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Máxima velocidad

Pocos deportes ofrecen la posibilidad de poder ser practicados con prestancia y dedicación o simplemente en ocasiones esporádicas, como son las vacaciones. El rafting sólo exige saber nadar, y elegir el río a la medida de cada uno

Recorrer los rápidos de un río en un gomón es una actividad no apta para temerosos. El rafting se caracteriza por los cambios de velocidad, los saltos y los giros de dirección, según los caprichos del río. Se practica en equipo y la consigna es que todos los tripulantes deben remar y orientar su peso de manera coordinada para avanzar y mantenerse a flote. La cantidad de personas que forman parte de la aventura depende del tamaño de la embarcación, que oscila entre 3.5 y 5.5 metros, aunque por lo general se arman grupos de entre seis y ocho integrantes. A bordo siempre va un guía, quien conoce en detalle cada trayecto del río, sabe de primeros auxilios y dirige los movimientos.

En el rafting existe una escala internacional de dificultad que clasifica a los ríos de I a VI grados. La clase I es la más fácil y el riesgo de caerse es muy bajo. La II es para novatos, con maniobras ocasionales y la III es un nivel intermedio, ya que en el camino hay obstrucciones y algunas pendientes escalonadas. La IV es para avanzados, porque la corriente tiene mucha fuerza y sobresalen rocas peligrosas. La V es para expertos y requiere de un excelente dominio. Por último, la VI sólo es para los amantes de emociones fuertes: se bajan ríos muy peligrosos, en los que siempre está latente el riesgo de volcar.

Antes de emprender cualquier aventura, es obligatorio que el guía brinde una charla para explicar las medidas de seguridad y precauciones a tener en cuenta una vez que se entre al río. Un consejo clásico es que, en caso de caerse en un rápido, hay que alejarse del gomón y dejarse llevar por la corriente boca arriba, en posición horizontal o semisentado y con los pies hacia delante, hasta llegar a un remanso. Después, es cuestión de esperar a que el resto del equipo acuda en rescate. Por el contrario, si la misma situación sucede en un tramo tranquilo, lo más fácil es sujetarse de la soga que se desprende del raft e intentar subir lo antes posible.

En cuanto a los elementos que conforman el kit básico se encuentran los remos cortos, que son los que están en manos de los tripulantes, y dos largos, utilizados exclusivamente por el guía. El chaleco salvavidas, casco y calzado son imprescindibles, sin importar la dificultad del río.



Aguas turbulentas

Una vez que se adquirió valor, es hora de lanzarse por los rápidos. En la Argentina, la actividad se concentra a lo largo de la Cordillera de los Andes, donde se encuentran los mejores cursos de agua. Mendoza es considerada la capital nacional del rafting, y allí se destacan el río Diamante, ideal para los niveles IV y V; el río Mendoza, que entre septiembre y abril atrae a los aficionados de las clases III y IV y también ofrece la posibilidad de hacer rafting nocturno; y el río Grande, que es un cauce de grado III muy poco explotado. El Sur es la región más propicia por su variedad. El río Manso, cerca de Bariloche, se destaca por su desnivel, que genera grandes saltos, acorde a las exigencias del grado V. En Chubut está el río Corcovado, accesible para las clases IV y V; en Neuquén sobresale el río Aluminé, clasificado como grado III. Asimismo, el río Las Vueltas, en El Chaltén, provincia de Santa Cruz, es de exigencia intermedia, aunque algo peligroso y navegable en pocos meses del año a causa del frío.

Mientras tanto, en la región del noroeste se puede visitar Tucumán, que cuenta con los ríos Sosa y Lules, ambos con lechos de piedra de mucha pendiente pero de aguas escasas en algunas épocas del año. El río Juramento, en Salta, convoca a las personas de nivel II y III e impacta porque está rodeado de cactus gigantes.

Leandro Berubi