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Martes 02.09.2014 | 23:07
edición impresa

La crisis de la zona euro pone en evidencia que el eje fundador de Europa pasa por su peor momento

Finanzas y mercados
A 50 años de la unión política entre los dos países que sentó las bases para la Unión Europea, la actual debilidad económica de Francia choca contra la fortaleza alemana. Y dificulta la adopción de medidas de consenso
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Decía el genial Groucho Marx que el matrimonio era la principal causa de divorcio. Y, a pesar de la humorada, esto es algo en lo que últimamente están reflexionando bastante los franceses, decepcionados por el rumbo que ha tomado su unión política con Alemania, eje fundador de la Unión Europea (UE) y de la moneda común.
Hay en estos momentos en Francia la sensación de que el país ha dejado de ser un contrapeso eficaz al poderío económico alemán, inmersa la UE en la mayor crisis financiera de su historia y justo cuando más hacía falta que este matrimonio funcionara con armonía para dirigir el barco comunitario lejos de la tormenta que atraviesa.
El equilibrio de fuerzas (tanto políticas como económicas) que representaron durante varias décadas Alemania y Francia parece estar roto y difícilmente se recupere en el corto plazo. Alemania es cada vez más la única voz cantante dentro de la zona euro, gracias a su solvencia fiscal y a su peso económico relativo (su PIB equivale al 40% del producto de toda la zona). Mientras tanto, en el anverso de la moneda se ubica Francia, con un déficit fiscal del 4,8% del PIB (superior a la meta fijada por el gobierno del 3%) y una deuda soberana que sigue creciendo, hasta superar el 90% del producto. Y un costo de endeudamiento que se incrementó desde que su deuda perdió la calificación AAA, algo que Alemania sigue manteniendo. Encima, las estimaciones para el primer semestre de 2013 en materia de crecimiento se mantienen cercanas a cero, lo que dificulta la recuperación económica que requiere el país para reducir un nivel de desempleo que se acerca peligrosamente al récord histórico de 1997.
A nadie escapa que el matrimonio de conveniencia que supieron recrear Alemania y Francia tras haber protagonizado los dos mayores conflictos bélicos de la historia de la humanidad (la I y II Guerras Mundiales) fue una de las construcciones institucionales más brillantes y esperanzadoras que se alcanzaron y que hoy cumple medio siglo de vida (en 1963 se firmó el Tratado de Amistad entre ambos países). Fundadores primero de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero, que dio origen al libre comercio del carbón y el acero en 1953 –los dos principales insumos militares–), luego de la CEE (Comunidad Económica Europea) en 1957, de la UE en 1993 (galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2012) y por último del euro en 1999 (los billetes comenzaron a circular en 2002), esta unión generó uno de los períodos de prosperidad más fecundos de la historia europea. A nadie, a ambos lados del río Rin (que sirve de frontera entre ambos países) se le ocurriría poner en duda esta unión que tantos frutos ha dado. Pero lo concreto es que la visión que se tiene desde cada país es cada vez más divergente respecto de su utilidad. De acuerdo con una encuesta realizada por la consultora Ifop en ambos países, el 45% de los franceses sigue considerando a Alemania como un socio de privilegio, mientras que el 72% de los alemanes cree que su gobierno debería tratar a todos los países miembro de la zona euro de la misma manera y sin preferencias. Señal de que los alemanes se sienten cada vez más fuertes, seguros de sí mismos y menos dependientes de los demás, algo que es radicalmente distinto en Francia, donde se teme al efecto contagio que puede provocar la delicada situación de España e Italia.

Pulseada desigual

Si Alemania se siente tan fuerte en estos momentos y Francia tan débil se debe a que, como en la fábula de la cigarra y la hormiga, los alemanes han hecho los deberes y realizado el ajuste fiscal antes de que estallara la crisis financiera. En cambio, los franceses evitaron en su momento el costo político del ajuste y ahora se enfrentan a la debacle de la zona euro en situación de debilidad.
En una reciente entrevista por televisión, el presidente François Hollande reconoció que “la crisis ha durado más de lo previsto” y que mantiene una “tensión amistosa” con la canciller alemana Angela Merkel. Su gobierno está siendo muy criticado por los franceses, tras haber fracasado en sus promesas de campaña de que iba a cambiar la dinámica en la relación francoalemana. A principios de 2012, cuando todavía era presidente Nicolas Sarkozy, muchos criticaron su completo alineamiento con la postura alemana de salir de la crisis a través de un mayor ajuste de las economías más comprometidas (Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia) para no deteriorar la fortaleza de la moneda común. La campaña de Hollande puso el foco en esa ‘sumisión’ del gobierno francés, prometiendo un cambio profundo y una vuelta a una relación más equilibrada con Alemania.
Pero la realidad ha demostrado ser inflexible con las aspiraciones de Francia de mayor independencia dentro de la zona euro, por lo que muy pronto su gobierno tuvo que bajar el perfil contestatario y recuperar el alineamiento previo. Esto se vio en la resolución de la reciente crisis bancaria de Chipre, en la que Hollande poco pudo hacer para evitar el ajuste exigido por las autoridades europeas y el FMI (“existe el riesgo de que la austeridad no condene a Europa a la recesión, sino a la explosión”, afirmó en su reciente entrevista).
Hoy, al igual que en las parejas en las que uno de los miembros ha sido exitoso y el otro se estancó, surgen las dudas respecto de la utilidad de dicha unión. Como demuestra la encuesta de Ifop, los alemanes han progresado y ahora sienten que la relación de pareja los ahoga. Mientras que los problemas de los franceses son más profundos. Hay en Francia la sensación de haber perdido la ‘grandeur’ de antaño y de haberse convertido en una economía de tercer orden (muy por detrás de Alemania e incluso de los principales BRICs). Para el resto de la zona euro, la noticia de la debilidad del eje francoalemán es una mala señal que augura más ajustes en el futuro próximo. Y que, como en el poema del pastor Niemöller, tras haber “ido a buscar” a griegos, portugueses, irlandeses y chipriotas para que realizaran el ajuste (y los franceses no dijeran demasiado), pronto vayan a buscar a Francia para que aplique a su vez el mismo ajuste y, para entonces, ya no quede nadie que los defienda.
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