#CASHTAG

Ojalá traicione

  • Che, a lo mejor nos traiciona, vos lo sabés, ¿no?

  • Claro, ojalá. Será porque le fue más o menos bien y tendrá tiempo para pensar en eso, su proyecto.

Con diálogos como estos, el kirchnerismo se terminó de abrazar a Sergio Massa, el ministro de Economía, Producción y Agricultura que asumió ayer en un raro clima de optimismo y euforia para ser el inicio de una gestión de emergencia, con el 90% de inflación en el horizonte, sin reservas y los dólares paralelos en $ 300.

Atados a la ambición de un tipo más que a un plan económico por ahora, una parte del poder en la Argentina pasó de preguntarse si el Gobierno llegaba al final del mandato a darse manija con que un dirigente de Tigre con mucho ímpetu puede encontrarle alguna solución aunque sea pasajera a quilombos estructurales que se han comido programas preparados durante meses.

Toda la expectativa está detrás de su mantra "manda la política" que veremos hasta dónde disimula la falta de un macroeconomista de peso en su equipo, que ayer no tenia aún secretario de Política Económica confirmado. Un hueco grande para un político que siempre hizo gala de sus equipos y que ahora se esfuerza en armar un gabinete de asesores aunque más no sea.

Pero lo cierto es que empresarios, gobernadores y sindicalistas que se veían sucumbir inexorablemente ante una derrota el año que viene de golpe dicen "‘¿a ver'?

". Pasan del éxtasis a la agonía, y viceversa. La idea de los salvadores. Los pensamientos mágicos. El eterno momento de "ahora sí, eh", ayer sumó otro capítulo. Mil personas en la jura. Más de 100 periodistas en el microcine del Palacio de Hacienda para los anuncios a la hora de los noticieros. Las ganas de que algo funcione un ratito.

El objetivo de mínima de esta movida: lograr que el Gobierno funcione tras dos años de trabas. Para otra vida quedará la pregunta de por qué había tanto prurito con un plan de estabilidad macro como el del ex ministro Martín Guzmán, acusado de ortodoxo, pro yankee y vendido al sistema, si ahora su salida derivó en el respaldo de los que lo cuestionaban detrás de un chabón que, como dijo el periodista oficialista Roberto Navarro, "no es muy distinto de Larreta" y que "no lo trajo a Cavallo porque no agarraba".

O sea, inexplicablemente, tras decirle ajustador a Guzmán por una gestión en la a que el gasto incluso crecía, Cristina le da la foto de respaldo al anuncio de que no se quiere más plata del Banco Central hasta fin de año y de que se escrachará en el Indec la cantidad de gente que tienen desde Aerolíneas Argentinas hasta el PAMI para que nadie sume más gente cuando un empleado se muere, por ejemplo.

Será el susto que todo lo ordena, será el miedo a repetir las peores páginas del libro de Juan Carlos Torre, o será el egoísmo de que el otro no era del palo, pero Massa ira mas allá que el economista de la UNLP y Columbia.

Hay dos fenómenos inéditos en puerta: que el kirchnerismo banque un ajuste para contener la inflación, y que si funciona le permita llevarse ese éxito al hombre que alguna vez los quiso barrer y que podría tranquilamente volver a intentarlo, como admitían los del dialogo del comienzo. Ojalá que traicione, pero que antes le funcione.

De Kicillof a Martino

En algún punto, las medidas anunciadas incluyen un mix bastante parejo de las herramientas que usaron Axel Kicillof y Juan Carlos Fabrega en el diseño cristinista de 2014 pero -atención- también suma jugadas del tándem Mauricio Macri y Gabriel Martino en 2016.

Por un lado, ya hay tasas más altas como se empezó a ver la semana pasada para estimular el ahorro en pesos y ahora se confirmaron arreglos con cerealeras y otros exportadores para reforzar las reservas, en un calco de lo que se hizo en el final de la gestión de Cristina Kirchner que también tenía brecha y problemas de divisas, aunque más margen.

Y por otro, está la búsqueda de créditos para el Banco Central desde grandes bancos multinacionales y un fondo soberano, un homenaje a aquel "repo", como se llama a estos préstamos de corto plazo, que el entonces CEO del HSBC le tejió a la administración de Cambiemos cuando desarmó el cepo.

Claro, en ambas oportunidades las estrategias incluyeron la medida que Massa por ahora busca esquivar a toda costa, que es devaluar el tipo de cambio oficial. "Los shocks devaluatorios generan grandes transferencias de ingresos", subrayó Massa ayer y resaltó que espera ir bajando la brecha cambiaria de a poco. ¿Podrá?

Kicillof y Fábrega aumentaron de $6,50 a $8 el dólar en el verano de 2014, mientras que el ministro Alfonso Prat-Gay levantó restricciones y llevó el precio oficial de la divisa de $9 a los $15 del paralelo. Hubo saltos en el costo de vida, es cierto, pero el punto de partida hoy lo hace más riesgoso que aterrizar en Taiwán: en aquella oportunidad, tras la devaluación, la inflación se disparó a niveles que son la mitad de donde ya está ahora, antes de cualquier cambio en el dólar.

A propósito de China, el alineamiento de Massa con Estados Unidos en este delicado momento del mundo aparece como herramienta de gestión. Reveló que se apoyará en autoridades antilavado estadounidenses para ir contra los que truchan el comercio exterior.

Y según supo El Cronista hace gala de su diplomacia propia para destrabar créditos de organismos multilaterales con algunos secretos que también el kirchnerismo tragará en silencio. Mientras la Argentina, con Gustavo Beliz a la cabeza, iba contra Mauricio Claver-Carone el "aliado de Macri en el FMI", el ahora ministro le daba su respaldo y le decía, a lo Ramón en la Bombonera, "yo no". Esa lealtad tan disruptiva, ahora le gatillará el ingreso de créditos demorados.

Por último, para ser un anuncio de medidas antiinflacionarias en una gestión peronista, alguien podría haber notado poca mención a especuladores y góndolas y mucho a orden macroeconómico, uh, casi como lo planteaba también Guzmán. Sin embargo, el massismo trabaja en silencio en el lanzamiento de un control digital de todos los precios mediante un cambio de la tecnología de los controladores fiscales.

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