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Martes 23.09.2014 | 01:18
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Columnistas
Laura García Editora de Finanzas lgarcia@cronista.com
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“Para el Estado, este fallo es importante porque las cosas hubieran sido muy complicadas si la sentencia era favorable para el demandante, ya que el nivel de litigiosidad sería altísimo”, decía aliviado el entonces secretario de Finanzas Guillermo Nielsen. El juez Thomas Griesa acababa de fallar en contra de dos bonistas que habían planteado una acción de clase, esto es, una demanda en representación de todos los acreedores del país. Era mayo del 2003 y Griesa todavía parecía un aliado en una Argentina que se caía a pedazos.


Casi un año después, se anotaba otro punto: le exigía a NML Capital –la firma que embargó la fragata– revelar quiénes eran sus propietarios y quiénes tomaban las decisiones de inversión. “Esta es una de las organizaciones corporativas más anónimas de las que jamás he oído y hay varias razones por las que sus directivos deben ser conocidos”, se quejaba el magistrado designado en 1972 por Richard Nixon casi tan molesto como hoy se muestra con la Argentina una década después.


Las cosas claramente cambiaron. Pero no tanto. En agosto del 2003 Griesa pedía en un extraño deja vu explicaciones sobre declaraciones mediáticas de Néstor Kirchner. Un artículo del New York Times lo había alarmado: “La Argentina ya demostró que puede sobrevivir sin un acuerdo con el FMI. La economía tiene pocas o ninguna posibilidad de pagar la cantidad que piden los acreedores”, había dicho un Néstor provocador. Y la historia se repite.


Es poco lo que sabe de Griesa el hombre. Enjuto, casi consumido y con cara de pocos amigos, nació en el año de la Gran Depresión en Kansas y estudió en Harvard y Stanford en los cincuenta. Asumió como juez federal del distrito sur de Nueva York en el 2000, tribunal que encabezó como juez principal desde 1993 hasta ese año, cuando a sus 70 decidió aflojar el ritmo. Se metió con el sindicato de camioneros en una denuncia por corrupción, falló en contra del FBI en el caso del Socialist Workers Party en la década del 70 y condenó al ex dictador panameño Manuel Noriega. De joven fue guardacostas.


“Es vago y no se digna a leer ningún escrito. Debe tener los días de juicio más cortos en el distrito sur. A las 4.30 en punto para aunque se esté en la mitad de los argumentos de cierre”, dice un comentario en The robbing room, un sitio de Internet donde se puede calificar a los jueces federales. “Es impaciente y da poca oportunidad de cambiar de parecer”, se desahoga otro abogado.


Cuenta la anécdota que rara vez despunta una sonrisa. Pero hizo una excepción con John Lennon durante una demanda por copyright (el ex beatle fue demandado por el jefe de Roulette Records Morris Levy). En el estrado, Lennon se quejaba de que habían usado en la tapa de un disco una foto vieja en la que tenía el pelo largo que atentaba contra su credibilidad como artista. El abogado lo acusa de habérselo cortado a propósito justo antes del juicio. Y el beatle se enfurece. “¡Mentira! Si me lo corto cada año y medio”. Quizás fue lo desopilante de la situación. O su simpatía por el músico. Pero Griesa explotó en una carcajada y pasó a los anales.
Nadie lo vio sonreir en la audiencia de la Argentina. “Se lo veía muy enojado”, comenta un analista de Wall Street que viene siguiendo de cerca el caso. “Se lo veía cansado y enojado”, completa. “En varias oportunidades repitió que la Corte había fallado a favor de la Argentina muchas veces y que no podía ser que una vez que fallaba en contra no quieran reconocerlo”, apunta.


Un argentino que trabaja en Wall Street agregó: “A los bonistas los paró en seco y les dijo: yo no fallo para el mercado, fallo de acuerdo a lo que dice la ley. El tipo basa sus decisiones en lo que dicen los contratos. No se deja influenciar ni por el mercado ni por el gobierno. Igual, en cierto punto la visión de este hombre me parece extrema. Pero la Corte de Apelaciones va a estar más abierta a los argumentos de la Argentina, básicamente porque es más política. Y ayer quedó demostrado”.


Como siempre, las apreciaciones cambian según los bandos. “Me llamó la atención un político argentino que salió a decir indignado cómo podía ser que un juez no escuchara lo que decía la propia Fed de Nueva York. Le costaba entender que un juez fuera independiente del Gobierno”, insistió.


Impermeable a las presiones políticas para unos, senil e intransigente para otros, no faltan quienes dicen que con sus ochenta largos, Griesa debería dejar la toga por un descanso en la Florida. Puede que antes haya querido liquidar el affaire Argentina. Exasperado por Cristina. Nostalgioso, quizás, de su momento beatle.

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