ANÁLISIS

Los mercados y el fantasma de la radicalización

Los mercados celebraron la derrota del Gobierno en las primarias. Entre otras especulaciones, apuestan a que los resultados más o menos se repitan en noviembre. Significaría entonces menor poder político y sobre todo parlamentario para los sectores duros de la coalición oficialista que promueven la radicalización. No prosperarían en el Congreso ni en la Justicia, por más gritos y amenazas, proyectos para avanzar groseramente con más impuestos, mayores regulaciones o medidas que aumenten el ya complicado nivel de inseguridad jurídica para las inversiones y la propiedad privada en el país.

La euforia financiera tiene una lógica mirando el escenario en perspectiva, sentado tal vez en Manhattan o tomando decisiones a la hora de rearmar un portfolio de inversiones. Poner una ficha en la Argentina aprovechando que los precios siguen relativamente regalados, apostando a lo que todavía está por verse, y que la mayoría de los analistas políticos observan como difícil: que Alberto Fernández, tras la derrota electoral, por convicción o porque no le queda otra, tenga que girar al centro y acelerar el acuerdo con el FMI con un nuevo plan económico más amigable con el sector privado.

La mirada de los optimistas básicamente se explica en que no creen que Cristina y los sectores de izquierda que en ella se referencian puedan imponer condiciones al mediano plazo. Creen que la radicalización tan temida de la Vicepresidenta tras la derrota electoral no tendría sustento. Más que contra Alberto, suponen que la gente votó contra las políticas de Axel y Cristina que él implementó.

Se preguntan cómo sería una radicalización sin votos, sin reservas, sin quórum en el Congreso, sin jueces que acompañen, sin liderazgo. ¿Cuánto tiempo duraría esa radicalización, quién la acompañaría?

Terminen como terminen las elecciones definitivas en noviembre, los números y la situación de la economía argentina resultan dramáticos. La cantidad de pesos en depósitos y en la calle, más la bola de nieve indexada de la deuda del Banco Central, supera en siete veces la cantidad de reservas, que además se siguen vaciando a un ritmo de u$s 50 a u$s 100 millones por día. Economistas de primera línea advierten que si no se revierte la tendencia, las reservas líquidas no llegan a fin de año.

La alternativa de profundizar el plan Kicillof, con más emisión, más déficit, más subsidios y más estatizaciones no haría otra cosa que espantar aún más a los inversores, acelerar la corrida cambiaria y acercarse al riesgo de algo muy peligroso: disparar una corrida bancaria. Supondría la renuncia no solo de Martín Guzmán (lo de menos), sino de Miguel Pesce, que nunca firmaría semejante incendio como presidente de la autoridad monetaria. Ingresar en un descontrol del déficit y la emisión para tratar de revertir el resultado electoral podría acelerar fuertemente la inflación, llevar el dólar a valores de delirio y agravar la situación política en contra del Gobierno y de la propia Cristina y sus aliados.

Por eso los mercados ponen una ficha en Argentina. Calculan que por convicción o por necesidad, Alberto y Cristina (tarde o temprano) van pisar el freno, pactando un ajuste con el FMI. Devaluación y tarifazo moderado para que el ajuste se gradual. Aunque fracasara, mejor tener acciones argentinas, antes que pesos en la mano o bonos del Gobierno. De allí que en las primeras horas tras los comicios suben mucho más las acciones que los bonos. Es una buena forma de apostar a buena, y a la vez cubrirse por si la devaluación se acelera.

En el mercado de cambios, el peso se mantuvo relativamente estable, No subió ni como las acciones ni como los bonos. Mejoró apenas: el blue cayó de 184 a 182. Nadie suelta los dólares por el momento. Porque aunque la lógica política y económica indique que la situación no da para radicalizar la política económica, la historia de Cristina y su agrupación política indica más bien lo contrario.

Habrá que ver cómo los factores de poder que integran la coalición oficialista interpretan la derrota. Finalmente la debacle electoral fue principalmente en la provincia de Buenos Aires, que la gobiernan Axel Kicillof, Máximo Kirchner y la Vicepresidenta. Suena un poco forzado, en este terremoto político, que se quiera colocar la responsabilidad de la derrota exclusivamente en el Presidente.

Los resultados tan contundentes en contra del Gobierno revelan que las malas decisiones económicas y sanitarias impuestas al Presidente desde la provincia de Buenos Aires por Axel Kicillof y por Cristina hicieron mucho más daño electoral que las fotos del cumpleaños de Fabiola.

Alberto terminó perdiendo todos los votos independientes que lo acompañaron en 2019 porque les había prometido que no iba a ser como Cristina ni como Axel. Más papista que el Papa, el gobierno de Alberto fue peor que sus mentores. Más autoritario que Cristina y más estatista que Axel. Resultado: la peor elección en la historia del peronismo yendo con boleta unificada en Buenos Aires y casi todo el país.

Sectores de la clase media, de ricos a pobres, se encontraron de golpe con un Gobierno mucho peor al que habían imaginado: por mencionar algunos desaciertos mucho más graves que las celebraciones en Olivos: el intento de estatización de Vicentín y ahora de la Hidrovía; cada vez más cepos y prohibiciones; otra vez la batalla contra el campo.

Inolvidable en la saga de la mimetización de Alberto con Axel y Cristina cabe recordar la increíble suelta de presos y asesinos, o la vacunación de acomodo para los amigos del poder; la cuarentena extrema que fundió a medio país, el cierre de los colegios y la universidades, y las trabas inexplicables que impidieron la llegada a tiempo de las vacunas de Estados Unidos por un delirio ideológico nunca visto en el país. Cada vez más impuestos a la producción y al trabajo, el elogio y la protección a la extorsión sindical, y el amparo político a los que gerencian la pobreza desde el estado con el reparto de planes sociales.

Contra todo esto votaron seguramente los argentinos. Contra la inflación y la pobreza. Contra lo que representan políticamente las figuras de Cristina en lo político y Axel Kicillof en lo económico. Con eso se ilusionan los mercados. Ya venían apostando a favor antes de la PASO. Esta vez no se equivocaron como en 2019, cuando perdieron fortunas apostando a la reelección de Mauricio Macri.

Conviene retomar la cautela. Las versiones sobre Sergio Massa como jefe de Gabinete con Martin Redrado como ministro de Economía se repiten todos los días, pero a la vez se desmienten todo los días. No solo hay que recomponer confianza. Tarde o temprano, hay que tomar decisiones durísimas con el gasto, con el BCRA, con el dólar y con las tarifas. El ajuste será inexorable para cerrar con el FMI. La batalla será entonces larga e incierta, por lo menos hasta 2023.

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