La democracia está firme ¿la representación está en peligro?

Un cambio espectacular en la política produjo la aceleración de la dinámica de los sistemas sociales y políticos. Ello impacta en la representación política dándole un nuevo ropaje: el movimientismo. El profundo deterioro público de los partidos políticos viró a expresiones sociales que "agregan" demandas concretas. Agregar es coleccionar planteos, carencias y quejas concretas.

Es una función de acopio, de amontonamiento, pero de cosas concretas, de lo palpable, que incluye lo ideológico, pero lo supera. Es como una colección de pedacitos de descontentos sociales que piden, exigen y gritan por respuestas mensurables.

El movimientismo agrega, acumula, pero no fusiona identidades, cosa más propia de ciertos partidos políticos. Por eso suele ser una explosión de representación que resulta una buena noticia en un momento dado porque encauza las demandas, pero como es tan difícil efectivizar las respuestas que representa en un momento, muchos consensos movimientísticos (especialmente aquellos que desembocan en propuestas electorales) son precarios y sucumben o mueren por sus expectativas desbordadas. Más claro: los consensos -a secas- son precarios.

Con tal de aparecer, de ser, diferentes personalidades políticas hacen cualquier cosa. Y cuando digo cualquier cosa es cualquier cosa. Apresuramiento. Acelerar cualquier posicionamiento con la impronta de estar primero ahí, sobre esta tendencia. Son las tendencias de lo que se habla en redes a tiempo real lo que legitima la acción. La política ya no se muerde los labios para no tentarse de opinar de todo, cualquier tema que aliente algún clivaje (posiciones dicotómicas en torno a temas) será una excusa de posicionamiento.

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Pierre Rosanvallón hablaba de "líderes de proximidad" que lograban una inmersión radical en el mundo de la particularidad. El autor le llama el "descenso de la generalidad". Ese liderazgo baja a lo concreto y trata de empatizar ahí, frente a un estímulo y un lugar en particular, a cada rato.

La presencia es su señal de conocimiento frente a cada tema (aunque no lo conozca). Lo cotidiano es su signo de empatía. La inmediatez es la contracara de la política de escritorio. Es la acumulación de apariciones y sus respuestas lo que demuestra su ideología, no su conceptualización. El pesimismo es su tono, como una cautela extrema que se posa sobre lo malo sin ofrecer soluciones, al decir de Eugene Thacker.

En la aventura, las garantías de normalidad quedan suspendidas o abolidas dice el filósofo Fernando Savater. Cada nuevo comienzo de ciclo, cada relanzamiento de un gobierno que no logró consenso, cada acto donde la planificación intenta predecir la trayectoria futura ya no es normal ni predecible.

Hay una tendencia muy sólida evidenciada en desaprobaciones altas -por sobre los niveles de aprobación-, en la mayoría de las presidencias de la región, según compila sistemáticamente la Fundación Directorio Legislativo. Durante siete años desde 2002 a 2009 la aprobación de gobierno, en promedio, aumentó de 36% a 60% para los 18 presidentes latinoamericanos. A partir de 2010 es cuando comienza a bajar. En la actualidad, encima, hay dos ingredientes nuevos: caídas rápidas de aprobación al poco inicio de los mandatos y desaprobaciones consolidadas en formatos agravados o híper agravados.

Algunas consideraciones: a) a quienes les va bien en términos de opinión pública, juegan al límite. Presentan opciones de reformismo bastante agresivo. Sea desde la institucionalidad democrática, incluso legitimada por referéndum, como el modelo uruguayo, sea por polémicas y tensión con la institucionalidad, como decisiones dadas en México o El Salvador, en este caso incluso en violación a estándares democráticos o de derechos humanos en algunas circunstancias. b) a quienes les va bien en términos de opinión pública, practican instancias plebiscitarias con modelos de gestión novedosos que rompen con el status quo. Modifican la estructura legal del estado y sus relaciones con el mercado y la sociedad.

En la mayoría de los gobiernos regionales, los que llegan a gobernar lo sufren, lo padecen. Y la sociedad también. Generan un stress o insatisfacción democrática sin igual.

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Nadie decide por nosotros y lo hacemos en base a lo imprevisible. Así transcurre cuando se deposita la confianza en el otro. Muchas veces en base a la reputación ganada. Racionalidad pura. Y aparece más tarde la confianza, bastante más irracional, o emotiva si se quiere. Cuando confío, la racionalidad pasa a segundo plano.

A veces, incluso, se otorga un certificado de confianza sin que haya mediado reputación antes. Un cheque en blanco a la espera de fondos. Si no llegan, se cae todo. Eso pasa con las promesas, incluyendo a las electorales. Toda una aventura que no sabemos cómo terminará.

¿Significa que se cae la confianza si una promesa no se cumple? Depende. El contrato electoral son los compromisos que las candidaturas logran con sus votantes. Pero no es lo mismo el incumplimiento por engaño que el incumplimiento por modificación de condiciones en el sistema político. El primero puede ser matizado cuando lo que se ofrece a cambio, -esto pasó parcialmente con Carlos Menem-, se lo percibe efectivo o útil, aunque no tuviese nada que ver con el contrato inicial. Sus políticas fueron contradictorias con su eslogan "salariazo y revolución productiva". Lo importante: aún después de modificar sustancialmente el contrato electoral, gobernó durante 10 años.

Cristina Fernández de Kirchner, en la elección del 2007, tuvo como ejes de su discurso inaugurar un nuevo tiempo político de diálogo y la mejora de la calidad institucional de la democracia argentina. Ni la calidad institucional ni la concertación perduraron. La gobernabilidad fue el factor dominante y se permitió una reválida electoral en el 2011 con un aplastante triunfo a su favor.

Es impredecible el comportamiento electoral como castigo o como premio asociado al cumplimiento de promesas. Maquiavelo decía que gobernar es establecer una lógica de mutua adecuación, siempre inacabada, entre el príncipe y el pueblo, porque es el pueblo la causa principal de la estabilidad e inestabilidad del Estado.

Recordemos, aun cambiando el contrato electoral, si la nueva política se la percibe eficaz, no implica un castigo electoral. Incluso puede ser un elemento positivo para el gobernante si con el cambio demuestra que pudo adaptarse a otros contextos. Y nunca jamás olvidar: en política, no sólo se evalúa a una opción política, sino a varias simultáneamente. Y lo menos malo también gana elecciones.

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