Por Andrea Rivas
De chico pintaba los autitos de juguete con esmalte para uñas de su mamá y así los “tuneaba”. Más tarde, Gabriel Pozner compraba zapatillas en la mítica galería Bondstreet, cuna del diseño porteño, y luego las revendía a sus compañeros para comprarse lo que quería.
A los 12 aceptó trabajar en el taller de chapa y pintura de su padre, pero siempre con la clara idea que ese era un medio y no un fin para cumplir con su objetivo, aunque en ese momento no tenía claro hacia donde iría.
Buscavidas
El momento de independizarse llegó con la adolescencia. “Me cansé, me independicé, me fui, pero no tenía oficio ni nada. Entonces salí un día con un balde por la calle Avellaneda, nunca había limpiado vidrios pero lo hice y le arruiné varias vidrieras a los chinos que me querían matar”, rememora entre risas.
En diálogo con Cronista.com, Gabriel mira para atrás y suma aún más empleos a su lista. Así, recuerda que también se embarcó en la jardinería junto a un amigo, para por último comprarse una camioneta y comenzar una carrera de fletero que recuerda exitosa. “Cuando todos los fleteros se quedan en la camioneta cruzado de brazos yo cargaba, descargaba hablaba con el comprador, es decir te cubría todas las necesidades”, detalla este hombre de alma inquieta.
Pese a que el negocio iba bien y hasta le llegaron a ofrecer “tres trabajos en una esquina”, una idea se le había cruzado por la cabeza y no paró hasta que la transformó en una realidad.
“Quería hacer zapatillas de diseño. Creía que faltaba algo entre las zapatillas de las grandes marcas y las copias, quería un producto nacional intermedio que tuviera una estética propia”, explicó. Esa primera colección tardó en ver la luz. Las ideas de Gabriel chocaron contra la realidad. Al no conocer el terreno, se topaban con problemas de materiales como que las telas que elegía no pasaban el proceso de producción sin quebrarse o romperse.
“Estuve dos o tres años tratando de hacer un par. Los materiales que elegía no servían para calzados, yo no entendía nada. Me decían ‘no flaco eso se rompe, no va´”, cuenta.
Pero fiel a su estilo, Gabriel no se detuvo y fue en busca del ‘know how’. Así, estudio corte y modelaje de calzado y fue uno de sus profesores quien le ayudó a armar la primera colección y fueron las ferias de diseño el lugar elegido para darse a conocer.
“Las ferias fueron nuestro sostén por cuatro años. De no haber estado no estaríamos acá. La crisis hizo que la gente saliera a hacer algo por necesidad, fue la época en que el diseño surgió y la gente encontraba el diseño en las ferias”, precisa.
Gabriel recuerda que “el soporte de ferias fue el que usamos para darnos a conocer, porque no teníamos plata ni para publicidad ni para nada, ni para producir. Estuvimos cinco años sin ganar un mango”.
Diversificarse para no morir
Las zapatillas gustaban y se vendían, pero no como pan caliente. Los números no estaban equilibrados y había que pensar algo más. Y Gabriel pensó: “El primer paso para sustentar la marca fue el bolso. La zapatilla estaba buena le encantaba a la gente, pero no nos conocía nadie. Competíamos contra el sistema, contra los monstruos que son Adidas y Nike. La gente nos decía están buenas pero ¿durará?”, relata.
Así nacieron los bolsos, respetando la estética ecléctica de PURO y pronto se transformaron en la estrella de la marca en todos sus tamaños y modelos. “Automáticamente se empezaron a vender muy bien y gracias a ellos equilibramos la parte comercial”, asegura.
El buscarle la vuelta al negocio y no darse por vencido frente a los escollos es una de las características de la personalidad de Pozner, quien se permite aconsejar a los nuevos emprendedores: “Mi consejo es investigar y seguir. Si uno tiene algo claro en la cabeza hay que llevarlo hasta el fin, no dejarse influenciar si alguien te dice no lo hagas”, aunque también advierte “es fundamental ser flexible, versátil. Si te volvés una roca al primer escollo te quedaste, te encerraste a abrir los ojos, a cambiar, a aprender “.
Luego de siete años al frente de Puro asegura que recién hoy las cuentas están equilibradas y la empresa está encaminada, por lo que se propuso disfrutar más el día a día. Luego de siete años, le agradece a su mujer y ahora gerenta comercial haber confiado en él desde el principio, cuando sus ideas locas parecían solo eso, ideas locas. Se anima también a pedir ayuda a organismos relacionados con el emprendedorismo y entender así como manejar mejor su empresa.
A pesar de que su empresa tiene todo un nombre en el circuito de diseño, que permitió que varios artistas pusieran obras en sus carteras, Gabriel sigue atendiendo a los clientes cada vez que pasa por su negocio de Palermo y sigue usando un viejo programa coreldraw para diseñar como el primer día.
Su idea de que “el diseño sea para todos” sigue vigente pese a que el prestigio ganado y la búsqueda de sus productos cual objeto de culto podría llevarlo a aumentar los precios.
Y cuando todos se mueren por exportar, por cruzar la frontera y vender en Europa, Pozner se muestra poco afecto a la idea y asegura que el tema no lo desvela “antes de hacer un River hay que llenar el Gran Rex”, afirma risueño.
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