Enfoque

Despierten, entiendan, reaccionen

Ante todo, disculpas por la falta de anestesia.

No es pesimismo, lo que representa más bien una queja. El pesimismo es una cautela extrema que se posa sobre lo malo sin ofrecer soluciones reflexiona Eugene Thacker. Para el pesimista el fracaso no es cuestión de "sí" ocurrirá sino de "cuando". "Lamentamos que todo lo que suponíamos se cumplió", bramó un vocero de la bancada opositora tras el discurso presidencial de inauguración de sesiones en Argentina. Entonces la fatalidad pasa a ser futilidad.

En este extremo están las oposiciones. No venían a buscar otra cosa que lo que expresaron: un pesimismo que fastidia. Las respuestas estaban escritas sin importar el discurso. El fastidio, como proclama, es casi una fijación construida por dos ejes, uno como potencialidad del otro: lo sombrío -como atmósfera- que envuelve proclamas condenatorias.

Pero tampoco es optimismo infundado. Un optimismo cruel que nos hace persistir en un objeto -un objeto de deseo incluso-, como un manojo de promesas con condiciones de cumplimiento comprometidas, en palabras de Laurent Berlant. Como una abstracción legítima que promueve reformas, sacrificios, tensiones, una transición a un algo que no queda claro. 

Estar en tensión por la lucha de la verdad significa estar, vivir, pujar por un "sueño nacional" que se transforma en una expresión afectiva del progreso donde, en la entremezcla de razones y emociones, no se sabe cuál es cuál para definir prioridades.

En ese cometido, la "unidad sinfónica" proclamada por el presidente argentino es interesante, atractiva, pero parcial y excluyente. No es la unidad de todos y todas (aunque la palabra unidad fue un loopeo), sino la del Frente de Todos y Todas.

Podrían adjudicarse a estas posturas cercanía con el nihilismo político -o con la anti política-, pero no. Los analistas no podemos ser custodios de la prudencia que le falta a la dirigencia. Es injusto y también somos ciudadanos. Sí son actitudes cercanas al escepticismo que implica una actitud cuestionamiento a proclamas dadas como ciertas o como hechos. Y lo que sí pretenden estas palabras es llamar la atención con dos hechos concretos.

Uno. A partir de un análisis de millones de artículos de prensa publicados, Tahsin Saadi Sedik y Rui Xu elaboraron índice de malestar social que permite cuantificar la probabilidad de una explosión de protestas como consecuencia de hechos como la pandemia. Desde 1985 y estudiando 130 países, escribieron el artículo "Un ciclo vicioso: cómo las pandemias conducen a la desesperación económica y malestar social" en el que relacionan los casos de estallidos sociales con 11.000 diferentes acontecimientos ocurridos desde los años ochenta. 

Incluyen desastres naturales como inundaciones, terremotos o huracanes, así como epidemias. Sostiene el escrito que el máximo riesgo de crisis política es a los dos años del pico de la pandemia porque esta "pone de manifiesto las fracturas ya existentes en la sociedad: la falta de protección social, la desconfianza en las instituciones, la percepción de incompetencia o corrupción de los gobiernos".

Durante una pandemia o inmediatamente después, es posible que los daños a largo plazo en el tejido social, en forma de malestar social, no salten a la vista. De hecho, las crisis humanitarias tienden a impedir la comunicación y desplazamientos.

 Además, es posible que la opinión pública se decante por la cohesión y la solidaridad cuando los tiempos son difíciles. De hecho, el número de episodios significativos de tensión social ha caído en todo el mundo hasta su nivel más bajo en casi cinco años. Entre las excepciones más notables se incluyen los Estados Unidos y el Líbano. Sin embargo, "a más largo plazo, la frecuencia de estallidos sociales se dispara" y aumenta el riesgo de disturbios y manifestaciones antigubernamentales.

Dos. ¿Estamos ante el fin de la apatía política? una encuesta nuevita en Perú (el país con el descalabro más significativo de representación política en la región) muestra que, próximo a sus elecciones presidenciales, la atomización es asfixiante. 

Sin embargo, aumenta significativamente la potencialidad de participación, aunque más no sea para castigar con el voto, para expresarse. Esto en plena pandemia. Y así como una movilización sacó a un gobernante hace días, todavía el voto representa algo de esa movilización.

Huele a ebullición y protesta, aunque su canalización no queda tan clara. Lo mismo que olía gran parte de América Latina que vio movilizaciones tan potentes entre 2019 y 2020 que sacudieron los cimientos de la institucionalidad en Chile; condenaron la legitimidad oficialista de Ecuador; y otras como las de Bolivia, Colombia o Nicaragua, sólo por citar algunos ejemplos.

¿Quizás estamos en una nueva era de la protesta perpetua? Es el interrogante que nos deja Devashree Gupta. Mi respuesta es sí, porque además ya no bastan algunos análisis vetustos sobre los recursos que el poder confrontador debiera tener para ser un riesgo: poder de movilización, territorialidad, capacidad mediática, tamaño, federalización, reputación y recursos. La indignación colectiva y las redes sociales se ocupan de conseguir todos esos recursos en horas.

Y encima, aunque resulte difícil de digerir, gran parte de las tácticas de provocación ya no se mueven de dentro de normas sociales aceptadas sino más bien como acciones de desobediencia civil y este es un fenómeno internacional ya que ni siempre está del todo organizada una protesta, ni siempre tienen apoyo público. Sobre lo que siempre trabajan es sobre alguna demanda o demandas concretas y sobre alguna vulnerabilidad organizacional. Como ven, más que posible hoy.

América Latina se parecía a una olla a presión antes de la pandemia. Hoy ya no lo parece, concretamente es una olla a presión. Economías devastadas, incapacidad estatal de respuesta integral, pobreza en niveles alarmantes y aumento de la desigualdad.

Un importante líder latinoamericano me manifestó que, tras perder las elecciones en su país, nunca terminó de advertir que la verdadera dinámica de la campaña fueron los privilegios y quienes los representaban. Hoy, esa dinámica, no sólo puede hacer perder una elección, sino más bien puede dinamizar movilizaciones y confrontaciones.

No se gestiona inflamando más. No se es oposición sólo irritando e indignando. El horno no está para bollos. Despierten, entiendan, reaccionen.

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