Por qué el gobierno británico ya ha avanzado con un programa para achicar la deuda nacional mientras Estados Unidos todavía sigue demorando la decisión? Dada la actual paralización política en EE.UU. a la hora de aprobar nueva legislación, esta es una pregunta que surge con frecuencia en las conversaciones con visitantes británicos en Washington.
Las posibles respuestas son muchas. El sistema parlamentario británico, por ejemplo, hace que sea más sencillo para un gobierno imponer políticas impopulares (particularmente porque los dirigentes sólo enfrentan a los votantes cada cinco años). Y la cercanía de las crisis en Grecia e Irlanda hizo que las mentes de los políticos se concentrarán más en buscar soluciones. Además, Gran Bretaña está más cargada de deudas y no tiene una moneda que es considerada reserva de valor. A diferencia del Tío Sam, no puede simplemente emitir dinero y rezar: las presiones para actuar son mayores.
Pero sospecho que existe otro factor, y lo recordé cuando vi la película biográfica La dama de hierro, sobre la vida de Margaret Thatcher, en un cine de Nueva York: la triste verdad es que, a diferencia de EE.UU., Gran Bretaña ya ha experimentado épocas de austeridad hace no demasiado tiempo. Específicamente, como muestra la película, han pasado sólo cuatro décadas desde una era en la que Gran Bretaña sufría crisis económicas, reducciones en el gasto, protestas y pesimismo endémico. Aunque nadie que tenga menos de 40 años recuerda aquellos días, están grabadas en la memoria popular. Por lo tanto, para bien o para mal, los votantes y los políticos británicos reconocen el olor de la austeridad o, para ser más exactos, mueven la cabeza con solemne familiaridad cuando la ven en la pantalla.
Claro que este punto no está explícitamente aclarado en La dama de hierro. En realidad, hay mucho que, lamentablemente, queda sin decir en esta biopic. Meryl Streep hace un trabajo brillante retratando a una Thatcher asediada por la demencia. Pero la película no profundiza mucho en la historia británica y da por supuesto un nivel mayor de conocimiento previo, lo que causa desconcierto y resulta irritante para los no británicos. Mis amigos en Nueva York, por ejemplo, no entendían nada cuando se hacía referencia a la reforma fiscal del poll tax. Además, les resultó una distracción exasperante el énfasis en la demencia. (Resulta difícil imaginar que alguien pueda hacer un film que se concentre tanto en la lucha con la demencia del expresidente Ronald Reagan, por ejemplo. A los ojos estadounidenses, esto parece poco respetuoso hacia una persona que ha ocupado un alto cargo). Pero, a pesar de estas fallas, La dama de hierro se ha proyectado a sala llena en Nueva York.
Aunque es la historia de la propia Thatcher la que hipnotiza a la mayoría de los estadounidenses, lo que yo encontré igualmente notable son las imágenes de las luchas sociales y el sufrimiento económico de la década de los 70. Después de todo, en las últimas tres décadas de auge económico, en Gran Bretaña se ha tendido a no darle mucha importancia a esos recuerdos. Pero La dama de hierro está llena de filmaciones de manifestaciones, protestas y cortes de electricidad. Hay una escena particularmente memorable en la que Thatcher camina entre bolsas de basura maloliente cuando los recolectores están de huelga: un símbolo potente de una nación agobiada por sus dificultades fiscales.
Por supuesto, las imágenes de este tipo no son exclusivamente británicas: las películas estadounidenses de los 60 y los 70 también muestran muchas escenas de protestas políticas. Pero las manifestaciones que se veían hace 40 años en EE.UU. tendían a concentrarse en temas como la guerra de Vietnam o los derechos civiles. Y aunque abundaban los problemas económicos, los más notables tendían a ser regionales, y no de alcance nacional. En Nueva York había una crisis de deuda (y también hubo pilas de basura sin recoger), pero la nación en su conjunto no experimentó un nivel de angustia comparable al que se vivió en el Reino Unido, y Ronald Reagan nunca tuvo que caminar entre montones de basura.
Hay que retrotraerse a la década de los 30 para encontrar un período en el que toda la población estadounidense sufrió dificultades similares y todos tuvieron que ajustarse el cinturón al mismo tiempo.
Esto es importante. En la actualidad hay relativamente pocos estadounidenses con vida que recuerden claramente lo que pasaba en los años 30. En consecuencia, para la mayor parte de la gente, la idea de que EE.UU. pueda tener que afrontar un largo período de austeridad y estancamiento o incluso de declinación nacional ha sido una especie de conmoción existencial. En Gran Bretaña, en cambio, son muchos los que han vivido antes esta experiencia de austeridad: la perspectiva conjura una sensación de sombría resignación. Sí, los votantes están enojados por un posible estancamiento prolongado y algunos han hecho huelga. Pero, en lugar de fervor ideológico o de fractura política, el humor dominante es de pragmatismo pesimista y cínico; una sensación de déjà vu.
No es que considere que el estilo de Margaret Thatcher pueda ser la perfecta solución para las dificultades actuales que viven Gran Bretaña o EE.UU. (aunque en algunos anuncios de televisión la dirigente política Michele Bachmann, favorita del Tea Party y ex candidata a la nominación presidencial del Partido Republicano, se ha comparado con la dama de hierro). El estilo de liderazgo de Thatcher tenía defectos y algunas de sus políticas fueron erradas pero, por lo menos, la película que han hecho sobre su vida ayuda a desmitificar la idea de austeridad y muestra que una nación puede recorrer ese doloroso túnel y (eventualmente) salir del otro lado. Y eso es bastante alentador, sea cual sea el lado del Atlántico, o el lugar en el espectro político, en cada uno esté.
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