

Pasaron cuatro días desde que el spot publicitario del Gobierno se instaló en la televisión avisando que quien no tenga la tarjeta SUBE deberá pagar el pasaje más caro. Pero sin embargo ningún funcionario ha podido precisar cuánto costará el boleto de colectivo y de tren en adelante. Silencio sugestivo si se tiene cuenta la premura y diligencia que en otros casos mostraron hombres del Ministerio de Planificación para dar su punto de vista sobre temas de su órbita.
¿Es posible que, como afirman fuentes oficiales, no exista un cálculo de cuánto saldría el boleto de colectivo sin subsidio? Si es así, evidencia cierta impericia, dado que hace dos años que el boleto está congelado, por lo que algún técnico podría haber atinado a realizar un cálculo o una simulación, más no sea aproximado.
¿Es posible, entonces, que la estimación sobre el nuevo costo del boleto exista, pero no se quiera difundir por ahora? Si es así, no se entiende por qué el Gobierno lanzó el spot en cuestión, habida cuenta de que el interrogante que no despeja el mensaje publicitario es evidente y cae de maduro.
En el mundo K, todo vale con tal de no ser tildado de ortodoxo, pro ajuste o algo que suene a neoliberal o noventista.
En la Argentina del péndulo histórico hoy predomina el dogma y la ideología. Inclusive hasta por encima del sentido común: anunciar un aumento pero no decir el número. O traspasar el subte sin subsidio y desentenderse de la previsible suba en el boleto. Como si un ajuste de precios, tras una década de congelamiento, transformara a un Gobierno automáticamente en ortodoxo. O no hacerlo lo catapultara al progresismo revolucionario.










