Los inversores de riesgo consolidan su mercado, pero pueden fracasar
13-02-12
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Quién no querría ser capitalista de riesgo en este momento? Los oficiales de banca de inversión quizás reciban agravios y los ejecutivos del área private equity, críticas pero la élite de multimillonarios de Silicon Valley no pueden equivocarse.
Debido a las protestas en las calles, Stephen Hester, CEO de Royal Bank of Scotland (RBS), tuvo que renunciar a un bonus inferior a 1 millón de libras; y a Lloyd Blankfein de Goldman Sachs le reconocen poco haber cobrado la mitad de su premio en acciones, unos u$s 7 millones. Sin embargo, a nadie le importa que Jim Breyer de Accel Partners podría ganar u$s 500 millones con la salida a bolsa de Facebook, mediante la cual la compañía quiere recaudar u$s 9.000 millones.
Quizás eso esté muy bien. Breyer arriesgó su propio dinero en Facebook en 2005, sin saber que tan exitoso sería, y Silicon Valley, aunque basado en las investigaciones financiadas por el gobierno, no es demasiado grande para quebrar. Las firmas de capital de riesgo son como las sociedades de Wall Street de hace una década, sus socios pueden hacerlo muy bien, pero nadie los salva cuando les va mal.
Sin embargo, los financistas de Silicon Valley, fondos como Accel, Sequoia Capital y Benchmark Capital, ya antes perdieron sus halos tras la crisis que puso fin al boom de las puntocom en la década de los noventa. Ese error podría repetirse a menos que se moderen frente a esta fiebre del oro.
Nuestro mayor enemigo es perder nuestra disciplina, señaló un capitalista de riesgo. Lo hicimos una vez y nos llevó mucho tiempo y trabajo subsanarlo. Conocemos las consecuencias del exceso de inversión y no queremos tener que volver a rehabilitarnos.
El capital de riesgo ahora está en el mismo umbral que cruzaron antes la banca y el área de private equity, con las consecuencias no deseadas que ello implica. Es una industria artesanal, por lo tanto pequeña y privada, que está cada vez más dominada por unas pocas firmas que están creciendo y volviéndose globales. El tamaño tiene beneficios pero también las pone en un lugar destacado, como industria y como individuos.
Durante las últimas décadas, las principales firmas de capital de riesgo funcionaron bien siendo disciplinadas, explotando sus marcas y redes y manteniendo sus cabezas bajas. El sector en general recién ahora se está recuperando del daño a sus retornos de largo plazo provocado por el derrumbe de las puntocom, aunque las firmas de élite han florecido.
Algunos de sus socios ganaron cientos de millones (John Doerr de Kleiner Perkins Caufield & Byers, que según Forbes está valuada en u$s 2.300 millones) sin atraer hostilidad.
Y tienen mejor labia. Un sistema financiero que ofrece a los mejores y más brillantes egresados del MIT un incentivo para curar el cáncer y detectar los problemas de información del mundo siente que es un área saludable de la economía, observó Chris Dixon, inversor y entrepreneur.
También es pequeño, lo que ha sido un ingrediente esencial para su éxito y buena reputación. Las firmas de capital de riesgo no recau
daron elevados fondos al estilo private equity porque no pudieron darle buen uso al dinero. La inversión de Accel en las primeras etapas de Facebook fue típica, aunque enormemente exitosa. Breyer invirtió u$s 12,7 millones de los fondos de su firma y cerca de u$s 1 millón de su propio bolsillo.
Reparten las apuestas en muchas empresas nuevas, la mayoría de las cuales fracasan o generan retornos mediocres, y confían en contar con unos pocos grandes ganadores. Se hace con capital y no apilando deuda; y claramente implica la toma de riesgo. Como las firmas se mantienen en manos privadas, no se conoce la riqueza de sus socios, salvo que haya salidas a bolsa.
Este es un buen negocio para las mejores sociedades, pese a que hay algunos altibajos. Accel vivía glorias pasadas cuando Breyer invirtió en Facebook. Toda la acción está en el mejor 10%, sostuvo Josh Lerner, profesor de Harvard Business School. Sus marcas y conexiones les brindan una sostenida ventaja competitiva.
El problema es que otros lo han notado. El boom de los medios sociales, y Facebook en particular, hicieron llegar mucho dinero fresco a Silicon Valley, desde los súper-ángeles (los entrepreneurs convertidos en capitalistas de riesgo) y gente de afuera como Digital Sky Technologies, una firma de inversiones dirigida por Yuri Milner, el magnate ruso de Internet.
La mayor parte del dinero fresco se invirtió en últimas etapas, donde las barreras de ingreso son menores (se necesita menos experiencia para detectar una compañía madura que una nueva con potencial) y los retornos también. Algunas compañías captaron enormes sumas entre inversores de última etapa (Groupon juntó u$s 950 millones el año pasado en su último paso antes de salir a bolsa).
Las principales organizaciones de capital de riesgo ubicadas sobre Sand Hill Road respondieron ampliándose. Khosla Ventures, Bessemer Venture Partners y Sequoia recientemente recaudaron más de u$s 1.000 millones.
A medida que crecen, empiezan a parecerse más de firmas de private equity como Carlyle, que tiene una variedad de fondos en diferentes países y ahora está saliendo a bolsa. Se arriesgan a debilitar las características que les permitieron ser exitosos y a la vez inmunes a las críticas populares: ser pequeños, privados y emprendedores.
Los fondos más grandes conducen a la tentación; una firma que quiere poner el dinero a trabajar no puede simplemente hacer una serie de pequeñas apuestas. Pese a las buenas intenciones, algunos diluirán su foco puesto en las primeras etapas de los emprendimientos y en la toma de riesgo. Eso reducirá sus retornos y los hará parecerse más a miembros de la clase de ingeniería financiera.
La última vez que los capitalistas de riesgo sin querer quedaron bajo la mirada de la gente, fue por ingresar a la bolsa compañías inmaduras sin verdaderas perspectivas durante el auge de las puntocom. Esta vez, las salidas a bolsa son más sólidas pero la industria misma está en juego. Si se agranda demasiado, podría fracasar.
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