Santa Rosa de los Pastos Grandes el camino comienza a ganar altura en busca del Abra del Gallo, desde donde sólo resta bajar la cuesta hasta empalmar la 51 para llegar a San Antonio, previo paso por el Viaducto de La Polvorilla. Parecería no ser un problema este trayecto, sin embargo es imposible tomar cuestas, curvas y contracurvas de ripio de cornisa cuando el sistema de frenos falla. No queda más remedio que remolcar desde adelante y frenar por detrás a una de las camionetas del convoy. Se doblan los recaudos y los nervios se tensan al igual que las lingas, pero el ánimo del grupo sigue intacto. Por fin se ven las luces de la ciudad que marcan el rumbo como un faro en medio de la tormenta. La estadía en el pueblo es corta y la travesía sigue hacia el Norte en dirección a Susques, donde espera una suculenta cena y una cama mullida.

La mañana se esfuma atravesando las Salinas Grandes y la Cuesta de Lipán hasta llegar a Purmamarca, donde el Cerro de Los Siete Colores otorga un marco ideal para el disfrute del pueblo. Luego, en la ruta 9, el asfalto da un breve descanso a las camionetas hasta arribar a la ciudad de Humahuaca. Desde allí la caravana sigue hacia Iruya, atravesando el Abra del Cóndor y el camino de Coranzuli, que se pierde haciendo eses por entre las montañas. Llegando a destino se suman algunas nubes que, estancadas entre las cumbres, disminuyen notoriamente la visibilidad y forman una película de barro sobre el ripio. Finalmente, una vez en el pueblo, construido sobre la ladera de una montaña, la lluvia comienza a caer y a mojar lentamente las calles adoquinadas, que se agolpan entre pequeñas casas que parecen nacer como cardones de la misma piedra.

El primer sol de la mañana inaugura el camino hacia San Ramón de la Nueva Orán, último destino de la travesía. Pero antes de llegar al final, la Puna desplegará una de sus más hermosas postales. Las camionetas hacen su esfuerzo para trepar la última cuesta y descubrir que, casi sin darse cuenta, habían logrado el objetivo: no sólo llegaron al cielo sino que se encontraban sobre él. Un campo de algodón suspendido entre las cumbres invitaba a zambullirse. El grupo se dejó deslizar por entre kilómetros de nubes, por un camino cuya pendiente no conoce sobre leyes de gravedad y apunta derecho al corazón de esa selva de yungas que abraza con su espesura a los viajeros. Desde allí sólo quedaría penetrar lo impenetrable hasta llegar a Orán, donde la caravana rompería filas con la promesa de volver a reunirse en otro destino.

Ignacio Natiello