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¿Recuperará EE.UU. el liderazgo en Latinoamérica?

El acuerdo de libre comercio con América Central (Cafta por sus siglas en inglés) que propone Washington pondrá a prueba su capacidad de cumplir con sus promesas

Con sólo tres meses de Condoleeza Rice en la Secretaría de Estado, el hecho de que haya hecho una gira de seis días por cuatro naciones latinoamericanas es muy bienvenido por quienes temen que el presidente George W. Bush haya olvidado su compromiso de poner más atención a la región.

Cuando los presidentes del hemisferio, incluyendo a Bill Clinton, realizaron la primera Cumbre de las Américas hace más de una década, había un extendido optimismo en cuanto a que una relación más cálida se había establecido. Pero desde entonces las relaciones entre EE.UU. y sus vecinos están marcadas por mayores divisiones. “Se han alejado los caminos”, dice Peter Hakim, presidente del Diálogo InterAmericano, foro de política con sede en Washington.

Incluso un resurgimiento de la expansión económica en los dos últimos años no ha evitado las crisis institucionales y la reaparición del antiamericanismo. “Es un vecindario con problemas. El crecimiento sólo está enmascarando problemas”, dijo un alto funcionario de una institución multilateral.

Los problemas en los países más chicos y vulnerables que dependen del apoyo de Estados Unidos, como Bolivia y Ecuador, han sido rápidos y graves.

Aunque algunas naciones más grandes lo están haciendo mejor –los gobiernos de centroizquierda en Chile y Brasil y una administración de centroderecha en Colombia fortalecieron las instituciones– los avances no son uniformes. Tal vez nada resalta los problemas de Bush con América Latina más que las dificultades del Acuerdo de Libre Comercio con Centroamérica (Cafta, su sigla en inglés), un pacto diseñado para consolidar concesiones comerciales para República Dominicana, Nicaragua y otros cuatro países centroamericanos.

La creciente oposición de intereses textiles y azucareros y sindicatos amenaza la aprobación parlamentaria del Cafta. Los costos de perder el acuerdo serían altos. Los países del Cafta son económicamente vulnerables y dependen del acceso al mercado estadounidense para mantener sus industrias textiles. Los presidentes de la región son en su mayoría de centro derecha, promercado, que han estado entre los aliados de Bush en la guerra en Irak. No recompensar esa lealtad sería un golpe duro.

¿Por qué se han enfriado las relaciones? La economía es parte de la razón. A fines de los ’80 y durante los ’90 América Latina abrazó políticas de libre mercado y avanzó de modo entusiasta a la órbita estadounidense. Pero cuando las reformas no se tradujeron en crecimiento, eso cambió, con muchos latinoamericanos culpando a Estados Unidos de sus problemas.

Irónicamente, la recuperación económica de los dos últimos años no ha contribuido a restablecer el apoyo por las políticas pro mercado, ya que parte del crecimiento no ha llegado de la liberalización, sino de la creciente demanda china por materias primas, en especial soja, cobre y mineral de hierro.

Más aún, una serie de líderes de centroizquierda –en Argentina, Brasil y Uruguay, por ejemplo– deben su elección a la incomodidad popular con las políticas orientadas al mercado. Han respondido a esto y a la hostilidad hacia la política de Estados Unidos con Irak reorientando sus políticas exteriores. Brasil ha fortalecido vínculos con Rusia, India, Sudáfrica y China, además de forjar foros regionales como la Unión Sudamericana, que excluye a Estados Unidos.

Los cubanoamericanos, cuya prioridad es que se mantenga el embargo económico contra Cuba, tienden a dominar las instituciones responsables de la política hacia Estados Unidos.

Otto Reich, nominado por Bush como secretario de Estado adjunto para asuntos hemisféricos durante su primer período, estaba vinculado a las políticas anticomunistas de Ronald Reagan. Y Roger Noriega, actual secretario adjunto, trabajó con Jesse Helms, el senador de Carolina del Norte conocido por su ferviente anticomunismo.

Los críticos dicen que este sesgo ideológico ha llevado a errores políticos. EE.UU. pareció aprobar hace tres años un gobierno de derecha que asumió brevemente tras un fallido golpe militar contra Hugo Chávez en Venezuela. El mismo año, el embajador de EE.UU. en La Paz llamó a los bolivianos a no votar por Evo Morales, líder de los productores de coca del país.

Más recientemente, la administración Bush no pudo lograr la elección de sus candidatos a la secretaría general de la Organización de Estados Americanos. Noriega respaldó la candidatura de Francisco Flores, ex presidente de El Salvador, y luego la de Luis Derbez, el conservador ministro de Relaciones Exteriores de México, por sobre la de José Miguel Insulza, socialista moderado respaldado por Brasil, Argentina y Venezuela. Sólo después de una álgida votación y la intervención de Rice, EE.UU. apoyó a Insulza.

Con las tensiones cada vez más evidentes, hay signos de cambio. Rice nombró como su segundo a Robert Zoellick, ex representante de Comercio de EE.UU., que tiene fuertes vínculos con Brasil y otros países sudamericanos.

Sin embargo, esto no servirá de nada si EE.UU. es incapaz de ayudar a sus aliados más cercanos, en especial aquéllos tan débiles y vulnerables como los países del Cafta. No aprobarlo mostrará a América Latina que la administración Bush puede firmar algo pero no cumplirlo, dice Bolaños, de Nicaragua, lo que socavará aún más su influencia en la región.