Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, popularizó una frase que viene al caso para la Argentina 2012: En el largo plazo la productividad no es todo. Pero es casi todo. Según la teoría microeconómica tradicional, una empresa maximiza sus ganancias si paga un salario real (el sueldo descontada la inflación) igual a la productividad marginal ¿Qué es la productividad marginal? El incremento del producto que genera la incorporación de una unidad laboral más. Por ejemplo, un empleado adicional.

Si se trata de una explotación agropecuaria, que dispone de un tractor, el primer empleado contratado para trabajar el campo que obviamente manejará el tractor tendrá una alta productividad y su salario real será abonado acorde a ella. Eventualmente, un segundo empleado podrá ayudar al primero a recoger las pasturas. Y así sucesivamente. Sin embargo, al llegar, por caso, al empleado número 40, si el stock de capital se mantiene constante (no se compra otro tractor), su productividad marginal será inferior a la del primero y el resto. Ya no puede realizar un aporte importante manejando el tractor y recogiendo pasturas, y por lo tanto su salario real debería ser más bajo.

La clave entonces pasa porque el salario real y la productividad laboral (medida como el cociente entre la producción y la cantidad de trabajo) se muevan juntas.

Un aumento salarial (en términos reales) desde el punto de vista de la empresa es un costo adicional. Para que ese mayor costo no se traslade al precio de venta al público de un producto (y retroalimente la inflación y los reclamos salariales) el empleado que recibe el incremento debería producir más ¿En qué proporción? En la misma del aumento recibido.

En este contexto es que el miércoles la presidenta Cristina Fernández esbozó la intención oficial de tomar la evolución de la productividad de los distintos sectores de la economía para utilizarlo como referencia en las negociaciones paritarias. He encargo que vayamos midiendo por sector cómo ha crecido la productividad, dijo.

La iniciativa oficial de equiparar mejoras salariales con productividad es lógica desde el punto de vista económico. En teoría, sería un óptimo. De hecho, si nos atenemos a los números oficiales, los últimos años son esclarecedores: en 2011 las salarios nominales del sector privado aumentaron 30% en promedio. Pero la inflación oficial fue de sólo 9%. Ergo, la productividad debería haberse incrementado en alrededor de 21% si las empresas maximizan sus beneficios. Una cifra que, de confirmarse, marcaría un récord mundial en la historia contemporánea. Ni siquiera los japoneses lograron algo semejante en toda su historia.

Pero claro, si el aumento nominal del salario se deflacta por un índice alternativo de inflación (por caso, el IPC de las provincias o el de las consultoras privadas, cercano al 22%), la productividad de la economía se habría ubicado en torno 8%. Una cifra más razonable, a la que además hay que descontar aproximadamente 2,8 puntos porcentuales anuales, derivados del incremento de la masa laboral (nivel de empleo). Porque lo que queremos medir es cuanto más produce cada argentino empleado (no los argentinos en su conjunto). Llegamos así a un número aproximado en torno al 5%. No muy distinto al promedio de productividad laboral de 3,2% por puesto de trabajo que estimó el Ministerio de Trabajo que conduce Carlos Tomada en un estudio para el período 2003-2006.

Este es el target al que apunta el Gobierno cuando habla de sintonía fina en las paritarias. Que la mejora en los salarios (en términos reales, descontada la inflación) vayan de la mano con los incrementos en la productividad, para que el excedente no se desborde a precios. Busca incrementos reales del salario de entre 3% y 5% al año, de acuerdo al aumento de la productividad.

Pero como en el largo plazo, a mayor productividad mejores salarios, también aparece una marcada heterogeneidad entre sectores. Los sectores transables (que producen bienes que se comercian en los mercados internacionales, la soja, por ejemplo) suelen tener una productividad más elevada que los sectores no transables, como la construcción.

La sintonía fina que Cristina quiere aplicar en las paritarias obedece también a una realidad macroeconómica: el desempleo ya se ubica en 6,7%, un virtual pleno empleo para la Argentina y el menor nivel en 20 años. El uso de la capacidad instalada en la industria alcanzó el 84% en noviembre, el mayor nivel desde que se mide (2002). Ya no es posible alcanzar un sendero de crecimiento a tasas elevadas mediante incorporaciones a la fuerza de trabajo e incrementos de capital. La clave pasa por producir más con los mismos recursos: ser más productivo.